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Tierras raras: la materia prima del siglo XXI

El futuro de las economías está signado por la transición energética y las tecnologías digitales, que dependen de las tierras raras para su desarrollo. La escasez de estos recursos y su complejo tratamiento auguran el surgimiento de toda una geopolítica mineral donde las principales potencias aceleren la búsqueda, explotación y acopio de tierras raras.

Desde su descubrimiento a partir del siglo XVIII, se ha dado el nombre de “tierras raras” a un conjunto de 17 elementos químicos: escandio, itrio y otros 15 del grupo de los lantánidos (lantano, cerio, praseodimio, neodimio, prometeo, samario, europio, gadolinio, terbio, disprosio, holmio, erbio, tulio, iterbio y lutecio). Su “rareza” se debe a que no es habitual encontrar depósitos de utilidad comercial: estos metales suelen estar presentes en pequeñas cantidades en los minerales, lo que puede dificultar su extracción.

Algunas de estas sustancias son únicamente conocidas por sus nombres que se transforman en marcas registradas, otras lo son mucho menos. Estos elementos naturales se han convertido en esenciales para muchas industrias y tecnologías de vanguardia. Pero ¿por qué son tan indispensables las tierras raras? ¿Y qué papel juegan en la arena geopolítica, en un momento en el que China y Estados Unidos están crecientemente enfrentados en términos comerciales?

Difíciles de obtener, pero nos rodeamos de ellas

Las tierras raras tienen una estructura atómica particular que es responsable de muchas propiedades físicas únicas. Por ejemplo, el europio, que tiene una luminiscencia roja, se utiliza en las pantallas de televisión. El neodimio, que es magnético por naturaleza, se usa para hacer mini-imanes poderosos. El lantano (de ahí, la familia de los lantánidos), se utiliza en las baterías recargables de muchos productos electrónicos y coches híbridos.

Según un informe publicado por el el Instituto de Estudios Geológicos Británico (British Geological Survey, BGS) las tierras raras son el grupo de elementos utilizados en los productos de mayor consumo en el mundo. Imprescindibles para las baterías de los vehículos eléctricos, las pantallas de los teléfonos inteligentes y las turbinas de viento, las tierras raras son objeto de mucha codicia en todo el mundo.

Pero a pesar de ser parte esencial de las cadenas de valor para millones de productos y servicios, trascienden la lógica extractivista. Las tierras raras también desempeñan un papel vital en la protección del medio ambiente mejorando la eficiencia energética y permitiendo la existencia de muchas tecnologías digitales, columna vertebral de la economía del siglo XXI.

Para ensamblar nuestros teléfonos móviles, construir los vehículos eléctricos del mañana, en resumen, para desarrollar la energía “verde” que sustituya a los combustibles tradicionales. Pero también para construir y asegurar las redes informáticas que sustentan la propia globalización: la revolución tecnológica no puede prescindir de estos depósitos.

Como si esto fuera poco, el aprovisionamiento de tierras raras se ha vuelto inevitable incluso en el ámbito militar. Ningún avión de combate moderno puede prescindir de los componentes que las utilizan.

De este modo, la cuestión del acceso a las tierras raras no hará sino tensarse cada vez más. Dentro de 10 años, se espera que 200 millones de vehículos eléctricos estén en las carreteras de todo el mundo, lo que significa un mayor uso de litio, neodimio y otros materiales estratégicos. Si la transición energética y toda la industria digital depende de su uso, es inevitable pensar en las pujas geopolíticas que surjan por el acopio, transformación y comercialización de estas sustancias.

Durante los últimos 30 años, las economías desarrolladas fijaron el rumbo hacia la ruptura de la dependencia con los combustibles fósiles tradicionales cuya contribución al calentamiento global ya no puede ser ignorada. ¿Lucharemos mañana por el itrio, el germanio, el berilio, el renio o el prometeo como lo hicimos en el siglo XIX por el carbón y en el siglo XX por el petróleo?

Detrás de estos nombres, desconocidos para el público en general, se esconden sustancias sin las cuales el mundo conectado que es nuestro no podría existir. Sin embargo, los que los explotan son pocos y están en una situación casi de monopolio. Así, la declinante geopolítica del “oro negro” podría dar paso a una nueva: la geopolítica las tierras raras.

Un nuevo juego de suma cero

Aunque el uso de una tierra rara sea a veces del orden de un gramo o menos, su valor es incalculable debido a los pocos reservorios económicamente viables. Por ejemplo, las reservas de metales como el neodimio o el lantano, que son difíciles de extraer y se utilizan en la fabricación de vehículos eléctricos, baterías, paneles solares y turbinas eólicas, se concentran en China. Sólo hay una mina en los Estados Unidos, en California.

