Baires Para Todos

La mutación de la Argentina que viene

Los datos sobre inflación, deuda, Malvinas y Messi parecen hablar de asuntos distintos. Tal vez todos describan el mismo cambio de época.

Las sociedades no cambian de un día para el otro. Durante un tiempo conviven datos que parecen incompatibles entre sí: una economía que mejora en algunos indicadores mientras muchas familias siguen sintiendo que viven peor; una generación que enfrenta más dificultades materiales pero mira el futuro con más optimismo que sus padres; un país que discute inflación, Malvinas y Lionel Messi como si formaran parte de una misma conversación. Tal vez no sea una contradicción sino la forma que adopta una época de transición.

Un muy interesante trabajo de la consultora Aresco, que preside Federico Aurelio, ayuda a ponerle números a esa aparente paradoja y ofrece algunas pistas para entender el momento que atraviesa la Argentina. La desaceleración de la inflación no parece alcanzar en la economía cotidiana de los hogares. Según una encuesta nacional realizada en julio, el 72% de las familias afirma que en los últimos meses le resultó más difícil llegar a fin de mes que en años anteriores. Apenas el 25% sostiene que tuvo menos dificultades. El dato expone una brecha cada vez más visible entre la evolución de algunos indicadores macroeconómicos y la percepción concreta sobre el poder adquisitivo.

Cuando se consulta por el principal problema de la vida diaria, la economía concentra el 57,9% de las respuestas: el 39,8% menciona dificultades laborales o vinculadas con su actividad económica y otro 18,1% señala la inflación. Ambos asuntos superan al delito y la inseguridad, que alcanza el 17%, y a la corrupción, con el 16,1%. La preocupación ya no pasa exclusivamente por el aumento de los precios, sino también por la capacidad de generar ingresos suficientes y sostener el nivel de consumo.

La evaluación de la situación personal y familiar confirma ese deterioro. El 65,3% responde que se encuentra igual de mal o peor que en los últimos meses. Solo el 18,7% considera que mejoró o continúa bien porque recuperó poder de compra, mientras que otro 13,2% dice estar bien únicamente en comparación con los demás, aunque reconoce que perdió capacidad adquisitiva. En otras palabras, la estabilización que puede observarse en algunas variables todavía no se traduce, para una mayoría amplia, en una mejora en su metro cuadrado. 

La consecuencia más directa es el crecimiento del endeudamiento destinado a cubrir gastos corrientes. El 59,4% tuvo que contraer alguna deuda durante los últimos meses: un 30% recurrió a tarjetas de crédito, bancos o entidades financieras; un 13,3% pidió ayuda a familiares o amigos; un 10,4% combinó ambas vías y un 5,7% acudió a prestamistas informales. Solo el 38,7% asegura no haberse endeudado.

El problema no se limita al volumen de hogares endeudados, sino que también alcanza su capacidad de pago. El 45,9% del total de los consultados se encuentra en mora parcial o total: un 30,8% afirma que no logra cancelar una parte de sus compromisos y otro 15,1% dice que prácticamente no puede pagar nada. Apenas el 13% está endeudado, pero puede cumplir con sus obligaciones. La fotografía resultante es la de una economía familiar sostenida crecientemente con deuda, pero con ingresos que tampoco alcanzan para saldarla. No hay un dato más elocuente que este: hiperpixelado, es imposible hacer más zoom para entender el drama que viven algunas familias argentinas.

Pese a este escenario, la responsabilidad política por la crisis continúa dividida. El 41,1% señala al kirchnerismo como principal responsable de los problemas económicos del país, mientras que el 36,5% se los atribuye a Javier Milei. Más lejos aparecen Mauricio Macri, con el 7,3%, y las opciones “otros” o “ninguno”, con el 6,1%. El Gobierno todavía conserva, así, la posibilidad de atribuir una parte relevante del deterioro a la herencia recibida. Sin embargo, la diferencia es de apenas 4,6 puntos y convive con una realidad material que, a medida que avanza la gestión, resulta cada vez más difícil explicar exclusivamente por el pasado.

