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Quién es el Anticristo

Las ideas del papa León XIV y del magnate Peter Thiel reflejan dos concepciones opuestas sobre la inteligencia artificial y la concentración de la riqueza. Así, el debate gira en torno al papel que deben tener el Estado, la tecnología y los grandes actores económicos en el futuro de la sociedad.

Probablemente la discusión más importante del siglo XXI se esté dando en estos días entre el Papa León XIV que visitaría la Argentina en los próximos meses y el recientemente mudado a la Argentina, el tecnobillonario Peter Thiel. Hay una encrucijada a la que se enfrenta la humanidad y la democracia occidental frente al surgimiento de la inteligencia artificial y la eventualidad de que la mayor concentración económica y la pérdida de empleos acreciente aún más la desigualdad. Por un lado, el Papa León XIV, en su encíclica Magnifica Humanitas, plantea que la IA debe estar al servicio del desarrollo de la humanidad, que las empresas tecnológicas deben ser reguladas y que se debe evitar que nadie sea descartado de esta revolución de la técnica.

Por otro lado, Peter Thiel plantea que el Papa es parte de lo que él llama el Anticristo: una fuerza del statu quo que actúa como frente entre políticos, empresarios y líderes religiosos para frenar el desarrollo de la humanidad.

Ahora bien, la encíclica de León XIV no es solo un documento sobre inteligencia artificial. Es un documento sobre concentración de poder y riqueza, del cual la IA es el ejemplo más urgente y visible. La teóloga argentina Emilce Cuda, que trabajó con Bergoglio y luego con Prevost antes de que se convirtiera en León XIV, lo dice explícitamente: la encíclica señala que hoy existen poderes concentrados en personas que superan a los propios gobiernos. El Papa retoma una tradición que arranca en 1891, cuando León XIII respondió a la concentración de riqueza de la revolución industrial. La IA es el síntoma. La concentración de poder es la enfermedad.

En el fondo, es la misma vieja discusión entre individuo y sociedad, entre el interés por la comunidad y la libertad irrestricta del sujeto. A escala local, ese debate se reavivó la semana pasada en dos escenas. En la primera, el dueño de Mercado Libre, Marcos Galperín, dijo que si se le quitara el 100% del patrimonio a los más ricos no se podría pagar ni seis meses del presupuesto anual del gasto público, y agregó que “la batalla ricos vs. pobres la inventaron los zurdos para hacerse del control del Estado”.

La segunda escena también lo tiene a Galperín como protagonista, pero del otro lado está el gobernador bonaerense Axel Kicillof, quien intimó al empresario por más de dos mil denuncias de consumidores de la provincia. En un cruce anterior, Kicillof al referirse al pago de impuesto de los ricos, había dicho: “Háganse cargo de lo que tienen, vivan acá o en Uruguay”. El mensaje era una indirecta contra Galperín, quien vive en el país vecino justamente para evitar una mayor carga impositiva.

De un lado, quienes plantean liberar a los ricos de impuestos y dejar sin regulación a la tecnología que concentra la riqueza y el poder en pocas manos; del otro, quienes buscan que el Estado continúe bregando por el bienestar general y ponen la dignidad humana en el centro. Si bien Thiel plantea que el Anticristo es el regulacionismo estatal, el cristianismo nunca se caracterizó por la defensa de los ricos y la desprotección de los pobres, sino más bien por lo contrario. En sus propios términos, el Anticristo sería él.

Vamos a escuchar un fragmento de la encíclica, por el propio Papa León.

En este fragmento en inglés, León plantea que hay que desarmar la inteligencia artificial y que hay que poner en pie las condiciones de una humanidad más solidaria y fraterna. Ahora, ¿qué quiere decir exactamente cuando plantea que hay que desarmar la IA? León XIV usa el verbo “desarmar” en un sentido triple:

Primero, sustraer la IA a la lógica de la carrera armamentista, que hoy no es solo militar sino económica y cognitiva. La carrera por el algoritmo más eficaz y el banco de datos más amplio para consolidar ventajas geopolíticas o comerciales sobre los demás. Desarmar significa romper la equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar.

Segundo, sustraerla a los monopolios. Mientras esté concentrada en pocas manos, la IA es por definición un instrumento de dominación. Desarmarla significa hacerla discutible, refutable, plural, accesible a la diversidad de culturas y formas de vida humanas.

Tercero, y esto es lo más original, León XIV dice que la IA ya es un ambiente, no solo una herramienta. Estamos inmersos en ella como en un ecosistema. Por eso usa la palabra “ecológica” en el sentido más radical: no basta regularla, hay que desarmarla y hacerla habitable.

