La imagen de Javier Milei atraviesa su peor momento. Crece la desaprobación y surge una mujer de la izquierda químicamente pura como figura en un escenario político cada vez más fragmentado.
El desempleo, la inflación y la situación económica encabezan las preocupaciones sociales, con la corrupción aún en el primer plano. No se trata solo de angustia individual: también se percibe una degradación moral de la “nueva” clase política.
La primera mitad de la presidencia de Javier Milei estuvo marcada por una resiliencia inesperada en su popularidad, incluso frente al ajuste de “motosierra” que prometió y ejecutó. Autodefinido “anarcocapitalista”, rompió los manuales tradicionales y construyó un aura de invencibilidad que le permitió gobernar pese a su debilidad legislativa y territorial.
Aun cuando el “período de luna de miel” parecía agotarse –como tras el escándalo cripto de $Libra– logró recomponerse. No una, sino dos veces: también después del revés en la provincia de Buenos Aires, donde se impusieron los candidatos de Axel Kicillof en elecciones locales y el dólar amagaba con descontrolarse. Milei tomó el control de la campaña, consiguió el respaldo de Donald Trump y sorprendió con una victoria contundente en las legislativas.
Hoy enfrenta la caída más profunda y sostenida de su imagen, en gran medida asociada al deterioro económico. La incógnita es si podrá recuperarse otra vez o si correrá la suerte habitual de los presidentes argentinos en la segunda mitad del mandato.
Según Atlas Intel, el 63% desaprueba su gestión. La cifra creció durante diez meses consecutivos –salvo septiembre de 2025– y aumentó 19 puntos. La brecha entre apoyo y rechazo se amplía. El ex “hombre de teflón” cayó al quinto lugar en imagen, detrás de Patricia Bullrich, Cristina Fernández de Kirchner, Axel Kicillof y, de manera sorpresiva, la diputada de izquierda Myriam Bregman, quien encabeza el ranking.
La izquierda argentina suele moverse en un dígito, lo que vuelve difícil imaginar a Bregman –de posiciones cercanas al socialismo duro– como competitiva. Sin embargo, lo mismo se decía de Milei años atrás. Según la analista Sofía Benencio, el “desencanto social” y la falta de representación la posicionan como contrapunto del Presidente, en un proceso similar al que lo impulsó a él. No es que la sociedad se haya vuelto comunista. Más bien, el plan económico de Milei y Luis Caputo no logra generar una mejora generalizada del bienestar, ni siquiera entre sus votantes. El desempleo, la inflación y la situación económica escalan, mientras la corrupción se mantiene como preocupación central. A esto se suma el desgaste de figuras como Manuel Adorni, Karina Milei o el ex abogado Diego Spagnuolo, envueltos en polémicas, además del impacto del caso $Libra.
El Gobierno sostuvo su narrativa en la baja de la inflación y el orden macro, junto con un discurso antisistema amplificado en redes. Pero la inflación mensual volvió a subir durante diez meses consecutivos, según el Indec, mientras los salarios siguen deprimidos. El consumo cayó y el crecimiento se apoya en sectores extractivos con bajo impacto en el empleo. Los casos de corrupción, incluso por su carácter amateur, erosionan la confianza.
El cuadro social es más áspero: el 50,1% tiene más de un trabajo o conoce a alguien en esa situación; de ellos, el 61% lo necesita para llegar a fin de mes. Casi el 60% recortó consumo y el 82,8% redujo la compra de alimentos. Un tercio se endeudó más y más de la mitad afirma que sus ingresos no alcanzan.
La respuesta oficial fue redoblar la confrontación y apuntar contra críticos. En una lógica que recuerda a la “casta” que denuncia, el Presidente culpa al mensajero mientras se aferra a variables macro que, sostiene, prueban que el plan funciona. Promete que “lo peor ya pasó”.
Sin embargo, cuesta imaginar que el equilibrio fiscal –de metodología discutida– y la restricción monetaria alcancen para activar un ciclo virtuoso con mejora salarial. De cara a 2027, el sistema político empieza a reordenarse en un escenario fragmentado. Milei aún tiene margen para revertir la tendencia, pero el cuadro podría complicarse si su única respuesta sigue siendo responsabilizar al periodismo.

Por Agustino Fontevecchia – Perfil