Si esto se mirara en términos electorales –y sin mencionar los posibles cambios de reglas–, ¿cómo va a estar el ánimo de ese 60% de los argentinos endeudados si esta situación se mantiene por los próximos 14 meses? Si se prolonga, cuesta imaginar el nivel de impericia que debería exhibir la oposición para no llegar competitiva a la próxima elección.

Sin embargo, esto no alcanza por sí solo para comprender el momento político. Las encuestas muestran una sociedad que combina dificultades materiales muy extendidas con expectativas profundamente distintas respecto del futuro. La percepción de la crisis convive con miradas divergentes sobre las posibilidades de progreso, el papel del Estado y la responsabilidad individual. Allí empieza a aparecer una segunda dimensión del fenómeno: menos vinculada con los indicadores económicos y más relacionada con una transformación cultural que atraviesa, sobre todo, a las generaciones más jóvenes.

El estudio Social Mood 2026, realizado por Fernando Moiguer sobre 1.300 casos mensuales en el AMBA, Córdoba, Salta y Neuquén –mencionado por Jorge Liotti en su columna dominical en La Nación–, ofrece algunas pistas para entender ese cambio. Los jóvenes argentinos combinan una mirada crítica sobre el presente con un optimismo respecto del futuro que supera ampliamente al del conjunto de la sociedad. Al mismo tiempo, exhiben una mayor adhesión a valores asociados con el mérito individual, la exhibición del éxito y una relación mucho más descontracturada con el consumo, los impuestos y el rol del Estado.

En el segundo trimestre de 2026, el 45% de los jóvenes de entre 16 y 24 años evaluó negativamente la situación actual del país, frente al 27% registrado durante los primeros tres meses del año. Sin embargo, esa percepción sigue siendo menos pesimista que la del conjunto de la población, donde la evaluación negativa creció del 39% al 53%. La diferencia resulta todavía más marcada al mirar hacia adelante: el 56% de los jóvenes cree que la situación del país mejorará durante los próximos doce meses, contra apenas el 34% del total de los consultados.

Esa expectativa favorable sobre el futuro convive con un arraigo que permanece intacto. El 71% de los jóvenes afirma que prefiere vivir en la Argentina antes que en cualquier otro país del mundo, una proporción muy superior al 54% registrado en la población general. Además, el 80% dice sentirse muy orgulloso de ser argentino y “del país que tenemos”, frente al 60% del conjunto de los encuestados, mientras que el 73% considera que la Argentina ofrece muchas oportunidades para quien sabe identificarlas. Entre el total de la población esa opinión alcanza el 52%.

El estudio también detecta una mayor adhesión a valores asociados con el individualismo, el consumo y la desregulación. El 51% de los jóvenes compraría productos importados aunque eso afectara al empleo argentino, ocho puntos más que en el total de la población. El 30% considera “héroes” a los empresarios que evaden impuestos, frente al 12% general, y el 40% justifica tener ahorros no declarados o fuera del sistema bancario para evitar tributos, diez puntos por encima del promedio. Son datos que revelan una afinidad cultural de la juventud con algunos de los ejes centrales del discurso libertario, particularmente su cuestionamiento al Estado, los impuestos y las regulaciones.

También cambia la relación con el dinero y con su exhibición pública. Mientras que solo el 20% de la población considera que compartir logros económicos en redes sociales constituye una buena carta de presentación, entre los jóvenes ese respaldo asciende al 38%. La misma proporción no encuentra inconvenientes en mostrar cuánto gasta en viajes, autos u otros consumos, frente al 27% general. A su vez, el 34% valora que los productos que utiliza comuniquen éxito y estatus, contra un promedio del 20%. La lógica de vivir en el presente también aparece con mayor intensidad entre los menores de 25 años: el 52% sostiene que “la plata está para gastarla” y que prefiere disfrutar el ahora, once puntos más que en el conjunto social.