Lo que el Papa no dice es renunciar a la tecnología. La distinción es precisa: desarmar no es desmantelar. Es impedir que domine lo humano en lugar de servirlo.

Es una palabra deliberadamente provocadora dirigida, aunque sin nombrarlo, exactamente al mundo que Thiel representa.

Ahora, quién es exactamente Peter Thiel y por qué dice que el Papa León es el “anticristo”.

Peter Thiel es uno de los personajes más influyentes y perturbadores del capitalismo tecnológico contemporáneo. Nacido en Alemania en 1967, cofundó PayPal con Elon Musk, fue el primer inversor externo de Facebook y luego fundó Palantir, una empresa de análisis de datos e inteligencia artificial que provee sus sistemas al Pentágono, a la CIA y al ICE, el organismo de inmigración de Estados Unidos que bajo la administración Trump la usa para identificar, rastrear y deportar migrantes. Palantir no es una empresa tecnológica cualquiera: es la infraestructura invisible del poder estatal más duro, el software que decide quién es rastreado, quién es detenido y quién es deportado. En el primer trimestre de 2026 sus contratos militares y gubernamentales superaron los 687 millones de dólares.

Thiel llegó a Buenos Aires en abril, compró una mansión en Barrio Norte, inscribió a sus hijos en una escuela local, se reunió con Milei, cenó con el ministro Sturzenegger y almorzó con Santiago Caputo. Según el New York Times, en una de esas cenas con intelectuales y economistas argentinos la conversación derivó hacia su tema favorito: el Anticristo. Y según un audio filtrado de una conferencia privada en San Francisco, Thiel sugirió que León XIV podría ser una manifestación de esa figura.

Para entender por qué cree que el Papa es el Anticristo, hay que entender su sistema de pensamiento. Thiel es lector obsesivo de René Girard y de Carl Schmitt, y su visión del mundo es esencialmente elitista: existe una élite que conoce la verdad sobre el progreso, y existe una fuerza oscura que la frena bajo la apariencia del bien común. Esa fuerza opera a través del igualitarismo, la regulación, la culpa colectiva y la compasión institucionalizada. El Anticristo, en su lectura, no es una figura del mal obvio sino precisamente lo contrario: algo que parece bueno, que habla de los pobres y la dignidad humana, pero que en realidad frena el desarrollo de la humanidad. León XIV, que acaba de publicar una encíclica pidiendo regular la IA, desarmar los monopolios tecnológicos y proteger a los trabajadores desplazados, encaja perfectamente en esa descripción. Para Thiel, el Papa no es un enemigo menor: es el rostro más legítimo y peligroso de la fuerza que se opone a lo que él considera el destino de la humanidad.

La principal diferencia entre el planteo del Papa y el de Thiel es que León XIV no plantea que Thiel sea el Anticristo, de hecho en la encíclica hay lugar para los magnates de Silicon Valley, que trajeron esta revolución tecnológica. Para León, continuador de las ideas de Francisco, el diálogo y la superación del conflicto es fundamental. El Sumo Pontífice cree que hay que regular el desarrollo de la inteligencia artificial y controlar a las empresas tecnológicas para que su trabajo esté al servicio del bien común, no plantea que Thiel y el resto de los empresarios deban desaparecer, simplemente reconoce la necesidad de que el Estado controle su actividad.

En este clivaje, la pelea entre Marcos Galperín, dueño de Mercado Libre y Axel Kicillof, adquiere un significado más profundo. Para relacionar ambos temas, primero vamos a reconstruir la discusión y la secuencia que le dio origen. Primero vamos a colocar la discusión entre el Presidente y el periodista Diego Iglesias que originó el debate.

Como ven, acá Milei le contestó a Iglesias, básicamente que era un zurdo ignorante y envidioso. Sobre este posteo del presidente, Galperín hizo el siguiente reposteo. Acá está la cuenta hecha con números reales.

Los seis argentinos en el Forbes 2026 son Paolo Rocca, Marcos Galperín, Alejandro Bulgheroni, Eduardo Eurnekian, Eduardo Costantini y Delfín Carballo, con una fortuna conjunta de algo más de 26.000 millones de dólares.

El presupuesto nacional 2026 es de 148 billones de pesos, con un tipo de cambio estimado en 1.423 pesos por dólar para diciembre de 2026, lo que equivale a aproximadamente 104.000 millones de dólares anuales, o sea unos 52.000 millones de dólares por seis meses.

