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La sociedad de la indiferencia

Es muy probable que la hipótesis que aquí se expresa suene contraintuitiva. Pero en medio de tanto ruido, se puede observar algunos indicios que una parte importante de la sociedad argentina transita por una apatía sobre los temas políticos.

Mundos distantes. Quienes comparten la escritura en este y otros medios, los lectores, los que se expresan en los comentarios, quienes participan activamente en redes sociales puede desmentir categóricamente la hipótesis que sugiere que buena parte de la sociedad decante hacia la indiferencia política, por el contrario, suelen o solemos (con)vivir en el extremo de la sociedad hiperpolitizada. Las personas pintan el mundo tomando simplemente el color de su aldea.

Quizás los productores televisivos son quienes tienen la mayor sensibilidad para percibir el clima de época. Los programas políticos y politizados van cayendo por una pendiente en cuestiones de rating. No hace falta ser analista de medios para observar que los canales de aire han retornado a los 90: se han llenado de concursos, telenovelas, realities y programas de chimentos del espectáculo que vuelven a dominar las pantallas.

Curiosamente desde la estructura de estos programas, que hacen del escándalo una industria, salió la nueva generación de programas políticos de una década atrás cuyo emblema fue Intratables. Los gritos y las interrupciones constantes resultaban una reproducción en escala lo que sucedía en la sociedad con la emergencia de la antinomia K–antiK. Previamente y desde el 2009, tras el conflicto del gobierno de Cristina Kirchner con los sectores agropecuarios, y la continuación de ese conflicto ahora contra la “corpomonopo” Clarín había surgido desde el canal estatal 6-7-8, programa que quedó en imaginario como ese defensor de lo indefendible, y hasta estigmatizó cualquier situación que necesitara esa secuencia numérica.

Investigar los bordes. Saliendo del mundo de los medios, en la investigación de opinión pública también se percibe el auge de la indiferencia, las personas no es que no tengan conocimientos, o no sepan lo que pasa: simplemente no les importa, no les interesa hablar de política. La principal referencia es por omisión los rechazos en las encuestas aumentan (son las personas que contactadas prefieren no responder), también los abandonos en medio de los cuestionarios, cuando aparecen las preguntas electorales, es como si se preguntara sobre las condiciones de vida en Marte, sencillamente no tienen ganas de contestar. De esta forma también aumentan los No sabe/No contesta en las encuestas.

Dicho sea de paso, haya que separar estos dos fenómenos que se presentan juntos, se puede no saber qué responder, pero componente “No contesta” se refiere al “no me interesa contestar”. Otro tanto sucede con los focus groups, primero el interés para participar se ha reducido, pero cuando se organiza la rueda de diálogo hay mucha conversación sobre la marcha de cuestiones personales, familiares, pero la comunicación se ralentiza cuando se trata de charlar de temas políticos. ¿Qué pasó?

¿Cómo se explica que un país hiperpolítizado como Argentina, dónde se discutía hasta en la mesa familiar, el país de los cacerolazos, dónde las movilizaciones multitudinarias era la norma antes que la excepción, y donde el mito de origen del peronismo fue precisamente la movilización del 17 de octubre vaya hacia un camino de la despolitización? No hay una sola explicación para todo, pero se pueden ver dos elementos uno temporal y otro cíclico.

El primero fue la pandemia. La pandemia y especialmente el confinamiento provocó un cambio en las subjetividades. El confinamiento tuvo dos consecuencias, por una parte, desde lo simbólico generó una suerte de introspección y duelo colectivo, por el otro a una carrera por la supervivencia para quienes sus fuentes de ingresos tambalearon.

Las conclusiones de ese proceso invisible para parte del colectivo social es que no se puede contar con la política o los políticos para resolver los problemas. Los eslóganes de “la salida es colectiva”, “es con todos adentro” cayeron en un vacío, y reemplazada por “son todos iguales”, pero aquí referida a los políticos. Una conclusión probablemente injusta pero difícil de apelar. No se trata de un retorno a la anti política o a la furia del “¡qué se vayan todos!”, se trata de una mansa reflexión, no hay tiempo para perder en los políticos. Se los conoce y ya no importan.

Mi nombre es nadie. En este contexto social se produce el pedido de prisión de doce años de prisión por parte de los fiscales Diego Luciani y Mola para Cristina Kirchner en la causa Vialidad. Ese hecho sin dudas es muy impactante, probablemente más aún que el fallo de los jueces del TOF2 y las posibles apelaciones. Obviamente el resultado del alegato de los fiscales fortalece a los sectores extremos de los mundos K y antiK: lawfare o justicia divina. Pero incluso el contralegato de Cristina por YouTube donde mostraba por ejemplo los vínculos entre José López y Nicolás Caputo, o las visitas de Héctor Magneto a Néstor Kirchner buscando la fusión entre Cablevisión y Multicanal entregó suficiente material al indiferente para concluir que la rueda de la política beneficia a todos sin importar las credenciales políticas.

La presencia/ausencia de los indiferentes generará un dolor de cabeza a los diseñadores de las campañas políticas de 2023. Este núcleo tiene como bandera no creer más en las promesas políticas, ya que creyó tanto en el “Pobreza Cero” de Macri como en la “Heladera llena” de Fernández, y en ese sentido es tanto posgrieta como transpolarizado. ¿En qué creen los que no creen? En los resultados. Se trata del viejo adagio “ver para creer”. Es la caída del duranbarbismo, que proponía no hablar de nada en concreto, no decir qué hay que hacer y menos cómo se hace. Esta lectura explica porqué Sergio Massa pudo ir avanzando en áreas y temas que Martín Guzmán tenía vedado. Todas las velas están prendidas para que el Superministro traiga los resultados que le permita al Frente de Todos ser competitivo en 2023.

Por Carlos De Angelis – Perfil