Esto vale en general para las tierras raras. Según los propios informes del Instituto Geofísico Americano (USGS), China tiene los mayores depósitos de tierras raras, con 44 millones de toneladas de reservas (hasta 95% del total mundial, dependiendo del elemento). El USGS elabora anualmente una lista de 90 materias primas esenciales para los sectores clave de la economía moderna -desde la inteligencia artificial hasta la ciberseguridad, la biotecnología médica y la nanoelectrónica-, arrojando siempre la misma conclusión: EE.UU., y Occidente en general, cuentan con muy pocos reservorios.

El USGS sondea regularmente los suelos norteamericanos en busca de un depósito que pueda ser extraído económicamente y sin causar demasiado daño al medio ambiente. Pero en Estados Unidos, los minerales de tierras raras se mezclan en el suelo con otros materiales complejos, lo que dificulta su procesamiento.

A finales de 2017, el presidente Donald J. Trump emitió una orden ejecutiva para “garantizar el suministro seguro y fiable de minerales críticos para la seguridad de Estados Unidos”, como el uranio o las tierras raras. Luego, a mediados de 2018 se diseñaron planes de factibilidad e inversión para reactivar la industria, pero las propias estimaciones del Departamento de Comercio estiman que tomará 15 años más hasta que el sector esté en marcha.

Más allá de estas señales de alerta, las dificultades asociadas a los depósitos norteamericanos han obligado a cerrar la única mina en Estados Unidos, en Mountain Pass, California, en dos ocasiones. Los conflictos sociales y ecológicos derivados del funcionamiento de las actividades extractivas y las plantas de procesamiento han sido un factor retardante.

China, en cambio, se beneficia de dos activos adicionales. Sus minerales están enterrados en depósitos de arcilla, una configuración inusual y favorable, pues facilita la extracción. En segundo lugar, las normas ambientales chinas son también menos estrictas (ya desde comienzos de las reformas económicas de Deng Xiaoping se comenzó a invertir en el rubro de las tierras raras). La falta de complejos de procesamiento importantes fuera de China, así como la capacidad de producción del país, hace que Beijing sea el principal actor en el mercado de las tierras raras.

A pesar de su posición prácticamente monopólica, las autoridades chinas han mostrado interés en aumentar los estándares ambientales en la materia. La explotación de las tierras raras es muy contaminante, pues se necesitan procesos químicos pesados para extraerlas, que a menudo están presentes en cantidades minúsculas mezcladas con otros minerales, algunos de los cuales son radiactivos.

El contexto de la retracción del comercio global, primero por la guerra comercial y luego por la pandemia del COVID-19, tampoco ayuda. Más aún, China ya ha puesto en práctica la táctica de la restricción a las exportaciones de tierras raras en el pasado. En 2011, Beijing detuvo abruptamente sus exportaciones a Japón en represalia por una disputa territorial.

La suba repentina de precios llevó a Japón, Estados Unidos y la Unión Europea (UE) a presentar su caso a la Organización Mundial del Comercio (OMC) para impugnar las restricciones de China a las tierras raras. Beijing fue condenado en 2014 por violar los reglamentos de la OMC, y posteriormente levantó las medidas.

Advertido por esta experiencia pasada, Japón puso en marcha una industria de reciclaje de tierras raras para recuperar todo lo que se pueda de los productos usados. Esto le permite reducir su dependencia de las importaciones chinas.

En cuanto a la UE, que se encuentra en plena transición ecológica, todavía sigue sin preocuparse por los medios industriales y estratégicos para reducir su vulnerabilidad. Hasta el momento, la Comisión Europea de Jean-Claude Juncker (2014-2019) se limitó a listar los materiales considerados estratégicos.

Otros países también han buscado en la última década jugar la carta de la explotación de tierras raras, como Australia, Rusia, Tailandia y Malasia. Vietnam y Brasil tienen cada uno 22 millones de toneladas en potencial de tierras raras. Brasilia se volcó hacia el niobio (90% de la producción mundial) mientras que la República Democrática del Congo hacia el cobalto (64%) -extraído por niños en condiciones que Amnistía Internacional denuncia-.

Con la suba de los precios y mayores fricciones por el virtual monopolio chino, se espera que países en desarrollo que cuenten con tierras raras se vean tentados (o presionados) a explotarlas, aunque ello signifique sacrificar su propio medio ambiente y descuidar las precauciones sanitarias más básicas.

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