Baires Para Todos

Sibaritas del narcotráfico

Triple Frontera. Donde la paz es un fetiche de la guerra.

Durante muchos años fue un territorio con más especulaciones que constataciones. Giraron a su alrededor maravillosos imaginarios. Fue, en la fantasía, la anticipación de un porvenir oscuro y rentable.

Así se construyó la Triple Frontera. Algo que nos asemeja a las horas más oscuras de México y Colombia pero con lo multicultural del crisol criminal y con poco derrame de sangre. 

Administrar el caos es una regla de base para mantener intacta la matriz.

Almacén delictivo por excelencia. Gran bazar de instrumental bélico y drogas de todas las calidades. Para todas las economías.

Allí anidan las cabezas de las verdaderas mafias. Las que operan subterráneamente. A las que no se las combate por los medios de comunicación. Correspondencias de organizaciones terroristas en redes. Formadores de niños soldados y no de marginales armados.

“Lo que se trata en la Triple Frontera allí queda”, resalta un investigador. Lo único que trasciende es lo que baja a las terceras líneas para la movilidad en determinados barrios.

Brasil, Paraguay y Argentina la componen. El delito golondrina transita sin reparos. Sin embargo, lo interesante de Foz do Iguaçu, Ciudad del Este e Iguazú no es lo que se ve, sino la génesis. Aquello qué hay detrás de una puerta. Tal vez verde y corroída. 

El convite. El agasajo para dar inicio a la degustación que no tiene horario fijo. Sucede que en la clandestinidad se consigue siempre la máxima pureza. Allí está “La Inmaculada”. La cocaína colombiana. La que está prohibido cortar. 

Los narcomenudistas, en la “chica”, respetan la bajada de línea de sus proveedores. De hecho, los vendedores a menor escala la bautizaron como “Inmaculada”.

También hay otras drogas cuyo rebaje representa un pecado. Tan imperdonable que algún “vivo” se vio en el espanto de entregar su mano.

“No hay lugar para drogones”. “Los sarpados están en los barrios”. “Los integrantes de la mesa son degustadores business”. “Cerebros y artesanos de un negocio que, aunque no parezca, aún conserva códigos”, sostiene con firmeza un informante clave.

La puerta no la atraviesa cualquiera. 

El banquete se organiza alrededor de una gran tabla ornamentada con pequeños platitos de porcelana que contienen todas las sustancias. Los anfitriones son exquisitos cultores del hachís. Profesionales de la comercialización de estupefacientes que jamás darán la orden de abandonar su mercadería ni de hacer acuerdos tácitos con las Fuerzas de Seguridad. No los necesitan.

Entre los platitos están todas las bebidas y los instrumentos para iniciar el camino del sabor. De viaje moderado. Sin excesos. 

El mundo árabe detrás de una puerta. Acompaña la música tanto como la impunidad.

El convite es móvil. Jamás en el mismo lugar. Participan integrantes de varios países de Europa, África y América. Se destacan, de la región, tres de los comandos claves de Brasil (Comando Vermelho, PCC, Familia do Norte) y del Ejército del Pueblo Paraguayo. Asisten, a su vez, líderes locales de la MS 13. Vasos comunicantes con las clicas del bastión Matanza y 1-11-14. Con los protones del círculo del mal (Moreno, Merlo, Morón).

Los sibaritas del narcotráfico invitan. Meticulosos que conocen las medidas a la perfección. Marroquíes que conservan sus tradiciones y comparten con afganos negociaciones vinculadas a la distribución y división territorial. Tienen diversos compradores. Se mantienen, estratégicamente, en calma.

A la fecha los concentrados afganos no se someten a la “resistencia” Talibán del cultivo local. El prohibicionismo es combatido. 

“Nunca se les va la mano. Si se les va es una decisión causal. Específicamente de poder”, afirman en la región. 

El hachís goza de estelaridad y las sintéticas cumplen un rol esencial. Esas que son más sencillas de producir, de transportar y de camuflar. Las que requieren, para su detección, de todo lo que no hay en Argentina: Investigación criminal e inteligencia criminal.

El hachís tiene una carga de 80% de THC que llega al mercado con un 40% y que se convida, en el banquete delictivo, al 60% aproximadamente. Junto con el fentanilo mantienen aún un respetado nivel de exclusividad.

Ambos estupefacientes, de diversas ramas, tienen un camino más largo para la penetración en las ciudades (Microtráfico). Sus rutas son variadas y no constantes. Hay alternancia. 

En el caso del fentanilo llega a la ciudades y posteriormente a los barrios (narcomenudeo) para cortar otras sustancias. Mientras que el hachís llega por encargos exclusivos debido a sus altos costos que responden, fundamentalmente, a sus cuidados niveles de pureza. Superiores a los de la marihuana paraguaya y aún, a los de la colombiana: Cripy.

En la Triple no hay lugar para todos los delincuentes. Pertenecer, dentro del mundo del delito complejo, es un lujo. 

El chiquitaje entre comillas maneja las llamadas equivalencias del paco. Circulan pero no entran al encuentro selecto. Son las que llegan a todos los rincones de las bases del Trifinio. Drogas de acumulación y reproducción.

Oxi de Brasil. Crack de Brasil y Paraguay. Y Chespi también de este último país. Drogas de emergencia marginal pero tan potentes que penetraron en otros estratos por su alto poder adictivo. 

Solo 5 segundos para llegar al cerebro, y apenas 20 minutos o menos para decaer y volver a comenzar.

Salen de los centros de acopio instalados en los montes para ser vendidas al menudeo.

“Tienes que observar las paradas de taxi”, cuenta un lugareño que conoce a la perfección los velos del transporte y los engaños de los mercaderes.

Un territorio circular. De connivencias aceitadas. De insumos garantizadas. De impunidad comprada.

Ya no es un imaginario. Es, sin más, el resultado de una puja por la fantasía que terminó por desarrollar, con una vulgaridad efectiva, una región exquisita para el crimen organizado. 

Por Laura Etcharren-https://soclauraetcharren.blogspot.com/