Voluntarismo

Nicolás Massot, un diputado inteligente, que preside el bloque del PRO, dijo esta semana ante Marcos Peña: “No pueden existir políticas de Estado que excluyan al 30 por ciento del electorado. Es un desafío que tenemos especialmente los colegas de enfrente y nosotros. No existe un país posible que se consiga excluyendo un 30, un 25 o un 35 por ciento de la gente”.

Algunas imágenes publicadas en los diarios evocan el fatídico año 1989. Muestran grupos de gente movilizada frente a los supermercados del Conurbano, apiñada frente a las puertas. El Gobierno podrá diagnosticar que son minorías organizadas. Equivale a no reconocer que esa gente padece la situación que describió Massot.

Los pobres no se movilizan porque les gusta rodar por las calles. Son ciudadanos que no se alimentan con discursos. Viven en estado de urgencia y de necesidad. En esas condiciones, la política es desplazada por la reivindicación directa e inmediata. Se dirá que los movimientos de base impulsan esos métodos. Tal afirmación solo sirve para desplazar responsabilidades, en lugar de admitir las que le caen a Cambiemos. Se invoca la capacidad de los dirigentes de base, como si estos tuvieran un poder enceguecedor para convencer a gente bien alimentada y contenta para que se estacione a la intemperie y arme jaleo.

Muchas organizaciones de base, contrarias al Gobierno, participan activamente de estas movilizaciones, pero para regentearlas es necesario que, previamente, exista ese suelo de descontento, de frustración, de inseguridad, de hambre. Para que las organizaciones muevan una columna tiene que haber muchos hombres y mujeres en situación de necesidad.

La pobreza extrema liquida la ciudadanía y los pobres no pueden responder al manual liberal-republicano

¿Rebaño vs. timbreo? Las organizaciones opositoras, los basistas, los kirchneristas y cualquiera otra denominación, no son dioses que dominan un rebaño. Incluso los más miserables pueden ejercer una autonomía que, de todos modos, es difícil ya que la miseria debilita la libertad de decisión. Los timbreos macristas cuidadosamente preparados de antemano muestran vecinos sonrientes, que ya han desayunado antes de que llegara la dulce gobernadora para abrazarlos. La pobreza extrema liquida la ciudadanía y los pobres buscan y a veces encuentran formas organizativas que no responden exactamente al manual de procedimientos del liberalismo republicano.

Una sola pregunta: ¿por qué la gente es considerada amable y espontánea en los timbreos, cuando se deja abrazar por Vidal, y es animal de rebaño cuando sigue una bandera, un par de desplegables y tres bombos hasta la puerta de un supermercado?

El miércoles 10, La Nación, órgano al que difícilmente pueda acusarse de alentar disturbios, publicó lo siguiente, sin comentarios: “Un grupo de movimientos sociales, encabezado por la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP) y el Movimiento Popular (MP) La Dignidad, activó hoy protestas en countries, supermercados, estaciones de servicio, shoppings y en empresas lácteas de todo el país”.

Guste o no recordarlo, la llegada de gente suelta u organizada fue el preludio de la crisis social que vivimos en 1989. La ceguera política del Gobierno hace temer que la situación que entonces provocó los saqueos pueda repetirse. Decir esto no implica convocarlos sino registrar la tensión. Internet permite revisar las noticias sobre cómo comenzaron los saqueos de aquel entonces.

Marcos Peña es un idealista, alguien que cree posible modificar con palabras hechos y situaciones que requieren actos no solamente verbales. El voluntarismo idealista de Peña es el instrumento de un gobierno crudamente materialista, cuando se trata de otros intereses.

El Gobierno no aprende por la insuficiencia política e ideolígica. Por eso ha tenido ilusiones aventureras

Frente a los pobres, ese idealismo despojado de eficacia le va bien a un régimen como el de Macri que combina discursos vacíos (donde abundan palabras como felicidad y sueños) con una patética escasez de resultados. Ni el FMI cree en las metas que estableció el gobierno argentino, aunque Christine Lagarde declaró esta semana que el país comienza a repuntar. Y aprovechó la ocasión para exhortar a los presidenciables para que “no den la espalda a lo ya hecho (podría leerse: no den la espalda a la milenaria deuda que tomó Dujovne). Advertencia o consejo que los presidenciables no pidieron.

¿Pero quién puede exhortar a los grandes empresarios locales, que todavía no hayan pasado a la categoría de testigos protegidos, y son remisos a invertir? ¿Quién puede reparar el daño de que casi la mitad de la capacidad productiva duerma inútil en talleres y fábricas pequeñas o medianas? ¿Quién podría retar un poco a los capitalistas del mundo, remisos a traer su dinero, salvo que sea para hacer elegantes bicicletas financieras o ponerlo en petróleo y gas, que al parecer puede generar unos cientos de millones? El fracaso económico del macrismo está mostrando sus peores consecuencias, aquellas que Macri no anticipó. Mauricio era también un idealista sin sustento.

Pena. El Gobierno ha descarriado, pero descarrió desde el principio, cuando se equivocó en los diagnósticos o pensó que su naturaleza de clase (un mazo de empresarios) le haría saltearse la penosa etapa de modificar la realidad. En general, los empresarios no deberían equivocarse justamente en estas cosas. Y es probable que empresarios exitosos no se equivoquen en los diagnósticos. Pero “Mauricio es Macri” solo para heredar la fortuna que hizo su padre.

El voluntarismo es fortaleza solo cuando se le unen otras cualidades de las que este gobierno carece. Y cuando se han creado las condiciones sobre las que puede ejercerse la voluntad con alguna posibilidad de éxito. Claro, esto lo saben los buenos políticos. No quiero recordar una vez más que Macri y su equipo estaban enfermos de soberbia. Creyeron que era posible gobernar con discursos y deseos. El voluntarismo es el discurso del deseo que desconoce los límites que la realidad le pone por delante.  Debieron aprenderlo en Davos en enero de 2016, pero no aprendieron.

El Gobierno no está en condiciones de aprender, por insuficiencia política e ideológica. Por eso ha tenido ilusiones aventureras. La política se hace con discursos, pero solo con discursos se disuelve en la nada la riqueza de las palabras y se sucumbe al peso de las cosas que, quiérase o no, son inexorables.

Por Beatriz Sarlo – Perfil

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