La recuperación no aparece y los grupos enfrentan un escenario de menores ventas, márgenes más ajustados y un cambio profundo en los hábitos de compra
Las señales de la profundidad de la crisis que atraviesan los supermercados no es nueva pero comenzaron a multiplicarse durante los últimos meses.
De hecho, la decisión de Carrefour de haber intentado irse del país que finalmente no logró y las versiones sobre una posible venta de Día Argentina son el reflejo de un mismo diagnóstico: hacer negocios en el supermercadismo argentino es hoy mucho más complejo que hace apenas unos años.
En ese contexto, el último informe de NielsenIQ aporta un nuevo dato que refuerza ese escenario al sostener que el consumo masivo volvió a caer 0,5% interanual en el bimestre mayo-junio.
La cifra confirma que la esperada recuperación todavía no llegó y que el rebote que muchas empresas esperaban para este 2026 se sigue demorando.
Pero el dato más preocupante del trabajo de la consultora aparece al analizar qué ocurre con las grandes cadenas.
Mientras la inflación de los productos de consumo masivo se desaceleró hasta 25,8% interanual, el canal moderno (integrado por hipermercados y supermercados), volvió a registrar una caída del 1,5%, marcando un desempeño peor que el promedio del mercado.
El fenómeno deja en evidencia que el problema ya no pasa exclusivamente por los precios porque aunque la inflación perdió intensidad, los consumidores continúan administrando con extrema cautela sus ingresos.
Compran menos unidades, recorren distintos comercios para aprovechar promociones, comparan precios desde el celular y, cada vez con mayor frecuencia, reemplazan primeras marcas por opciones más económicas.
Ese cambio de comportamiento golpea de lleno a las grandes superficies, cuyo modelo de negocios históricamente se apoyó en grandes compras mensuales y changuitos llenos.
Hoy ocurre exactamente lo contrario si se tiene en cuenta que predominan las compras pequeñas, frecuentes y planificadas, muchas veces repartidas entre supermercados, autoservicios, mayoristas y comercios de cercanía.
Un doble desafío para las cadenas
El informe explicó que los principales jugadores, por un lado, venden menos volumen y, por el otro, son víctimas de la desaceleración inflacionaria que también redujo el crecimiento nominal de la facturación, dejando al descubierto un negocio con costos operativos elevados y rentabilidades cada vez más ajustadas.
Por eso, el informe de NielsenIQ confirma que la crisis del supermercadismo argentino está lejos de terminar y la baja de la inflación, por sí sola, todavía no alcanza para devolver los clientes a las góndolas.
También advierte que esa situación ya no pasa por los precios sino que ahora el problema es que cambió la forma de comprar.
Durante décadas, los supermercados se sostuvieron sobre un modelo relativamente estable a partir de grandes compras mensuales, changos llenos y clientes que resolvían casi todo el abastecimiento del hogar en una sola visita.
Ese esquema comenzó a resquebrajarse con la aceleración inflacionaria, pero ahora las cadenas descubren que el cambio parece haber llegado para quedarse.
El cambio que llegó para quedarse
El informe de NielsenIQ confirma esa transformación y explica que, mientras el consumo total cayó 0,5% en el bimestre mayo-junio, el canal de hipermercados y supermercados volvió a retroceder 1,5%, un desempeño peor que el promedio del mercado y que evidencia que son los grandes perdedores de la nueva dinámica del consumo.
En cambio, las cadenas independientes continúan creciendo, en tanto que los comercios tradicionales muestran una baja más moderada (-1,3%) y los kioscos prácticamente se mantienen estables.
El dato refleja que el consumidor ya no concentra el gasto en una sola cadena, sino que reparte sus compras entre distintos formatos en busca del mejor precio.
Para las grandes superficies, el problema es doble porque venden menos unidades y reducen el crecimiento nominal de la facturación, dejando al descubierto un negocio con márgenes cada vez más ajustados.
En las principales cadenas reconocen que la competencia dejó de ser únicamente entre supermercados y que hoy disputan clientes con los mayoristas, los autoservicios de barrio, los supermercados chinos, los comercios independientes e incluso con plataformas digitales que ofrecen promociones permanentes y entregas en pocas horas.
Recuperación desigual
El informe también muestra que las señales positivas son diferentes según la categoría.
Los alimentos crecieron 1,6%, impulsados principalmente por los productos básicos (+3,3%) y las golosinas (+3,8%), desempeño que igual no alcanzó para compensar la caída de otros rubros.
Las bebidas retrocedieron 2%, afectadas sobre todo por las bebidas sin alcohol (-2,7%), mientras que el segmento de cuidado personal y limpieza cayó 2,3%, con una fuerte retracción en productos para el hogar y la ropa (-4%).
Para los analistas, ese comportamiento demuestra que las familias siguen priorizando únicamente los productos esenciales y continúan postergando compras que consideran prescindibles.
Cambiar la hoja de ruta
En otras palabras, el consumidor volvió al supermercado, pero no a comprar como antes, lo cual obliga a las cadenas a replantear toda su estrategia comercial.
Más promociones, programas de fidelización, descuentos bancarios, ofertas personalizadas y marcas propias se convirtieron en herramientas casi obligatorias para intentar recuperar un cliente que hoy compara precios como nunca antes y que ya no tiene reparos en cambiar de comercio si encuentra una diferencia de pocos pesos.