Más allá de que el término “todos” los más ricos no aclara si son los cinco, los diez o los cien, la cuenta de Galperín es correcta en términos conceptuales, los 26.000 millones de patrimonio total de los seis más ricos no alcanza ni a la mitad de seis meses de gasto público nacional. Pero hay tres problemas con ese argumento.

El primero es que nadie propone confiscar el 100% del patrimonio de nadie: eso es un hombre de paja, un argumento que refuta una posición que nadie sostiene.

El segundo requiere una explicación previa. Gabriel Zucman es el economista francés más influyente del momento en este debate. Formado en la École Normale Supérieure y profesor en Berkeley, acuñó el término “paraíso fiscal” como categoría técnica y mapeó con rigor empírico la riqueza oculta de las grandes fortunas mundiales. Su libro de 2026, de apenas 60 páginas, demuestra con datos que los billonarios pagan proporcionalmente menos impuestos que los trabajadores de clase media en todos los países desarrollados estudiados.

No en términos absolutos —obviamente, un millonario paga más dólares que un empleado— sino en términos de tasa efectiva, es decir, qué porcentaje de sus ingresos reales termina tributando cada uno. Un empleado en relación de dependencia puede pagar el 25% o el 30% de su sueldo. Un billonario termina pagando efectivamente el 8% o el 10%. Eso ocurre porque los ricos no cobran sueldos: su riqueza crece a través de la valorización de sus acciones, que no tributa hasta que se vende, y muchas veces nunca se vende sino que se usa como garantía para pedir préstamos. Un préstamo no es ingreso y no paga impuestos.

Elon Musk vivió años sin cobrar sueldo, pidiendo préstamos contra sus acciones de Tesla: legalmente no tenía ingresos aunque su patrimonio crecía miles de millones por año. Para corregir eso, Zucman propone un impuesto mínimo global del 2% anual sobre el patrimonio de quienes tengan más de mil millones de dólares, atacando el problema por el lado del stock acumulado. Otros, como el gobierno británico, prefieren atacarlo por el lado del flujo: aumentar la tasa sobre dividendos, ganancias de capital y rendimientos financieros.

Son dos herramientas distintas para el mismo diagnóstico: el sistema fiscal actual está diseñado, en casi todos los países, para que el capital pague proporcionalmente menos que el trabajo.

Hay un economista francés que explica mejor que nadie por qué la desigualdad crece y por qué la inteligencia artificial la va a disparar a niveles nunca vistos. Se llama Thomas Piketty y su libro El capital en el siglo XXI es probablemente el libro de economía más influyente de las últimas décadas.

Su argumento se entiende con un ejemplo simple. Imaginemos dos personas. Una tiene un millón de dólares invertidos. La otra trabaja y cobra un sueldo. La economía ese año crece un 2%, los sueldos mejoran un 2%. Pero el millón de dólares invertido rinde un 5% anual. ¿Por qué rinde más? Porque el capital tiene una característica que el trabajo no tiene: se multiplica solo mientras dormís. Una máquina produce sin descanso. El dinero se reinvierte y genera más dinero. Y una plataforma digital como Mercado Libre conecta a millones de usuarios con un costo casi cero: el décimo millón de clientes no le cuesta casi nada más que el primero. El resultado es que la brecha entre el que tiene capital y el que solo tiene su sueldo crece de manera automática, sin corrupción ni trampa, como consecuencia matemática del sistema.

Lo que Piketty demostró con datos de dos siglos es que esto no es una rareza ni una crisis pasajera: es la tendencia natural del capitalismo cuando se lo deja funcionar solo. El período de relativa igualdad que vivió Occidente entre 1945 y 1980 fue la excepción histórica, producto de las guerras, que destruyeron el capital acumulado, y de impuestos muy altos a las grandes fortunas. Desde Reagan y Thatcher, eso se desmontó y la desigualdad volvió a crecer.

Con la inteligencia artificial, ese proceso se acelera dramáticamente. Los dueños del capital tecnológico se enriquecen a velocidades sin precedente mientras los trabajadores desplazados ven caer su participación. Y acá entra Gabriel Zucman, que fue alumno de Piketty y tradujo su diagnóstico en una propuesta concreta: un impuesto mínimo global del 2% anual sobre los patrimonios superiores a mil millones de dólares. Si todos los países lo aplican simultáneamente, no hay adónde escapar.

Lo notable es que León XIV, en su encíclica, llega exactamente al mismo diagnóstico desde una tradición completamente distinta. No desde la economía matemática, sino desde la teología: los recursos de la tierra fueron dados por Dios a toda la humanidad y su concentración en pocas manos contradice ese designio. Tres miradas distintas, el mismo problema, la misma conclusión: esto no es un accidente corregible en los márgenes sino una consecuencia estructural que requiere intervención deliberada.

