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La hora del halcón

Los libertarios parecen haber ganado la batalla cultural por ser de “derecha” y las propuestas de orden comienzan a ser populares.

Se habla mucho en estos días que la sociedad argentina se ha girado a la derecha.

Microbatallas. Es probable que en Argentina los libertarios sí hayan ganado una escaramuza cultural quitando del término derecha sus connotaciones negativas y que por el contrario “ser de derecha” pueda ser motivo de rebeldía y orgullo contra la izquierda conservadora que gobernaría en la Argentina de la mano del kirchnerismo, sin logros económicos o sociales.

Esta categoría de la “nueva derecha” fue mutando desde los días de Blumberg, cuyas demandas se centraban en políticas más duras en términos de seguridad contra el garantismo a la propuestas de hoy más cercanas a lo que propone Patricia Bullrich como un orden más abarcativo. De hecho, el lamentable comentario de la vocera Gabriela Cerruti sobre que las piedras recordando a las personas muertas por covid las puso “la derecha” no hace otra cosa que humanizar a estos sectores otrora estigmatizados mientras que hoy ontológicamente “ser de derecha” pasaría a estar centrado en un sentido común sensible.

Las propuestas de orden comienzan a ser populares porque existe una percepción generalizada de que la Argentina es caótica y alguien tiene que poner las cosas en su lugar. En el medio del “caos” se filtran miles de cosas que arrancan por lo económico, pero engloba temas de diferentes órdenes como narcotráfico, mapuches, piquetes, tomas de escuelas, y regresan al tema de la seguridad, que opacada por la inflación en las encuestas se ha transformado en un vía crucis de la vida cotidiana de los sectores más vulnerables y una forma de estado de sitio privatizado en las barriadas populares donde el Estado ha abandonado la batalla (o son parte del problema).

Orden-desorden. Es claro que, si de desorden se trata, el gobierno de Alberto Fernández está llevando el criterio al extremo. Un presidente bajo asedio permanente por sus propios aliados que parece no entender con exactitud qué está pasando a su alrededor y su meta es simplemente terminar su mandato y que un golpe de suerte lo vuelva a ubicar en Casa Rosada para el próximo mandato. Se ha transformado en un presidente a la italiana, que ha invitado a formar gobierno a Sergio Massa, que es quien se encarga de la administración general del país, funciones que en principio deberían ser cumplidas por el jefe de Gabinete nominal, del cual lo único que se sabe es que se quiere ir del Gobierno (nadie se lo impide).

También en estos términos se encuadran las declaraciones de su (¿ex?) amigo Leandro Santoro, que en su entrevista con Alejandro Fantino fue sin ambages a comentar que fue destratado por Fernández luego del triunfo electoral de 2019 porque los periodistas le preguntaban si iba a ser viceministro y no le habían ofrecido nada. Abundando en detalles, comentó que Santiago Cafiero (jefe de Gabinete en esos días) le ofreció “armarle una secretaría” dejando establecido que las funciones estatales son secundarias a los cargos. Pero Santoro omitió el detalle de que encabezó la lista de diputados nacionales en 2021 por la Ciudad de Buenos Aires acompañado por Gisela Marziotta y Carlos Heller, lista que obtuvo un escueto 25%.

En este marco es difícil entender cuál es la estrategia del Frente de Todos (si tuviera alguna) frente a las elecciones de 2023, aun bajo el supuesto de que Massa tuviera éxito en su programa de bajar la inflación al 4% en los siguientes meses. Va a ser un año complejo, donde para colmo de males la sequía pondrá en juego el eterno salvavidas de la Patria: el complejo agroexportador.

Estrategias fatales. También será difícil convencer a Cristina Kirchner o a Sergio Massa de ser candidatos a la presidencia sin que se produzca una serie de hechos poco probables (como que se parta JxC). No pocos miran a Axel Kicillof para encabezar la patriada, quien intenta por todos los medios esquivarla mostrando números favorables en la provincia de Buenos Aires. Es cierto que Diego Santilli no logra penetrar en el electorado bonaerense y hoy está bastante por debajo del 40% de 2021. El mal momento del larretismo afecta directamente su candidatura y su frase de esta semana, “más que palomas y halcones, parecemos gansos”, expresa un desahogo frente a los rumores de que se le está buscando reemplazante y la multiplicación de publicidades en el territorio de la Provincia del casi desconocido Joaquín de la Torre. Por el peso propio y la ponderación nacional que tiene la provincia de Buenos Aires, quien pretenda ganar la presidencial debe llevar un candidato competitivo en ella. La fuerte interna de Juntos por el Cambio, y sobre todo su indefinición, le ha impedido obtener dividendos de la larga querella entre los Fernández presidenciales.

Pero lentamente el Partido del Orden que pregona Patricia Bullrich comienza a conquistar a Juntos por el Cambio, donde muchos dirigentes intermedios están preparando sus valijas para mudarse al bullrichismo. El famoso círculo rojo que apostaba todas las fichas a

Horacio Rodríguez Larreta la comienza a evaluar con atención. Se sabe que Bullrich es muy asertiva hablando en temas de seguridad, y logra identificar a sus enemigos: los sindicalistas, el kirchnerismo, los mapuches, etc., pero es opaca cuando se trata de debatir temas económicos, esto es porque parte del electorado de Juntos por el Cambio también cree que el Estado tiene que intervenir en la economía, y un programa ultraliberal puede espantar a su ala más de centro. Esta falta de precisión es por supuesto azufre para las filas libertarias; no obstante, la figura de Bullrich empieza a competir con Javier Milei. Esto ocurre porque la imagen del economista de la escuela austríaca comienza a sufrir un efecto paradójico: su propio estilo directo, provocativo y casi fuera de sí, que lo colocó en el centro de la escena política, le comienza a jugar en contra restándole “presidenciabilidad”. Los votantes tienen en su mente una imagen de quién podrá ser presidente usando términos pragmáticos, esto explica también por qué suele caer el voto de la izquierda radical comparado con lo que ocurre con las elecciones de medio término; no obstante, como se ha probado en innumerables ocasiones, esa imagen mental puede no ser otra cosa que un fantasma.

Por Carlos De Angelis – Perfil