En ese escenario, la gran incógnita para el sector es cuánto tiempo podrá sostenerse un negocio con ventas estancadas, costos operativos elevados y una competencia cada vez más agresiva por un consumidor que sigue cuidando cada peso.
Por eso, el informe asegura que la gran apuesta de las empresas pasaba por un 2026 que marcara el inicio de una recuperación sostenida.
Con una inflación muy por debajo de los niveles del año pasado, un dólar más estable y salarios que comenzaron a mostrar cierta recomposición, la expectativa era que las familias volvieran paulatinamente a consumir.
Sin embargo, los números de NielsenIQ muestran que ese escenario todavía no se materializó, mientras que en el sector admiten que la recuperación, si llega, será mucho más lenta de lo previsto.
En este contexto, los analistas entienden que el consumidor continúa administrando con extrema cautela sus ingresos, privilegia las promociones, aprovecha descuentos bancarios, utiliza billeteras virtuales y, sobre todo, compra únicamente aquello que necesita.
El fenómeno atraviesa todos los niveles socioeconómicos y obliga a las empresas a revisar permanentemente sus estrategias comerciales.
Una "nueva" prioridad
Para los fabricantes también representa un desafío porque ya no alcanza con lanzar nuevos productos o aumentar la presencia en las góndolas.
La prioridad pasó a ser mantener el volumen de ventas, defender participación de mercado y evitar que los consumidores migren hacia marcas más económicas o directamente dejen de comprar determinadas categorías.
Por eso, durante el segundo semestre se espera una fuerte competencia promocional entre proveedores y supermercados.
Los descuentos por volumen, las ofertas bancarias, los programas de fidelización y las acciones especiales durante los fines de semana volverán a ocupar un lugar central para intentar recuperar tráfico en las tiendas.
Pero el problema de fondo seguirá siendo que la capacidad de compra de los hogares todavía no recuperó el terreno perdido durante los últimos años, variable que si no mejora de manera más consistente, difícilmente las cadenas puedan volver a los niveles de ventas que tenían antes de la crisis inflacionaria.
En ese contexto, el informe deja una conclusión que preocupa tanto a fabricantes como a supermercadistas y es que la inflación dejó de ser el principal enemigo del consumo, pero eso no significa que el negocio haya salido de la crisis.
Por el contrario, el desafío ahora es adaptarse a un consumidor más racional, que compra menos, compara más y ya no es fiel a un único supermercado.
Ese cambio estructural puede terminar modificando definitivamente el mapa del retail argentino, favoreciendo a los formatos de cercanía, a los supermercados independientes y a los comercios que logren ofrecer mejores precios y promociones.
Un negocio obligado a reinventarse para sobrevivir
El escenario que deriva de analizar el documento de Nielsen sobre el supermercadismo argentino atraviesa una transformación que va mucho más allá de una caída coyuntural del consumo.
Lo que comenzó como una consecuencia de la fuerte pérdida del poder adquisitivo terminó modificando la forma en que compran los argentinos y obligó a las cadenas a replantear un modelo de negocios que durante décadas parecía inalterable.
Hoy el desafío consiste en convencer a los clientes de que hagan compras más grandes porque el tradicional changuito lleno fue reemplazado por visitas más frecuentes, tickets más bajos y una búsqueda permanente de promociones, descuentos y financiación.
Ese cambio explica por qué las grandes cadenas intensificaron en los últimos meses las campañas promocionales, ampliaron acuerdos con bancos y billeteras virtuales, potenciaron sus marcas propias y endurecieron las negociaciones con los proveedores para mejorar sus márgenes.
Al mismo tiempo, los supermercados independientes, los autoservicios de cercanía y los mayoristas ganaron protagonismo ya que, con estructuras de costos más livianas y mayor flexibilidad comercial, lograron captar una porción creciente de consumidores que priorizan el precio por encima de cualquier otro atributo.
El desafío para la industria alimenticia
Para los fabricantes del sector el escenario también representa un desafío porque ya no solo compiten por vender más productos, sino por conservar espacio en las góndolas y evitar que sus marcas sean desplazadas por alternativas más económicas o por las marcas propias de las cadenas.
En el sector coinciden en que una recuperación sostenida del consumo dependerá, principalmente, de que los salarios vuelvan a ganarle a la inflación durante varios meses consecutivos.
Hasta que eso ocurra, la competencia seguirá centrada en promociones, descuentos y ofertas agresivas para atraer a un consumidor mucho más racional que hace algunos años.
Una etapa de transición
En el documento se revela que la inflación dejó de crecer al ritmo que condicionó al sector durante los últimos años, pero que el consumo todavía no logra despegar.
En ese escenario, las cadenas deberán adaptarse a una nueva realidad en la que la eficiencia operativa, la política comercial y la capacidad para entender los nuevos hábitos de compra serán tan importantes como el nivel de precios.
La conclusión es que la crisis de los supermercados ya no responde únicamente a la inflación y que el verdadero desafío pasa por recuperar a un consumidor que cambió su forma de comprar y que, por ahora, no muestra señales de volver a llenar el changuito como antes.

Por Andrés Sanguinetti-IP

