Para algarabía rusa de Steve Bannon, Marine Le Pen y Jean-Luc Bélenchon.

La espontaneidad es sigilosamente planificada. Comienzo que facilita el despegue de teorías conspirativas.
Pero
lo cómodo es aferrarse a la interpretación romántica, que admite el
conocimiento de la sociología precaria. Indica que los Gilet Jaunes
(chalecos amarillos) representan la rebeldía creativa de la clase media,
harta y agobiada, que desciende de nivel y se aleja del consumo. Un
fenómeno que mortifica al presidente Emmanuel Macron, desde que se
registró el aumento del combustible.
Por su juventud ofensiva, suele asociarse a Macron con el estigma discriminatorio de la inexperiencia.
En
su caso debe sumarse la soberbia que depara la formación cultural. El
muchacho es filósofo, e irrumpió como ministro de economía del casi
olvidado François Hollande. Aparte se lo vincula, con fundamentos
incuestionables, a la banca Rothschild.
En términos políticos, Macron
fue el beneficiario personal del colapso de los grandes partidos que se
distribuyen los armónicos fracasos. Le bastó inventar un sello
artesanal para postularse a la presidencia de la República y triunfar.
Justamente en un momento donde la Europa que interesa mostraba
desconcierto e incertidumbre, y un vaciamiento unánime de líderes.
La canciller Ángela Merkel, que debía ser la socia alemana, atravesaba el penoso desgaste del penúltimo tramo.
Gran
Bretaña profundizaba el proceso insular de flagelarse con el invento
del Brexit, y los otros gerentes de territorios exhibían piadosos
bocetos de aprendices de estadistas. Sucumbían ante el conjunto
impresionista de adalides de la extrema derecha, que de pronto
conquistaban Italia como habían conquistado Hungría. En un cóctel de
nacionalismo y xenofobia que apenas podía cuestionar el Papa Francisco,
el único estadista que percibió, antes que todos, la tormenta
devastadora, y en su primer desplazamiento se fue a orar simbólicamente a
la isla de Lampedusa, donde trataban de desembarcar los abnegados
africanos con iniciativas que hicieron de la belleza del Mediterráneo un
cementerio desgarrador.
Pero sobre el joven “e inexperto” Macron aún
debía caer la imperfección superadora. Había disentido, durante un
festejo centenario, con Donald Trump, el emblema que estimula a los
nacionalistas preferiblemente inclinados hacia el populismo aceptable de
derecha. Cuando Macron, con altivez, le dijo en público a Trump que el
nacionalismo autoritario le había ocasionado a Europa un severo daño
histórico. Pasión tóxica que arrastraba hacia la patología.
The Movement
La espontaneidad ingresa en el estado de sospecha cuando Steve
Bannon, el nominado “estratega de Donald Trump”, planta en Bruselas “The
Movement”. Organización “sin fines de lucro”. Pero destinada a promover
los valores espirituales de la extrema derecha “trumpista”, que se
impone paulatinamente en diversos rincones del universo. En Brasil, sin
ir más lejos.
Gran aliado de madame Marine Le Pen, el estratega
Bannon mantiene un prioritario interés -como Le Pen- en las elecciones
europeas que van a transcurrir en mayo.
La arbitraria casualidad
logra que estalle, cinco meses antes de la elección, en Francia, a
través de las redes sociales signadas por la superioridad de la maestría
rusa, el conflicto sociológico de los chalecos amarillos. El clavo que
Macron, por su “inexperiencia”, no supo controlar.
El pobre
presidente venía golpeado. Tampoco había sabido controlar otra
adversidad lacerante que le provocaba un abrupto desprestigio. El Caso
Benalla. Predilecto jefe personal de seguridad que fue sorprendido, por
la cámara móvil de un amateur, mientras castigaba manifestantes en la
Plaza de la Contrescarpe. Aquí Macron mostró también la expresiva falta
de reflejos, reaccionó tarde y mal. Aparte, el fiel Benalla lo
desubicaba, sin quererlo, ante la sociedad. Porque lo relacionaban
directamente con la severidad obvia de la sospecha tendenciosa, que se
extiende entre pilares firmes, pero falsos. Macron no es ningún
distinguido continuador de Jean Genet, ni de Marcel Proust.
