Baires Para Todos

Irán y su victoria política: las cosas ganadas en el fuego

La tregua en la guerra se lee como una derrota para los objetivos iniciales de Estados Unidos e Israel. Irán buscará mantener las concesiones al mínimo.

La dimensión de la victoria que el anuncio de una tregua que pone efectivamente fin a la guerra significa para la República Islámica de Irán en su forma actual sólo puede entenderse medida contra los objetivos declamados desde Washington y Tel Aviv cuando inició, el 28 de febrero.

Las ambiciones cuando la guerra inició eran tan grandes como verosímiles. La operación inició con un golpe de inteligencia que culminó en la eliminación física de gran parte de la cúpula militar iraní, y acabó con la vida de Alí Khamenei, el Líder Supremo del régimen islamista que gobierna Irán desde hace casi medio siglo. La superioridad aérea, entendida como la libertad de operaciones de las fuerzas aéreas estadounidense e israelí sobre los cielos iraníes fue alcanzada casi al instante.

El antecedente de la operación casi quirúrgica de Estados Unidos en Venezuela hacía presagiar una nueva doctrina Trump, de intervención sin involucrar despliegues de tropas terrestres a gran escala, con ataques directos sobre el liderazgo de un país, destinados a torcer su rumbo político. Una teoría del cambio de régimen sin las inconveniencias (y la carga de fracaso) de las operaciones estadounidenses en Irak y Afganistán iniciadas a comienzos de este siglo. Los términos que surgen del anuncio del marco bajo el que Irán y los Estados Unidos se darán sesenta días para negociar un acuerdo de paz definitivo, lejos de un esquema para la remoción del régimen en el mediano plazo, contiene garantías de no injerencia en lo que llama “asuntos internos” iraníes. La represión de enero, que dejó más muertos civiles iraníes que los bombardeos durante toda la campaña militar, seguirá moldeando el futuro.

Que no haya cambio de régimen es, en sí mismo, un triunfo para los iraníes. Pero el fracaso en los objetivos estratégicos iniciales de la coalición israeli estadounidense trasciende a esa permanencia. Estados Unidos e Israel habían definido la guerra como una operación de imposición estratégica. Irán debía perder su programa nuclear, su capacidad de proyectar poder regional, su arsenal de misiles y, en el mejor de los casos, la arquitectura política que hacía posible todo lo anterior. Ninguno de esos puntos aparece resuelto en el entendimiento preliminar anunciado.

Misiles y una red regional

La guerra asimétrica plateada por Irán suponía un enorme protagonismo para el programa de misiles de corta y media distancia que, a pesar de la impotencia en la defensa de sus cielos respecto de las fuerzas aéreas israelí y estadounidense, le permitió responder causando daños significativos no sólo en Israel –donde fueron enormemente atenuados por el sistema de defensas antiaéreas más eficaz del mundo– sino en los países de la región. El programa misilístico iraní era la preocupación táctica que acompañaba en Israel la preocupación estratégica por el desarrollo nuclear iraní. Pero mientras uno era negociable para los iraníes, el otro aparecía como imposible.

Misiles y drones constituyen el corazón de la estrategia de disuasión iraní. Sin ellos, queda la superioridad aérea israelí como único dato bélico saliente a nivel de la competencia regional. Por eso, el destino de ese programa era, también, el de la guerra. Mientras para Israel, la gran amenaza iraní es la capacidad de sus fuerzas armadas de alcanzar sus ciudades, para Irán, la garantía contra la aniquilación bélica es su capacidad de disrupción de la vida en Israel, pero también de la vecindad y de la economía global. Los ataques a países de la región, responsables de gran parte del petróleo que se produce en el mundo, si bien ilegales desde cualquier perspectiva de derecho internacional, fueron una herramienta de presión táctica formidable para la parte iraní. La campaña destruyó parte del inventario, dañando instalaciones o forzando una relocalización de activos. Pero los indicios disponibles apuntan a una capacidad resiliente de producción de misiles y mantenimiento subterráneo del programa, por lo que su omisión del marco de acuerdo resulta sumamente significativa.

Lo mismo ocurre con las alianzas con milicias que operan en la región. Un esquema que permite a Irán influir respecto de diversos territorios sin involucrarse directamente. Nada de lo trascendido sobre el acuerdo hace pensar que Irán vaya a quitar su apoyo a Hezbollah en Líbano, los Hutíes en Yemen, las milicias chiítas en Irak o Hamas y la Jihad Islámica en Palestina. Por el contrario, cualquier alivio incluso parcial de sanciones significará mayores fondos para estos grupos parcialmente dependientes del sostenimiento material de Teherán.

