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Los queridos originarios y migrantes del Papa

Jorge Mario Bergoglio celebró una misa especial para los Mapuches y está cerca de santificar a Ceferino Namuncurá. Mientras, reivindica a los migrantes dándoles un santo: Juan Scalabrini.

El primer Papa argentino y jesuita sigue el camino original de su fe, de los obispos de su iglesia en Argentina y en particular el carisma de su propia congregación: los pueblos nativos, originarios, indígenas, como se los conoce.

En los últimos de la sociedad, nos orienta Francisco, es que está la salvación de la crisis civilizatoria que corre aceleradamente hacia el fetiche del dinero mientras palpita el peligro de la autodestrucción, sea con una pandemia, pasando por una guerra nuclear, o el exacerbado cambio climático.

En “Laudato Sí”, la doctrina formal, más el apoyo amoroso y concreto a los nativos del pulmón y reserva de agua dulce del mundo, la Amazonía, el Papa desde hace casi diez años transpira la sotana para y por ellos al generar un proceso inédito al interior de la iglesia católica, la más antigua y mayor organización en occidente. La Red Eclesial Panamazónica (REPAM) ha significado la alianza más profunda de la iglesia con los pueblos nativos. Esto ha significado un Sínodo en el Vaticano. Allí durante un mes de discernimiento en la Santa Sede representantes de pueblos amazónicos junto a cardenales, obispos y otros religiosos y religiosas escucharon el clamor de la tierra y de los pueblos que concluyó con una exhortación papal, el documento más poético y amoroso de Francisco: “Querida Amazonía”. Esa experiencia llevó al Santo Padre a la aprobación de la primera Conferencia de obispos con líderes indígenas, de ochos países distintos, todos de su Sudamérica, llamada por sus siglas CEAMA, Conferencia Eclesial Amazónica.

Puntualmente para los mapuches el Vicario de Cristo se jugó el pellejo. Fue en el verano de 2018 que celebró una misa especial para los pueblos nativos que fue precedida de tres atentados de bomba, más incendios y otros ataques a iglesias católicas, que intentaron disuadir a Francisco y su equipo, de celebrar una misa masiva en Temuco, capital de la región de la Araucanía, centro de la histórica disputa territorial entre los mapuches y el Estado chileno. Ese 17 de enero de 2018, Francisco inició sus palabras en mapudungun, la lengua mapuche. “Mari, Mari”, que significa “buenos días” y continuó con “Küme tünngün ta niemün”, que se traduce como “la paz esté con ustedes”. Además de  saludar “de manera especial a los miembros del pueblo mapuche, así como también a los demás pueblos originarios que viven en estas tierras australes como los rapanui (de la Isla de Pascua), aymara, quechua y atacameños, y tantos otros” donde remarcó que “la unidad no es un simulacro ni de integración forzada ni de marginación armonizadora”, ya  que “la riqueza de una tierra nace precisamente de que cada parte se anime a compartir su sabiduría con los demás” y pidió que cada pueblo aporte lo suyo, dejando de lado “la lógica de creer que existen culturas superiores o inferiores”.

En el mismo sentido que el actual obispo católico de Bariloche, como sus pares luteranos y metodistas, más el obispo titular de la Pastoral Aborigen, fue hace poco más de 50 años atrás que el obispo de la provincia de Neuquén, Jaime Francisco de Nevares, reflexionaba que por un lado la mano de Dios había dado un Edén pero al mismo tiempo la mano del hombre diezmaba a las familias humildes, “los indígenas ‘mapuches’ (hombres de la tierra). Su mismo nombre es una paradoja; porque ellos, que eran los dueños de estas tierras a la llegada del blanco (huinca), han sido acorralados en el sentido estricto de la palabra en tierras llamadas ‘reservas indígenas’, que son en su mayoría verdaderos pedreros yermos”.

Es inspirador seguir leyendo al obispo patagónico: “Los ‘dueños de las pampas’ se convirtieron así, a la llegada del blanco, en ‘los hombres del pedrero’. Lejos de integrarlos a la civilización se los fue arrinconando más y más hacia las peores tierras, mientras las fértiles se las repartían en Buenos Aires entre las familias de los expedicionarios o se vendían. Nadie pensó en ellos, a excepción de los Misioneros, quienes debieron luchar con toda su influencia para que no los aniquilaran poniendo precio a sus cabezas. Se estaba abriendo paso a la civilización. Lamentablemente, también hoy se sigue abriendo paso. ‘Nos llaman negros de…’ se quejaba al Misionero una niña indígena hace pocos días (y estamos en 1971). ‘Indios de…’ es el apelativo que emplean cuando se refieren a ellos, me dijo el sacerdote en cuya zona hay cinco reducciones indígenas. Siguen viviendo arrinconados, pero no solamente en sus propias tierras, sino en su miseria, en su despersonalización, en su complejo de inferioridad ante el blanco. Arrinconados en su raza, como se arrinconan en un museo las piezas de una cultura antigua o las momias de una raza desaparecida”.

