Roberto Lavagna hizo famosa la expresión “capitalismo de amigos”, un modo de funcionamiento de la economía en la que un conjunto reducido de empresarios vinculados al poder político, en base a una simpatía subyacente, se beneficiaban en todo aquello que estuviera intermediado por el Estado.
Uno estaría tentado a preguntar qué llamaba la atención de Lavagna, ya que ese “modo de ser” es tan viejo como de los años 70, sino antes. Luego, la expresión “capitalismo de amigos” kirchnerista debiera ser traducida como “capitalismo de otros amigos”.
El que Néstor y Cristina apelaran a elementos muy marginales del poder económico, quizás haya hecho creer a muchos que había algo nuevo allí donde reinaba lo viejo.
En efecto, se trata de un elemento estructural de la economía argentina, que convive con otros dos: la capa de las grandes empresas que operan en el terreno no estatal de la economía, es decir, aquella en la que no hay dependencia de la intermediación inmediata del Estado; aquellas pymes mercado-internistas que sobreviven en el sector “media sombra” de la economía local; las que derivan su éxito de su capacidad para, como dijera un conocedor del tema –Antonio Brufau– operar en “mercados controlados”. No hay razón para suponer aquí compartimentos estancos, toda vez que vemos a participantes de una de esas capas incursionar alegremente en las otras. Parecería, por ejemplo, que el capital extranjero estaría menos representado en la última capa y más en la primera, pero no es siempre así, como pueden testimoniarlo el propio Brufau y su socio Esquenazi.
Esta capa de la burguesía argentina ocupa su lugar entre el capital, el Estado y la clase política. Dado el modo de financiamiento de la política en la Argentina, todos los partidos del sistema han utilizado “herramientas” que suponen el acceso a fuentes oscuras provenientes del ámbito privado. Que tal cosa es así lo ilustra el caso de los “cuadernos”, en el que algunos imputados pretenden transformar aparentes “coimas” en financiamiento electoral, como modo de justificar un vínculo que no niegan. Esto es a lo que Milei se refirió, con justicia, como “empresaurios” y, sobre todo, como “la casta”, en la que incluía a otros personajes que completan la escena. De un lado, lo privado, supone del otro lado “lo público”, es decir, el político corrupto. A lo que habría que sumar la piedra clave que asegura la solidez del arco: la justicia. No toda, quisiera el buen ciudadano creer. Pero este peculiar elemento estructural de la economía argentina no podría sostenerse sin impunidad. Una impunidad que tiene como cemento la forma en que los miembros del poder judicial son elegidos y la carencia de instituciones elementales como el “juicio de residencia”, que obligara a los jueces a, por ejemplo, rendir cuentas de su evolución patrimonial periódicamente.
Se esperaba de Milei un ataque directo a este sector del empresariado argentino y sus socios, pero lo que vemos, parece ser una nueva vuelta de la calesita: un nuevo capitalismo de “otros” amigos, en el que participarían viejos y nuevos. Se acusa de tal cosa a gente muy conocida, como Eurnekian, y a otros no tanto, como los Neuss. Si esto fuera así, el actual presidente de la Nación ya habría reunido todos los méritos necesarios para coronarse como nuevo factótum de “la casta”: funcionarios acusados de corrupción en hechos que lo vincularían a él y a su entorno, el intento de moldear una justicia a su gusto, la construcción de medios de comunicación oficialistas y, cereza del postre, “amigos” empresarios con acceso privilegiado a Olivos. Para peor, el caso Adorni ha demostrado que ni siquiera discursivamente se separa de aquello que cuestionaba: el “Ah, pero Macri…” se ha transformado en “Ah, pero los kukas…”. Confesión de parte que solo demuestra que los músicos cambian, pero la canción es la misma.

Por Eduardo Sartelli -Perfil

