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El peronismo de la retirada

Beneficiado por la fragmentación en el Frente de Todos, el Presidente decide lo que puede en soledad y se sienta a esperar resultados de sus socios. Inflación, sálvese quién pueda y disciplinamiento.

Desde el presente, la escuelita del Grupo Callao parece un escuadrón y hasta genera nostalgia. Alberto Fernández decidió los cambios de gabinete el feriado del lunes a la mañana acompañado por Santiago Cafiero y Juan Manuel Olmos. Encerrado en la residencia de Olivos, el Presidente solo tenía el nombre de Victoria Tolosa Paz como reemplazante de Juan Zabaleta, el ministro albertista que actualizó el hit del “me quiero ir” para regresar a Hurlingham. Zabaleta aprovechó para fugar de un ministerio que ve cómo la inflación eleva las cifras de pobreza y enfrenta reclamos crecientes con razones de intendente: le aseguró a Fernández que La Cámpora iba a perder el distrito y que tenía que volver ahora para intentar una remontada. En unos meses, dijo, será tarde. Su repliegue hacia el territorio está a la vista, pero es parte de un movimiento que lo excede.

Con Juan Manzur en la estratosfera, el canciller Cafiero hizo de jefe de gabinete, como durante todo el mandato del Frente de Todos. Habló con Claudio Moroni para fraguar una salida decorosa, con Héctor Daer para comprobar que no tenía nombres fuertes para reemplazarlo y con Gerardo Martínez para decirle que la abogada de la UOCRA Marta Pujadas no iba a tener necesidad de sumarse a un elenco de ministros intrascendentes.

Al embajador Carlos Tomada nadie se molestó en llamarlo y a la cristinista Vanesa Siley se la descartó en el acto. El Olmos jefe de asesores aprovechó la acefalía en un área clave y propuso a la histórica dirigente del PJ porteño Kelly Olmos, una economista que vivió varias vidas pero no se distingue por su relación con el fragmentado mundo del trabajo. Formada en Guardia de Hierro y con una militancia orgánica en el peronismo, Kelly tenía una ventaja para los comensales de Olivos: no reportaba a nadie, salvo a Juan Manuel.

Cafiero también habló con Ayelén Mazzina para ofrecerle el ministerio de la Mujer. La puntana tenía dos méritos. Uno reciente, no haberse borrado tras la renuncia de Elizabeth Gómez Alcorta y haber asumido la organización del Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Trans, Travestis, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries. Otro por contraste, no pertenecer a ninguno de los grupos que sobrevuelan el campamento del Frente de Todos cada vez que alguien cae herido y deja su puesto vacante. Mazzina no era Marita Perceval, una continuidad de Gómez Alcorta, ni Gabriela Cerruti, la candidata de Vilma Ibarra. La secretaria de Legal y Técnica de la Presidencia, dicen cerca de Fernández, ni siquiera conocía a Mazzina.

Como se ve, el Presidente no solo ignoró a Cristina Fernández de Kirchner, a Sergio Massa y a los candidatos que orbitaban en torno a ellos. Además, dejó con las manos vacías a gran parte de los que hasta hace no tanto se refugiaban bajo la curiosa identidad del albertismo: parte de sus funcionarios, la dirigencia sindical y la militancia de los movimientos sociales que, desde la más cruda orfandad política, vio en él una oportunidad.

 El Presidente no solo ignoró a Cristina, a Sergio Massa y a los candidatos que orbitaban en torno a ellos. Además, dejó con las manos vacías a los que hasta hace no tanto se refugiaban bajo la curiosa identidad del albertismo 

La anécdota de los cambios de gabinete confirma que el Frente de Todos perdió hace mucho tiempo el activo de la unidad. Pero incluye dos aditamentos: el primero es que, humillado y todo, Alberto conserva la lapicera, tal como insinuó en el Coloquio de IDEA: seré débil pera todavía existo y no soy ni Cristina ni Macri. El segundo es menos considerado, aunque tal vez más importante: la falta de liderazgos que unifiquen en las distintas familias del peronismo le permite al presidente actuar por encima de todos ellos. 