El programa nuclear, ¿volver a Obama?

Una de las primeras medidas importantes que tomó Donald Trump en su primera gestión de gobierno fue la salida de Estados Unidos del acuerdo nuclear que había negociado su predecesor, Barack Obama, y que suspendía de manera verificable cualquier desarrollo nuclear bélico iraní a cambio de reconocer el derecho a un programa de fines pacíficos en los términos del Tratado de No Proliferación Nuclear y un levantamiento de sanciones económicas. Trump se cansó de repetir que se trataba de un mal acuerdo, y el gran racional estratégico de la guerra era terminar con la posibilidad de que Irán desarrolle, en ningún momento, un programa nuclear bélico.

Ni la situación previa ni el resultado parecen, tampoco en este aspecto, dar justificación a la guerra. Estados Unidos e Irán estaban negociando sobre el programa en enero y febrero, antes del inicio del conflicto, y todos los trascendidos disponibles respecto de aquella negociación parecen confirmar la disposición del lado iraní dentro de ciertos límites. La degradación del stock de uranio enriquecido al 60% (que no tiene uso civil y puede transformarse en material para un arma nuclear con relativa facilidad, y que no existía hasta que Trump abandonó el acuerdo nuclear de Obama), el nivel de enriquecimiento futuro, el destino de las centrifugadoras avanzadas, el régimen de inspecciones eran todas cuestiones que estaban en la mesa de negociaciones, y que volverán a estarlo en este período de sesenta días. En la previa, los compromisos ya asumidos por la república islámica aparecen muy acotados. El acuerdo a alcanzar no parece muy distinto al que ya tuvo y los que Estados Unidos tuvo a su disposición. Irán parece estar dispuesto a renunciar a desarrollar un arma nuclear, pero buscará mantener las concesiones al mínimo y dejar en claro que no va a conceder bajo presión bélica más de lo que estaba dispuesto a conceder por la vía diplomática.

Cualquier acuerdo nuclear que se alcance contará con una contrapartida económica decisiva. Irán vive hace algunos años en situación de crisis económica. Estadounidenses e iraníes discutían si habrá algún descongelamiento de fondos objeto de sanciones occidentales. Desde la administración Trump señalaban que no habrá recursos anticipados, sino que cada liberación de fondos será contrapartida de un avance en la negociación nuclear. Desde Irán la expectativa era obtener un alivio inmediato de entre 12 y 24 mil millones de dólares. Las informaciones disponibles dan cuenta de una primera tanda de miles de millones de dólares iraníes liberados por los Emiratos Árabes Unidos disponibles inmediatamente que permiten dar a Irán lo que demandaba sin comprometer de forma inmediata a los Estados Unidos. Un acuerdo definitivo liberaría a Teherán más de cien mil millones de fondos retenidos.

Ormuz y los mercados petroleros

La única concesión inmediata y materialmente relevante por parte de Irán es la reapertura del estrecho de Ormuz sin peajes durante el período de negociaciones. Obviamente, se trata de un logro significativo. Por allí pasa una porción decisiva del comercio mundial de petróleo y gas natural licuado, y su cierre parcial había introducido una presión inflacionaria global que también significaba problemas domésticos para los estadounidenses. La caída del precio del petróleo tras el anuncio explica una buena parte de la importancia del acuerdo para Trump. Pero incluso presentar aquello como un logro de la presión estadounidense tiene límites evidentes. En el mejor de los casos, vuelve a un estado de cosas anterior a la guerra. Irán nunca había cobrado peaje por el paso en Ormuz. Su gran victoria consiste, en ese punto, en recuperar algo que se perdió como consecuencia de su propia decisión de iniciar una guerra tan absurda como ilegal.

Con todo, el logro traerá algunas virtudes para la comunicación trumpista: el valor del barril de petróleo baja, los mercados se fortalecen, y el presidente se atribuirá a sí mismo una baja relativamente alta de los combustibles, y transforma una guerra impopular en una escena de alivio económico. No queda claro cuánto de esto vaya a tragarse el público estadounidense, cuya consciencia de que se trata, en el mejor de los casos, de una vuelta a un estado de cosas anterior que fue interrumpido por la guerra, les surge de los surtidores.

