Baires Para Todos

Milei y el dolor de una Patria en remate

La Patria somos todos. No se mide en hectáreas negociables ni se reduce a la frialdad de un asiento contable; la Patria se siente en el pecho, en el barro acumulado en las botas de los abuelos que sembraron el porvenir y en la sangre de quienes cayeron defendiendo nuestra bandera. Por eso, el proyecto de ley de "Inviolabilidad de la Propiedad Privada", impulsado por Javier Milei y diseñado por Federico Sturzenegger, no genera un debate meramente económico: genera un profundo dolor en el alma colectiva. Es un puñal directo al corazón de nuestra soberanía, una trampa jurídica maquiavélica vestida de falsa libertad para consumar el desguace y la entrega definitiva de nuestro territorio nacional. Las tierras argentinas son de los argentinos.

Detrás de los tecnicismos legislativos con los que pretenden derogar la Ley de Tierras Rurales (Ley 26.737), se esconde un desprecio absoluto por nuestro arraigo y nuestra identidad. Eliminar los topes a la extranjerización es abrir las compuertas para que el suelo argentino sea subastado al mejor postor global. Nos quieren convencer de que prohibir la venta a "Estados extranjeros" protege nuestra integridad, pero es una burda mentira: es la fachada perfecta para entregar en bandeja de plata millones de hectáreas de campos productivos, bosques nativos y minerales estratégicos a corporaciones transnacionales, magnates occidentales y fondos buitre con terminales directas en los centros de poder de Estados Unidos e Israel. Mientras nos distraen con discursos, los poderosos del mundo se relamen ante la Patagonia, el Norte Grande y el Litoral.

Lo que está en juego es el agua que beberán las futuras generaciones, los alimentos que llegarán a las mesas de las familias argentinas y la seguridad de nuestras fronteras. Entregar las nacientes de los ríos y los acuíferos a manos extranjeras es una traición histórica que destruye la posibilidad misma de un reclamo soberano. ¿Cómo miraremos a los ojos a nuestros hijos cuando descubran que los paisajes que cantamos en el himno nacional pertenecen a una sociedad pantalla inhallable? ¿Con qué autoridad moral hablaremos de soberanía sobre las Islas Malvinas si permitimos que el territorio continental sea rematado en silencio desde una oficina en Buenos Aires, desamparando a nuestros pueblos y regalando la llave de la seguridad hídrica y alimentaria?

La reciente resistencia en el Senado, que obligó al oficialismo a declarar un cuarto intermedio y postergar la votación para el próximo 6 de agosto, no es una mera disputa partidaria; es el grito de la tierra que se resiste a ser vendida. Es la memoria viva de un pueblo que sabe que la tierra no se vende, se defiende. Hoy, la máxima prioridad patriótica es plantarse con firmeza contra este cipayismo explícito que pretende convertir a la República Argentina en una inmensa e impersonal estancia privada. Defender nuestro suelo es honrar nuestra historia, abrazar nuestra bandera y asegurar el derecho sagrado de seguir siendo una Nación libre, justa y soberana.

Por Matías Pintos