Ni los movimientos sociales ni el sindicalismo tienen jefes indiscutidos y no es difícil pasar por encima de pequeñas tribus, ni siquiera para un presidente que asume su debilidad extrema. Ese desierto es el que, de hecho, le permitió a Fernández calzarse la banda presidencial, cuando nadie, salvo un grupito de sus amigos, fantaseaba con esa locura. El mismo déficit sufre la oposición sin cabeza y los grupos empresarios que practican el sálvese quien pueda. Aunque se calcen el traje de jefes entre los dueños, ni Mauricio Macri ni Daniel Funes de Rioja representan a todos.

La conversación de Cafiero con Daer fue sintomática. El sindicalista que el inoxidable Carlos West Ocampo eligió como delegado en Sanidad pidió consenso para elegir al nuevo ministro de Trabajo. En Olivos, contaban la anécdota entre risas. “Si por un asado casi se parte la CGT, buscar acuerdo entre los distintos grupos podría haber terminado en cualquier cosa”, decían. Kelly Olmos es el resultado de un albertismo que rasca la olla porque no tiene nombres propios pero también de un cegetismo en el que ninguna banda puede imponer su cuota de poder. Es la gran diferencia del presente con aquella temporada en el quinto piso de la que fue hablar el sociólogo Juan Carlos Torre ante los CEOs de IDEA.

La fragmentación en el peronismo y la ruptura de la sociedad de gobierno en el Frente de Todos es lo que favorece la retirada de gobernadores e intendentes que tratan de inventarse un modo de subsistencia. Lo hacen desde una posición mucho más cómoda de la que les toca enfrentar a millones de personas que salen cada día a la calle para sobrevivir. La mayoría fueron, hace casi tres largos años, votantes de los Fernández.

El nuevo aniversario del Día de la Lealtad encuentra al peronismo en una extraña situación, dividido en el poder y con una profunda caída del salario real que potencia el pesimismo entre sus propios adherentes. La inflación de 6,2% en septiembre, 66%,1 en los primeros 9 meses del año y 83% en los últimos 12 meses destrozó el poder adquisitivo de los que viven de un ingreso en pesos y tiene consecuencias: hoy, sociales y políticas; mañana, electorales.

El raro artefacto del Frente de Todos ubicó a Fernández como espectador de su propio gobierno. Con esas cifras alarmantes y sin ministro de Economía propio, Alberto se sienta a ver qué resultados consiguen sus socios políticos. En Olivos, ven cómo corre el reloj de arena para Massa y cuentan los días: le quedan 25 para cumplir el plazo de los primeros 100 y las consultoras ya hablan de un IPC en torno al 6% para octubre. Por eso, se promueven variantes contradictorias para un plan de estabilización que van desde el ajuste más duro hasta el congelamiento de precios pasando por el hasta ahora estéril acuerdo de precios y salarios.

Más allá del formidable apoyo internacional que demuestra el superministro, los dos problemas fundamentales que heredó siguen sobre la mesa: la inflación descontrolada y la restricción externa. La medida para aumentar el costo de los consumos con tarjetas en el exterior confirmó que el placebo del dólar soja duró un suspiro. Visto desde hoy, el mensaje que Massa le dio a los periodistas de su entorno durante su gira por Washington hace un mes -reducir la brecha al 30% en abril- parece un chiste de mal gusto. Creer o reventar.

El raro artefacto del Frente de Todos ubicó a Fernández como espectador de su propio gobierno. Alberto se sienta a ver qué resultados consiguen sus socios políticos: ve cómo corre el reloj de arena para Massa y le cuenta los días.

Fernández espera desde el más crudo escepticismo que Massa baje la inflación. Si lo logra, será beneficiado por default; si no lo logra, dice, el problema será de Massa y de Cristina. Puertas adentro, el ex intendente de Tigre es el nombre de una tregua frágil que no reactivó el diálogo entre los Fernández ni el funcionamiento de la alianza. Mientras tanto, la listas de precios que mandan las alimenticias dos veces por semana llegan con remarcaciones permanentes, Gabriel Rubinstein admite en el Congreso que los empresarios la juntan en pala y el coloquio de gerentes propone “Ceder para crecer”, una forma de admitir que sobra margen para resignar algo de lo que ganaron en los últimos años.

