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El G20, más necesario en tiempos turbulentos

Una década y media después del nacimiento de las Cumbres de Líderes del G20, como la que se realizará los días 9 y 10 en septiembre en India, puede decirse de este foro de países desarrollados y emergentes aquello que se repite con justicia sobre la ONU: a veces puede decepcionarnos, pero sin él, las cosas hubieran ido peor.

Aunque el Grupo de los 20 nació a finales de los 90 como un espacio de rango ministerial para coordinar a países de relevancia sistémica ante crisis globales, su salto de jerarquía institucional ante el sacudón global de 2008 abrió la puerta a una experiencia multilateral que ha perdurado y madurado, pese a todo.

Estas afirmaciones son fruto de una experiencia diplomática personal que me permitió asistir al nacimiento del Grupo de los 20 de líderes hace 15 años en Washington y participar, más activamente todavía, como sherpa argentino desde 2020, en una histórica etapa marcada por desafíos inéditos para el planeta entero; desde la pandemia, hasta un frenazo económico global sin precedentes y el mayor conflicto armado europeo desde la Segunda Guerra Mundial.

Recorridos. Desde que el covid-19 alteró el mundo, el G20 atravesó un camino de reuniones y cumbres que, como al resto de la humanidad, lo empujaron al terreno de la virtualidad: un desafío adicional para un espacio diplomático donde las relaciones personales juegan un papel mucho más importante del que suele asignarse.

Esa emergencia sanitaria dio al G20 una oportunidad inmejorable para probarse como un foro multilateral singular en el que desarrollados y emergentes terminaran ampliando su agenda más allá de la economía y las finanzas, para incorporar otros desafíos que demandan respuestas globales coordinadas; como la salud.

Así, en la Cumbre de Riad (Arabia Saudita), el G20 asumió la necesidad de garantizar el acceso asequible y equitativo para toda la humanidad a una vacuna de covid-19, reconocida como un “bien público mundial”. Entonces, dijimos que se abría una oportunidad única para darle a la gobernanza global las condiciones de desarrollo e inclusión que demandaba la situación.

Como parte del G20, Argentina demandó un “Pacto de Solidaridad Global” frente a la pandemia, para incorporar el valor de la solidaridad al de cooperación, que forjó el grupo. Y si bien intereses geopolíticos alteraron negativamente la producción y distribución de vacunas, las respuestas financieras y de apoyo a mecanismos como Covax amortiguaron lo que hubiera sido un impacto sin coordinación global.

Al año siguiente, en Roma, la Declaración Final canalizó la voluntad política de cambios en tiempos de pandemia y emergencia económica planetaria, pero las iniciativas navegaron en un mar de intereses contrapuestos, con resultado dispar.

El G20, representativo del 80% del PIB global y del 60% de la población mundial, ya no hablaba sólo de finanzas: discutió, y cuando pudo consensuó, sobre energía, salud, desarrollo, agricultura, educación, empleo, turismo y migraciones.

Quedó pendiente, sin embargo, cerrar filas en el grupo sobre cómo enfrentar el calentamiento global, una de las decepciones más fuertes del G20 como mecanismo de cooperación, frente al evidente agravamiento de la crisis climática y las sequías e inundaciones que hicieron palpables sus peores consecuencias.

En 2022, al igual que el resto de los organismos y foros multilaterales, el G20 se vio conmocionado por la invasión de Rusia a Ucrania y la guerra que desató cuando la economía global recién se recuperaba, y tuvo que comenzar a lidiar con una doble crisis alimentaria y energética de alto impacto económico y social. Los intereses geopolíticos nacionales pusieron al G20 en el mayor aprieto desde su creación.

Fue legítimo, entonces, preguntarse si el G20 podría seguir siendo relevante para dar respuesta a los múltiples desafíos globales, o si caería en la irrelevancia, o incluso su disolución, después de erigirse casi como una instancia única de países desarrollados y emergentes, más representativa, plural y diversa para la cooperación que, de pronto, y tras el test de la pandemia, comenzó a parecer inalcanzable.

La presidencia de Indonesia en ese 2022, a la que seguirían las de India en 2023 y Brasil en 2024, abría una continuidad sin precedentes de países emergentes al frente del foro que podría, por fin, desplazar la atención mundial hacia las necesidades de los países del Sur global.

La Cumbre de Bali dejó una conclusión central para el G20: los asuntos económicos mundiales no pueden aislarse de los choques a la seguridad internacional o de las tensiones geopolíticas.

Emergentes, paso al frente. Así como en agenda, el G20 ha ido creciendo en intensas actividades periódicas de las cuales la Cumbre de Líderes es solo la “punta del iceberg”. La búsqueda de consensos y cooperación en el foro es un proceso que demanda al año decenas de reuniones ministeriales y de gobernadores de Bancos Centrales, de reuniones de grupos de trabajo y de expertos, además de otros grupos de afinidad.

Todo ello refleja un creciente rol de los países emergentes y la necesidad de articularse se probó impostergable ya en el contexto de la pospandemia y la guerra en Europa.

En cambio, los países emergentes siguen adeudándose un sistema de acuerdos internos dentro del espacio. Sus últimos esfuerzos parecen dar frutos en cuanto a la mayor participación: la Unión Africana está muy cerca de convertirse en miembro permanente del G20, como la Unión Europea (UE). A su vez, la ampliación de los Brics muestra el camino para fortalecer todas las opciones del Sur Global.

Es la primera vez que el G20 tendrá una troika integrada exclusivamente por países emergentes (Indonesia, India y Brasil): una posibilidad única para coordinar sus propios intereses y prioridades frente al resto del foro, cuando el mundo navega en una policrisis que puede derivar en una economía global a “dos velocidades”.

Difícilmente en India se logre algún consenso sobre cómo resolver la situación en Ucrania. También será complejo terminar de encontrar una respuesta absolutamente coordinada de desarrollados y emergentes para la crisis climática, sobre todo por la dificultad que plantea la financiación para los países más vulnerables, con menos responsabilidad en el problema y menos recursos para hacerle frente. A ello se añade la creciente disputa global por el control de tecnologías.

Sin embargo, después de todos estos años de participar en cuanto debate se planteó en este conjunto relevante de países, soy de los que siguen convencidos de que el Grupo de los 20 ha enriquecido las posibilidades del multilateralismo cuando más débil aparecía y que, visto en perspectiva hacia el futuro, seguirá probándose como una variante diplomática que alivió las peores consecuencias que este inicio de siglo le tenía reservada a la humanidad, y nos puede librar de otras próximas.

Por Jorge Argüello- Embajador argentino ante los Estados Unidos. Sherpa en el G20.