Se configura así una generación que, aun percibiendo el deterioro de la coyuntura, conserva expectativas de progreso, reivindica la realización personal y se siente habilitada para hacer visible “el éxito”. Más que una retirada frente a la crisis, los datos sugieren una adaptación cultural: menos confianza en las soluciones colectivas, mayor apuesta por la iniciativa individual y, paradójicamente, un vínculo con la Argentina más optimista y arraigado que el de las generaciones adultas.

Ese cambio cultural también modifica la forma en que la sociedad procesa los acontecimientos públicos. Ya casi no existen hechos capaces de escapar a la lógica de la disputa política. Incluso aquellos que, en principio, parecen pertenecer a un territorio completamente distinto, como el deporte, terminan absorbidos por la necesidad de confirmar identidades, reforzar pertenencias o validar prejuicios previos. 

La reciente actuación de la selección argentina ofrece un ejemplo particularmente elocuente sostenido en la acumulación de estigmatizaciones de la que fue víctima el equipo albiceleste a lo largo del torneo. Un fenómeno cuyo inicio en redes sociales lleva ya algunos años, con una mezcla de fake news y medias verdades sobre la historia de la población negra en Argentina –un país que, a diferencia de Estados Unidos y Brasil, decretó rápidamente el final de la esclavitud y nunca tuvo, para empezar, una gran economía esclavista– y sobre la llegada de jerarcas nazis al país tras la Segunda Guerra Mundial, a la que se sumaron repercusiones reales por los cantos racistas contra los jugadores franceses. 

A eso debería sumarse la acusación ridícula de que los logros de Argentina se debían a ayudas arbitrales. Los algoritmos, la osadía de ganarle a Egipto luego de ir 2-0 abajo y las declaraciones del DT, Hossam Hassan –un apologeta de la dictadura militar que gobierna su país– acusando una conspiración que benefició a la Argentina de la mano del sionismo, terminaron de convertir a Argentina en un villano que fue señalado por figuras como el no tan brillante alcalde neoyorquino, Zohran Mamdani. 

El marco “settler colonialist” que importaron para aplicar a su propio país del conflicto israelí palestino para referir a los Estados fundados por europeos en tierras con población originaria hizo el resto. No hace falta creer en grandes conspiraciones para darse cuenta de que pensar el país con categorías estadounidenses –muy cuestionables en los propios Estados Unidos, donde la candidata de Mamdani en Harlem decía que escribía desde “tierra indígena ocupada” como si a lo largo de la historia de la humanidad no hubieran existido desplazamientos entre pueblos originarios– es un error grosero. Máxime cuando Argentina abrazó en mucha mayor medida el mestizaje y –sin negar la historia trágica que existe– tuvo una aproximación mucho menos violenta hacia sus poblaciones originarias y ningún fenómeno parecido a la esclavitud. Milei, y su alineamiento incondicional con los Estados Unidos de Trump e Israel, en momentos donde su reputación es abrumadoramente negativa a nivel global, contribuyó decisivamente a consolidar esa percepción internacional. 

Como si tuviéramos que imputar a la selección las decisiones de los dirigentes, una operación ridícula, que es activamente censurada, con razón, por esos mismos sectores, si uno la hiciera para Irán, Egipto, los Estados Unidos o el propio Brasil. Como todo, posiblemente toque entender antes que enojarse y considerarse atacado como parte de una campaña de quien sabe qué poderes oscuros y saber que lidiamos con un marco teórico tan ridículo como extendido que, por lo tanto, difícilmente desaparezca de un día para el otro. Probablemente, la eventual salida del mejor jugador del mundo –respetado casi unánimemente por todos, salvo las usinas madridistas y los hinchas mexicanos– haga que el fenómeno pueda acentuarse en el futuro cercano, cuando tendremos que saber que nos estarán esperando.