Luego pregunta De Nevares quienes son los culpables y da una lista detallada y lapidaria de razones para cerrar con la reflexión: “Los cristianos tenemos una palabra que decir ante este drama; no podemos quedarnos callados”.

Francisco y el Dicasterio (nosotros llamamos ministerio) de las Causas de los Santos tienen en sus manos la iniciativa de declarar al primer Santo mapuche. Ceferino Namuncurá, hijo de un cacique, fue recibido, formado y protegido por la congregación misionera de los salesianos a fines del 1800. Ceferino emblema de la unidad de los mapuches con la cultura occidental (de hecho fue compañero del mítico cantante de Tangos, Carlos Gardel, y amigo del Santo de los enfermeros, Artémides Zatti) está a un paso de la santidad, ya que fue declarado beato en 2007 por el Papa emérito Benedicto XVI.

El santo de los migrantes

Jorge Mario nació en una familia de emigrantes italianos. De ahí viene. Al pasar los años no lo olvido, como tampoco el origen de su fe, ya que el propio Jesús fue migrante, por la razón que su madre María y su padre José tuvieron que huir para salvar al hijo de Dios de la persecución. Ya en su ejercicio como arzobispo porteño Bergoglio empoderó de responsabilidad al Departamento de Migraciones en manos de la congregación especializada en los que migran, los llamados scalabrinianos, en honor al obispo italiano y desde hoy santo Juan Bautista Scalabrini.

Recuerdo cuando en el 2008, Bergoglio elige la parroquia de los Emigrantes, ubicada en Catalinas Sur, barrio de La Boca, detrás del Hospital Argerich, para celebrar la primera misa con el lema: “Por una sociedad sin esclavos, ni excluidos” que organizó para respaldar al trabajo militante del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) y la Fundación Alameda que desde un comedor comunitario asistían sobre todo bolivianos traficados para la confección en talleres textiles clandestinos.

Los scalabrianos en Buenos Aires no han abandonado ni un día a los migrantes, hoy masivamente llegados de Venezuela. Las misas para alertar de su tráfico y explotación llevan 15 años en la Plaza Constitución junto a las organizaciones sociales y los curas villeros.

Juan Corso es el sacerdote scalabriniano que más impactó en mi vida. Su prédica espiritual, que potenció vía WhatSApp en el confinamiento por el coronavirus, siempre la acompañó de su incansable visita a los enfermos y migrantes a sus propias casas. Corso está internado por un ACV que lo atacó a pocos días de su regreso a Brasil, el país que lo eligió para su pastoreo. Su paso por cinco años en Buenos Aires marcó a cada uno de los que lo conocimos. No es común dar con un sacerdote tan sabio, tan espiritual, que tenía la energía de los 20 años cuando su nacimiento fue hace 85. Gracias a Corso recibí el ejemplo amoroso y revolucionario del Padre de los Migrantes, Juan Bautista Scalabrini. La últimas vez que estuve con él fue en la misa de despedida de Argentina. Me clamó que escribiera sobre Scalabrini, para ellos me leyó el libro “las virtudes del siervo de Dios”, que luego me regaló junto a una historieta de la vida del nuevo Santo y otro titulado “espiritualidad scalabriniana”.

La paz y el discernimiento concreto de la reflexión bíblica de Giovanni me queda en el corazón y preservados en los audios de mi celular. Al ver los homenajes por el Santo Scalabrini vuelvo a su discípulo italo-brasileño-argentino que para mí ya es un santo: “Los encuentros, conferencias, ponencias o asambleas son necesarias. Pero lo más importante es el gesto concreto de recibir al migrante. Cuanto hice por la persona concreta. Una vez recibido tenemos que poner la oreja. Aquella mujer (estábamos en ronda tras misa compartiendo comidas de los migrantes presentes) salió adelante no por mí. Ella hizo todo. Yo sólo la escuché y así sanó sus heridas”.

Por Lucas Schaerer-Télam