Hay una palabra que atraviesa toda la Biblia, que es la palabra Paz. Está en todos los anuncios importantes de Dios a su pueblo. Esta en el deseo de Dios y en deseo de cada uno de los hombres.
No hay país, ideologías o institución que no busque la paz y no la incluya en sus declaraciones, pero, sin embargo, lo traicionero del corazón hace que mientras deseamos la paz, por egoísmos, por intereses muy personales, por codicia ponemos gestos que no construyen la paz, que rompen la armonía, que nos enfrentan.
Hoy, nuestra oración no es para que le recordemos a Dios que falta paz entre nosotros. No es Él, el que necesita darse por enterado de la ausencia de paz en el mundo, sino nosotros los que necesitamos descubrir los obstáculos que cada uno le pone a la paz.
No es Dios quien tiene que “hacer algo” para que se cumplan nuestros deseos de paz. Somos nosotros los que tenemos que cambiar para ajustar nuestra vida y nuestro actuar a los deseos de paz por los que clama la humanidad.
La paz no se compra en el mercado ni en el shopping, la paz no viene sola: paz, verdad, justicia y amor son palabras que caminan juntas y no podemos buscarlas por separado sin el riesgo de corromper a alguna, o todas.
No podemos hablar de paz si no tenemos la valentía de enfrentarnos a la verdad que consiste en la coherencia entre lo que se dice y hace. Y aquí está uno de nuestros grandes problemas: la falta de coherencia ética. Una endemia que cargamos desde hace mucho.
Necesitamos despertarnos de ese sueño ilusorio en el que creemos que todo vale, que el fin justifica los medios; sin hacernos cargos de las consecuencias poniendo cara de “yo no fui” ante las injusticias encarnadas.
La paz cuesta trabajo. La paz es algo que construimos, algo que tenemos que “hacer” todos los días y en todas las circunstancias.
La paz que Jesús nos da no es la falsa paz de los que acepta la injusticia por miedo, por conveniencia o por evitar problemas o confrontaciones. Su paz no se hace de pactos o amnistías, ni se rubrica con una foto de manos estrechadas. Su paz no nace por decretos ni arreglos bajo cuerda que sólo son un barniz superficial.
Sin verdad, misericordia y justicia no puede haber una paz verdadera ni en nuestros corazones, ni en nuestros hogares, ni en el mundo.
No puede haber paz, si en el concierto de las naciones hay pueblos condicionados por el miedo, oprimidos por el derecho del más fuerte, dominados por bloques políticos, económicos y financieros
No puede haber paz embargo, verdadera una nación, donde no esté garantizada la libre participación en las decisiones colectivas, el libre disfrute de las libertades individuales y donde los poderes se concentran en manos de unos pocos
No puede haber paz haber paz en una sociedad cuando hay falta de garantías para salarios justamente remunerados, cuando está bloqueado un desarrollo social digno del hombre, cuando la legendaria y eterna crisis económica restringe peligrosamente el espacio de libertad que necesita la paz
No puede haber paz haber paz cuando la inseguridad paraliza el andar cotidiano, cuando conviven el narcotráfico con fuerzas de seguridad, ámbitos de política y de poder
No puede haber paz cuando se ha perdido la confianza en las instituciones, porque día a día aparecen nuevos muertos en el placard con todo tipo y coloración política y social
No puede haber paz cuando el futuro de nuestros chicos y jóvenes está decretado por un sistema perverso alimentado de hambre, droga y analfabetismo.
Sin embargo, a pesar de este panorama dantesco, está en el corazón de muchos el deseo y la búsqueda ansiosa de paz.
La paz no es una ilusión, a pesar de lo que vemos, sabemos y padecemos. La paz es posible si la queremos, si la intentamos y si la pedimos.
No se puede trabajar por la paz de cualquier manera, porque introduciremos sin darnos cuenta nuevos modos de violencia y conflictividad entre nosotros. Con el corazón y las manos llenas de odio, prejuicios, condena, intolerancia, corrupción y mentira se pueden hacer muchas cosas; todo menos aportar verdadera paz a la convivencia entre los hombres.
Podemos engañarnos a nosotros mismos pensando que la “paz” es solamente la ausencia de conflictos. Esa es la paz anestésica de los mediocres o la paz estéril de las tumbas; pero no la paz que se recibe como don y se construye como tarea; que es buena y hace bien.
Ante las situaciones de injusticia, violencia y corrupción que tanto oprime a nuestro pueblo, especialmente a los más necesitados, que siempre son los que pagan el pato, es urgente una auténtica cultura la paz; una paz fundada en la verdad, la justicia y el amor.
Hay mucha violencia, no solo la delictiva sino la violencia del hambre, la violencia de la falta de futuro, la violencia de la falta de trabajo, la violencia de la enfermedad sin recursos, la violencia del desamparo. Y contra esta violencia tenemos que trabajar creando espacios y lugares que la sobrepasen.
La paz la construimos no con ideal lindas ni con declaraciones importantes, sino que se va haciendo realidad cuando vamos creando espacios donde se vive la fraternidad, espacios donde nos ayudamos unos a otros, espacios sanos donde los pibes encuentren su lugar y los ancianos quien los contenga, comunidades donde nos interesemos por los problemas y necesidades de los demás y buscamos como resolverlas, lugares de dialogo para la búsqueda de soluciones para los problemas que nos afectan a todos.
Pedir la paz es trabajar desde la verdad por la Justicia en un amor que sobrepasa.
A Dios rogando y con el maso dando dice el refrán, es bueno rezar, pero también hay que trabajar por la paz. Quizás sea este hoy nuestro compromiso trabajar para que no haya ni un pibe menos por la droga, ni un pibe sin educación, ni una familia sin pan en su mesa, ni un trabajador sin salario digno, ni un viejo más en la calle, soló así y de a poco iremos construyendo y viviendo esa paz que tanto necesitamos.