Hace una semana —casi una eternidad en la velocidad de la política argentina— Argentina derrotó a Inglaterra en una semifinal inolvidable. La bandera desplegada por los jugadores con la leyenda “Las Malvinas son argentinas” recorrió el mundo. Las búsquedas en Google sobre Malvinas se dispararon, el interés internacional por el reclamo argentino se multiplicó y hasta el gobierno del Reino Unido se vio obligado a reaccionar con un comunicado de humor impostado e incómodo para defender la ocupación.

Fue un triunfo para una agenda que, más allá de los apoyos diplomáticos que la Argentina consiguió durante décadas, suele permanecer lejos de la consideración global en términos de reconocimiento del conflicto. Resultó, cuanto menos, llamativo que, en ese contexto, el presidente Javier Milei hablara de “berrinches propios de un adolescente termo mononeuronal”. No le puso destinatario a esa caracterización y leído con un poco de esfuerzo para comprender al personaje estaba claro que iba dirigido a Victoria Villarruel, pero en su frenesí, el primer mandatario no reparó que parecía dirigida a los jugadores, en pleno pico de euforia popular y en un contexto en el que la administración Trump había, aunque fuera de manera modesta, respaldado una acción que, en los papeles, implicaba romper con las normas vigentes de la FIFA.

El presidente sostuvo que la Argentina avanzaba “por la vía diplomática” y citó la posición de un operador republicano radicado en Israel, que reclamaba un cambio de postura de Washington fundado en la falta de apoyo británico a Estados Unidos durante la guerra con Irán. Bastante poco, en cualquier caso, para extraer conclusiones de fondo. Hay que decir, de todos modos, que el escenario que más preocupa a los británicos tiene menos que ver con ese episodio puntual que con la creciente cercanía entre el oficialismo argentino y la administración estadounidense, en un contexto en el que la política exterior de Trump vuelve a priorizar el continente americano.

Ambrose Evans-Pritchard, probablemente el columnista conservador de política internacional más influyente del Reino Unido, publicó tras el triunfo argentino una columna en la que advierte sobre la posibilidad de una nueva crisis en Malvinas, impulsada por las dificultades británicas para sostener el gasto militar y por el acercamiento de la Argentina a Washington, con el consecuente riesgo de que Estados Unidos modifique gradualmente su posición histórica y se acerque más a la postura argentina. Tampoco se trata de una preocupación nueva dentro de la prensa británica. El mayor temor en Londres no es que China se convierta en un proveedor militar ilimitado para la Argentina —un escenario que consideran problemático, aunque relativamente manejable— sino un eventual cambio en la posición de Estados Unidos. Dadas las enormes distancias que separan al Reino Unido de su posesión colonial en el Atlántico Sur, ese giro podría obligarlo a negociar incluso antes de que existiera una amenaza militar plenamente configurada.

Desde otra perspectiva ideológica, Simon Jenkins, en The Guardian, presentó un argumento esencialmente moral. También parte de la distancia geográfica y de las crecientes dificultades que representa para el Reino Unido la defensa de las islas para sostener que Londres debería cumplir con el espíritu de las resoluciones de Naciones Unidas y retomar las negociaciones por la soberanía. “No van a ser británicas para siempre”, escribió Jenkins. El problema, cuarenta años después, sigue siendo la guerra, que interrumpió un proceso de negociación de soberanía lleno de trampas, pero activo, y convirtió esa discusión en un tabú para administraciones tanto conservadoras como laboristas. Todo ello coincidió, además, con el proceso de desarme voluntario que la Argentina impulsó durante décadas para impedir una nueva injerencia de las Fuerzas Armadas en la política.

Con la democracia plenamente consolidada y sin razones para seguir asociando el fortalecimiento de las Fuerzas Armadas con un riesgo para el sistema democrático, un cambio en las percepciones británicas y estadounidenses parece una oportunidad bastante más lejana y ambigua de lo que sostiene el presidente, aunque también una posibilidad que la Argentina haría mal en dejar de explorar.