El gobernador bonaerense, Axel Kicillof, se metió en este debate con una acción concreta. Kicillof intimó a Galperín a que revise los cambios que hizo Mercado Libre en los contratos y términos y condiciones entre los compradores y vendedores. Los cambios serían muy perjudiciales para los clientes, quitándole protección sobre las estafas, hackeos y obligándolos a litigar siempre en la justicia de la Ciudad de Buenos Aires. La intimación viene con un aviso: le dio cinco días hábiles para responder bajo amenaza de una multa de 1.815 millones de pesos.

Mercado Libre es además la empresa más denunciada de la provincia de Buenos Aires, con más de 2.400 reclamos individuales solo en el primer cuatrimestre del año, principalmente por fraudes, estafas y dificultades para concretar devoluciones.

Dos datos para dimensionar la multa: 1.815 millones de pesos son aproximadamente 1.3 millones de dólares al tipo de cambio actual. Para Mercado Libre, que factura miles de millones de dólares, es una cifra completamente simbólica. Lo que tiene peso real no es la multa sino la obligación de modificar sus contratos en la provincia más populosa del país, lo que afectaría a millones de usuarios.

Volviendo a la encíclica de León XIV, recientemente, el periodista Martín Granovsky hizo un video excepcional para entender la aplicabilidad del debate que desató el sumo pontífice. Escúchenlo, dura más de dos minutos, pero no tiene desperdicio.

“Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios”. Acá va:

Jesús dice esta frase en los tres evangelios sinópticos —Mateo, Marcos y Lucas— en el mismo contexto: un hombre rico se acerca a preguntarle qué debe hacer para heredar la vida eterna. Jesús le recita los mandamientos, el hombre responde que los cumple todos desde joven, y entonces Jesús le dice que le falta una sola cosa: vender todo lo que tiene, darlo a los pobres y seguirlo. El hombre se va triste porque tiene muchas riquezas. Es en ese momento que Jesús pronuncia la frase, mirando a sus discípulos, como una conclusión de lo que acaba de ocurrir.

Lo que hace interesante el episodio es la reacción de los discípulos, que quedan desconcertados y le preguntan entonces quién puede salvarse. En el mundo de Jesús, la riqueza era interpretada como señal de la bendición de Dios. Los ricos eran considerados favorecidos por Dios, no sospechosos ante Él. Por eso la frase es escandalosa: invierte completamente la lógica religiosa y social de la época.

El ojo de la aguja no es una metáfora suave. No hay evidencia histórica seria de que fuera el nombre de una puerta estrecha de Jerusalén, como a veces se dice para suavizar el pasaje. Es simplemente imposible. Jesús está diciendo que la riqueza, por su propia naturaleza, dificulta la entrega total que el Reino exige. No porque el dinero sea malo en sí mismo sino porque genera una dependencia que compite con Dios. La frase conecta directamente con el debate de hoy: el cristianismo nunca fue una religión amigable con la acumulación ilimitada.

Partiendo de las palabras del propio Cristo, León XIV propone controlar y regular la tecnología para evitar la constante concentración de riquezas y fomentar una sociedad en la que entremos todos. Por el contrario, Thiel y otros empresarios como Galperín evitan todo tipo de regulación y reparto de su riqueza. Si hubiese un Anticristo en esta situación, ¿cuál cree que sería?

El disco Antichrist Superstar de Marilyn Manson cuenta la historia de un niño humillado que canaliza su resentimiento hasta convertirse en un ídolo de masas, y en ese proceso se vuelve exactamente tan opresivo como aquello que decía combatir. Es una advertencia, no una celebración. Pero hay hombres que parecen haberlo tomado como manual.

Peter Thiel y Elon Musk comparten un origen similar: infancias difíciles, inadaptación social, humillación. Thiel era el outsider ideológico en Stanford. Musk fue brutalmente acosado en Sudáfrica hasta el punto de terminar hospitalizado. Los dos canalizaron esa experiencia en una ambición desmesurada de poder y en un profundo desprecio por el orden establecido. Los dos construyeron fortunas enormes prometiendo liberar a la humanidad. Y los dos terminaron construyendo herramientas de vigilancia, control y guerra.

El arco del personaje del disco de Manson es exactamente ese: del excluido al opresor, con el lenguaje de la rebelión intacto. La diferencia es que Manson sabía que su personaje se destruía al final. Thiel y Musk parecen convencidos de que esta vez el cuento termina distinto.

Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi

Por Jorge Fontevecchia – Perfil

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