Con cancha inclinada, un reciente informe del programa de Capacitación y Estudios sobre el Trabajo y el Desarrollo (CETyD) de la UNSAM muestra que, contra lo que se dice, la conflictividad es la más baja desde hace más de quince años en Argentina. El trabajo del centro de estudios que fundó el ex ministro Tomada se titula “La oportunidad de disciplinar” y señala que 2022 registró el récord de convenios y acuerdos paritarios con cláusulas de paz social que suponen agotar instancias de diálogo antes de cualquier medida de fuerza. Además, el paro de actividades no es el primer recurso sino el último y por cada huelga de 2022 se registraron cerca de dos medidas de fuerza que no implicaron detener la producción. 

“Ese panorama se da en un contexto en el que los salarios no recuperaron el 20% de la caída que tuvo lugar entre 2017 y 2019; en el que en los mejores casos las negociaciones paritarias logran empatarle a la inflación; en el que la distribución del ingreso es cada vez más regresiva; y en el que los niveles de precarización continúan siendo muy elevados”, dice el estudio coordinado por Matías Maito.

De los 20,5 millones de personas que según el INDEC figuraban como asalariados en el segundo trimestre de 2022, apenas algo más de 6 millones pertenecen al sector privado registrado y tienen chance de arrimarse a la inflación. El resto pierde por paliza, como pierde este peronismo en su rol de intermediación entre capital y trabajo. La reforma laboral que quiere el macrismo duro ya está hecha y se basa en sueldos de hambre. Paritarias como las que acaban de firmar Bancarios (94,5%) y Aceiteros (98%) están a tono con los precios pero son absolutamente excepcionales.

De los 20,5 millones de asalariados, 6 millones pertenecen al sector privado registrado y tienen chance de arrimarse a la inflación. El resto pierde por paliza, como pierde este peronismo en su rol de intermediación.  

Con ese panorama, la posibilidad de que Fernández sueñe con ser candidato a presidente otra vez es solo eso. Sus colaboradores más cercanos afirman que, pese a todo, Alberto no se obsesiona con volver a ser y quiere la unidad, como lo dijo el jueves en el acto de asunción de las nuevas ministras y para fastidio de sus socios. La generosidad del albertismo, decorosa forma de admitir la ruina política del Presidente.

Mientras la oposición confirma cada día que no tiene ideas nuevas para sortear la eventual herencia por la que pelea y Macri sigue en el pedestal del jefe, al FDT le quedan todavía enormes desafíos por delante. Los actos del 17 de octubre expresarán las distintas caras de la alianza todista, una escala más de un camino largo que tendrá una prueba de fuego en el Congreso a la hora de votar el presupuesto de ajuste descarnado que ordenó el Fondo con la firma de Massa. El cristinismo volverá a toparse ahí con los límites de su apoyo decisivo a las recetas de la ortodoxia.

Ya llegará diciembre y el oficialismo deberá inventar algo para avanzar en la suspensión de las PASO desde la debilidad y la división. También en eso Fernández se sienta a esperar que Axel Kicillof encuentre los votos que no tuvo en 2021, cuando un grupo de gobernadores planteó la misma propuesta que ahora y el proyecto naufragó en la provincia de Buenos Aires.

Si en algo coinciden todas las alas del oficialismo es en que la unidad no existe más que en el espanto y, en el cuadro actual, hasta apostar a un triunfo en 2023 resulta poco tentador para la mayoría. En la superficie, lo que se busca preservar es la formalidad del Frente de Todos. “Tenemos que seguir unidos por lo menos ante la justicia electoral”, dicen en Olivos. De fondo, cada sector emprende la retirada. En eso Zabaleta se iguala con sus enemigos íntimos de La Cámpora que buscan resguardo en la provincia de Buenos Aires y los gobernadores de todo el país con los intendentes del conurbano bonaerense. Es la realidad acotada de los que están a cargo de conducir. Afuera de ese universo de organizaciones y dirigentes, manda la inflación y prima el desconcierto.

Por Diego Genoud – LPO