Sociología precaria
La integración social, en tiempos de François Mitterrand, fue
artificialmente ejemplar. Derivó en una conjunción compleja de ghetos,
que generaron su cultura de suburbio marginal. En la desintegración, más
compleja aún, que diseñó el perfil del nuevo francés. El que cada
cuatro años podía enorgullecer por las figuras morenas de ídolos
deportivos como Henry, o Mbappe. O podía espantarse por las imposturas
efectistas de Dieudonné, el artista que explota la onda consumible del
antisemitismo.
El nuevo francés, de ancestros maghrebíes y del África
negra, en general no participa de las bullangueras movilizaciones
sabatinas de los chalecos amarillos. No les pertenece. Ni los contiene.
Y los ricos, apaciblemente sentados sobre respetables fortunas, en gran parte se fueron de Francia.
Exiliados
fiscales que huyeron dolorosamente hacia Bélgica, o Suiza. Perseguidos
por la desesperación proto-revolucionaria de los impuestos. Tristemente
inútil que los socialistas, de la magnitud ética de Hollande, reclamara
solidaridad, sentimiento ausente que suele llevarse mal con los
intereses. Macron se esforzó por forjar un ambiente ideal para el
regreso de los exiliados. Les otorgó algunas ventajas que sirvieron para
que le estamparan la calificación de ser el “gobernante para ricos”.
Las
protestas de los sábados surgen de los sectores de la clase media baja y
blanca. De “la France profonde” (como entusiasmaba el viejo visionario
Jean Marie, padre de la señora Marine Le Pen). Clase que desciende
económicamente castigada, arrinconada e invadida, inflamada de rencores,
cada vez más alejada del “art de vivre”. Con la eficacia rusa en el
manejo de las redes sociales, aplicada en su momento en Estados Unidos, y
con la extraña mezcla ideológica, con turbulencias que trata de
aprovechar la derecha, a través de la señora Marine. Como busca
aprovecharla la izquierda nostálgica de Jean-Luc Mélenchon que, ante los
vehículos incendiados en Champs Elysees o en Saint Germaine y los
encontronazos con la policía, supone reeditar los piedrazos del Mayo de
50 años atrás.
Basta con verlos desfilar, en el invierno de París.
Con los chalecos amarillos, puestos sobre las camperas. Como por ejemplo
el último sábado. De manera peligrosamente anárquica. Cuesta creer que
estos franceses de aspecto inofensivo sean los “agitadores” que se
proponen “destituir el gobierno”. Como dijo Livraux, el vocero, a quien
le invadieron el ministerio con intenciones de destruirlo.
Desde su
instalada inexperiencia, ya irrebatible, Macron logra que un francés
vulgar de clase media, blanco y barrigón de cerveza, baguetes y
fromages, se coloque una máscara para protegerse del gas y salga el
sábado, como de paseo, dispuesto a enfrentar al represor. Aunque no se
trate de ningún habilidoso para golpear, como el ex boxeador Dettinger,
hoy un preso convertido en ídolo defensor.
La tentación de liderar
hace surgir referentes, como Eric Drouet, o la joven Priscilla, que se
vuelven inmediatamente famosos gracias a la cadena BFM TV, que emerge
como la Al Jazeera de Francia durante una primavera invernal. El
crecimiento mediático de los Gilets, de trascendencia internacional,
incentiva las divisiones y fomenta las desconfianzas. Y el
debilitamiento de la organización que, al contrario, cree fortalecerse.
Anuncian la novena movida para el sábado, mientras con sigilosa
espontaneidad se planifica también la décima, para algarabía de Marine
Le Pen, de Mélenchon, y sobre todo de Steve Bannon, el estratega
emocionado que se propone copar, desde The Movement, a la vulnerable
Unión Europea.