En ese contexto se entienden mejor las repercusiones que generaron las palabras de Messi sobre la situación económica del país. Lo primero que conviene decir es que probablemente Messi no haya querido intervenir en el debate político argentino. Como ocurrió tantas veces durante su carrera, habló desde la experiencia personal de alguien que mantiene un vínculo emocional con su país y que conoce, por su propia familia y por sus afectos, las dificultades que atraviesan millones de argentinos. Sin embargo, en una sociedad cada vez más atravesada por identidades políticas intensas, incluso esa clase de comentarios dejan de ser interpretados como una observación sobre la realidad para convertirse inmediatamente en un gesto de adhesión o de enfrentamiento.

Durante años se cuestionó a los jugadores de la selección por no pronunciarse sobre distintos asuntos públicos. Ahora que uno de ellos hizo una referencia general a la situación económica, muchos reaccionaron exactamente del mismo modo que criticaban antes: exigiendo que sus palabras confirmaran sus propias posiciones políticas o condenándolas porque no lo hacían. Ni el silencio de la selección significó alguna vez un respaldo al gobierno de turno, ni una referencia de Messi a las dificultades económicas constituye necesariamente una crítica partidaria. Sin embargo, el clima político argentino parece haber perdido la capacidad de admitir esos matices.

Algo parecido ocurrió con el episodio de Malvinas. Para unos, la bandera desplegada por los jugadores fue una reivindicación patriótica mientras que para otros fue un desafío innecesario. En una orilla, la reacción presidencial confirmó una estrategia diplomática y en la otra implicó un cuestionamiento injustificado a la propia selección. En todos los casos, el acontecimiento terminó funcionando como una pantalla sobre la cual cada uno proyectó sus propias convicciones.

Ese mecanismo excede al fútbol. También ayuda a explicar por qué dos personas pueden observar los mismos indicadores económicos y llegar a conclusiones completamente diferentes sobre quién es el responsable de la situación. O por qué una parte importante de la sociedad continúa respaldando un programa económico aun cuando reconoce que su situación personal empeoró. Los datos hace tiempo que no hablan por sí solos sino que son interpretados a través de identidades políticas cada vez más sólidas.

Las redes sociales profundizan ese fenómeno en la medida que amplifican las voces de minorías muy activas que convierten cualquier episodio en una prueba de pertenencia. Cada declaración debe ser clasificada; cada silencio, interpretado; cada gesto, utilizado para confirmar lo que ya se pensaba de antemano. La consecuencia es una conversación pública cada vez menos orientada a comprender la realidad y cada vez más destinada a ordenar tribus. Ya no se discute tanto para convencer a quienes tienen matices como para recibir la aprobación de quienes ya están de acuerdo.

Quizás esa sea una de las transformaciones políticas más profundas de esta época. Durante décadas, las campañas electorales estuvieron orientadas a persuadir a los indecisos. Hace ya algunos años que buena parte del esfuerzo parece concentrarse, también, en movilizar identidades preexistentes y evitar que el propio electorado –cada vez más chico– se desmovilice. El ciudadano comienza a parecerse menos a un votante dispuesto a cambiar de opinión y más a un hincha que defiende sus colores o repudia los del rival.

Y quizás allí esté el rasgo más inquietante del momento argentino. Mientras las encuestas muestran una sociedad que sigue sufriendo dificultades materiales, pero que –al mismo tiempo– reorganiza sus expectativas, sus valores y sus referencias culturales, la política parece cada vez menos interesada en interpretar esos cambios y cada vez más obsesionada por convertir cualquier hecho –una encuesta, una bandera, una declaración o un comentario de Messi– en una nueva batalla dentro de una guerra cultural que no admite zonas grises y que, paradójicamente, tiene cada vez menos soldados.

Ilustración: Fernanda Pernet.

Por Iván Schargrodsky-Cenital