Un triunfo de la línea dura

El rebalanceo interno iraní es todavía más incómodo para quienes imaginaban que la presión militar abriría una transición política. Históricamente, los acuerdos con Occidente fueron defendidos e impulsados por sectores reformistas o pragmáticos como un modo de mejorar la economía e impulsar medidas de apertura a nivel social. Este acuerdo llega después de que las operaciones de asesinatos selectivos de figuras políticas y clericales al comienzo de la guerra dejaran el control del país casi exclusivamente en manos de la Guardia Revolucionaria Islámica. Trump humilló a los sectores reformistas en su primer mandato rompiendo el compromiso de los Estados Unidos con el acuerdo nuclear original, y luego, en el segundo abandonando intempestivamente las negociaciones para iniciar la guerra. La lógica de este acuerdo es que la única razón comprensible para el mandatario estadounidense es la humillación o la fuerza.

Planteada la lógica de la negociación en esos términos, la lógica de la guerra alimentó aún más la primacía de la línea dura. La eliminación del liderazgo, el objetivo del cambio de régimen convirtieron el conflicto en existencial desde la perspectiva iraní. El riesgo de atacar a los países vecinos o cerrar el estrecho se vuelve menor ante la perspectiva de la desaparición del régimen o, incluso, de la desintegración nacional. Desde la perspectiva estadounidense, en cambio, los objetivos estratégicos fuera de lo nuclear eran opacos, el margen para sacrificar tropas, nulo, y la tolerancia a la disrupción económica, limitada. Las guerras asimétricas no se pierden militarmente, sino políticamente, cuando el lado más fuerte deja de estar dispuesto a asumir los costos de la confrontación. Trump parpadeó, y los generales iraníes lo vieron venir.

Irán fortalecido es una mala noticia para sus vecinos del Golfo que, sin embargo, deberán adaptarse del mejor modo posible, y para la población que sufre la represión y que pasará de un régimen que revelaba las grietas de sus cimientos políticos y económicos a uno políticamente legitimado por la victoria bélica.

Israel y el interrogante de la sostenibilidad

El acuerdo supone un dilema estratégico para Israel. Israel fue parte de la guerra pero no es parte formal del acuerdo. La lectura sobre la victoria iraní, que Trump busca maquillar es evidente y extendida en Israel donde, además, la tregua fue impuesta por la superpotencia aliada y donde oficialistas y opositores coincidían en una disposición mucho mayor a sostener el conflicto. Los mayores problemas estarán en la frontera norte, donde Israel sostiene una ocupación parcial de Líbano con el objeto de eliminar cualquier capacidad de Hezbollah de avanzar sobre su territorio de ninguna manera.

Si bien el acuerdo dispone un cese de hostilidades también en Líbano, que Irán presenta como un elemento esencial, Israel difícilmente acepte retirar sus posiciones en el sur del Líbano, lo que hace improbable un cese de fuego sostenible también por parte de Hezbollah. Para Benjamin Netanyahu, cualquier concesión puede ser leída como capitulación, y el consenso sobre la acción militar en Líbano excede al oficialismo, generando una disyuntiva que las elecciones, previstas para octubre a más tardar, sólo agravan. Líbano parece la vía más corta para hacer caer el acuerdo, aunque las consecuencias que eso tendría sobre la relación entre Israel y los Estados Unidos puedan limitar en algo la belicosidad israelí.

La guerra a control remoto

En 2003, Estados Unidos ganó la guerra militar y perdió la ocupación. La derrota del régimen de Saddam Hussein requirió un despliegue de cientos de miles se soldados. La guerra dio pie a una ocupación larga y fallida y la experiencia operó como ejemplo de las limitaciones del poder militar estadounidense. En Irán, Trump intentó una versión a la vez más ambiciosa y más liviana. Ganar una guerra de cambio de régimen sin invasión ni ocupación terrestre, a pura fuerza de superioridad militar. Matar o secuestrar dirigentes, subordinar a los que quedan y cambiar los equilibrios políticos. La fórmula de la Coca Cola no funcionó.

Ese fracaso, paradójicamente, puede ser una buena noticia para el orden internacional. No porque el régimen que gobierna Irán sea en modo alguno virtuoso ni merezca una mirada indulgente, sino porque pone límites a la ilusión de que una potencia puede rediseñar sociedades, preferencias y alineamientos por puro efecto de la fuerza. Un fracaso que lleva ya cuatro años en Ucrania y que acaba de chocar contra la determinación iraní.

Ilustración: Fernanda Pernet

Por Martín Schapiro – Cenital