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Por qué Cristina no puede hablar

CFK mastica sus desacuerdos atrapada en el laberinto que construyó. Instrucciones con control de daños. El enigma 2023: si hay pelea, ¿a quién sube al ring?

La consigna de “los pueblos siempre vuelven” sigue ahí, como último mensaje, desde el 27 de enero pasado. Dueña de su silencio, ese activo que comenzó a explotar como nadie desde que abandonó la Casa Rosada, Cristina Fernández de Kirchner no se pronunció todavía sobre el entendimiento con el Fondo Monetario Internacional que festejaron Alberto Fernández y la mitad del Gobierno. Tampoco, sobre la renuncia de Máximo Kirchner a la jefatura del bloque de Diputados del Frente de Todos y los cuestionamientos de su hijo a la estrategia y los resultados de la negociación que llevaron adelante el ministro de Economía, Martín Guzmán, y su equipo. Sin embargo, la vicepresidenta tiene posición sobre los dos episodios, que están entrelazados y explican la encrucijada del oficialismo en los dos años que le quedan de mandato. Así como se dieron, ninguno de los dos le resulta grato.

Los Fernández se comunicaron en los últimos días cuando Alberto llamó desde China a Cristina para contarle de su gira y quedaron en reunirse en estas horas para poner en común el mapa de lo que viene para una alianza que todavía no encuentra respiro en lo político ni en lo económico. Salga lo que salga de ese encuentro, nada alterará la cuestión de fondo: desde que Fernández inició su mandato, la vicepresidenta está en una situación incómoda en la que no puede decir ni hacer todo lo que quiere. Cada pronunciamiento público en tono de crítica, casi siempre resultado del hartazgo ante diferencias no saldadas en privado, debilita al espacio político que todos integran.

Así, el silencio se estira, producto de la impotencia y la dificultad para encontrar vías alternativas, pero eso no quiere decir que -puertas adentro- no haya indicaciones ni líneas de acción en busca de reducir daños y no perder más posiciones.Las diferencias

Cristina no está de acuerdo con el rumbo general de Alberto, pero tiene muy presente que el fracaso del Gobierno le traerá a ella más costos que a nadie dentro del oficialismo. Eso explica tanto el hermetismo de los últimos días como su desacuerdo con la renuncia de Máximo a la jefatura del bloque. Dentro de una indiscutible alianza de hierro, Cristina y su hijo tienen diferencias políticas que se resuelven, por lo general, de acuerdo a la jerarquías que rigen la relación. El líder de La Cámpora lo dio a entender en su carta, cuando habló de la “instrucción” que impartió CFK en 2019: conformar el Frente de Todos y proponer a Fernández como candidato a presidente.

Aquella decisión que, según ahora dicen cerca de Máximo, él jamás compartió, todavía provoca pases de factura del hijo a la madre, de acuerdo a lo que dejan trascender en el entorno de Cristina. A su vez, CFK hubiera preferido que el líder de La Cámpora no dejara su lugar vacante, pero entiende también que existe una diferencia de roles y perspectivas. Las tensiones del presente y sus propias trayectorias los paran en lugares distintos.

Según afirman quienes están al tanto de su parecer, ella piensa que ya jugó todas las fichas que podía jugar para alterar el rumbo del Gobierno y, después de la eclosión post PASO, advierte que no puede tensar más la relación con el Presidente. Incluso decidió abandonar hasta nuevo aviso la modalidad epistolar, que ahora su hijo adopta como propia.

En esas cartas, en especial en la última -del 27 de noviembre pasado-, Cristina dijo todo lo que podía decir sobre el acuerdo con el Fondo, en busca de deslindar responsabilidades. “La lapicera la tiene el Presidente, que a nadie lo engañen”, escribió. Fue una de las tres vigas de su mensaje. Las otras dos también están vigentes: por un lado, el acuerdo se vota en el Congreso y es una responsabilidad de toda la clase política, no solo de ella; por el otro, el acuerdo puede ser un “cepo a la inclusión social”.La derrota


El jueves 28 de enero, Cristina estaba en el Clarion Hotel Real de Tegucigalpa cuando el Presidente la llamó para notificarla de que Guzmán había cerrado finalmente el pacto que buscaba con el Fondo. A punto de partir hacia el Estadio Nacional, en el que Xiomara Castro asumiría como presidenta de Honduras, la comunicación fue poco más que protocolar, según admiten en las altas esferas del Gobierno. La noche anterior, ella había cuestionado a los organismos de crédito. 

Los dirigentes que conversan en forma habitual con ella aseguran que la vicepresidenta no estaba al tanto de los detalles del acuerdo, una afirmación que coincide con lo que expresó su hijo en la carta de renuncia al bloque del FdT. Más todavía, hubo intermediarios que tuvieron que insistir para que se le notificara, a último momento, del entendimiento que se iba a sellar. Uno de los funcionarios del Gobierno que la visitó después del entendimiento le dijo a Letra P que, para Cristina, el acuerdo que firmó Guzmán es la derrota de las posiciones que viene sosteniendo el kirchnerismo desde hace dos años y puede ser, también, un pasaporte a un nuevo fracaso electoral en las presidenciales del año próximo.

La expresidenta repetía en privado que tarde o temprano el acuerdo con el Fondo iba a llegar, pero, como su hijo, pretendía que el organismo de crédito y el gobierno de Mauricio Macri asumieran un costo por haber tomado un préstamo irregular, el más grande en la historia del FMI. Máximo era todavía más crítico: rechazaba el modo de negociación de Guzmán y planteaba que el Gobierno debía ser mucho más duro con el organismo. Nada de eso sucedió: ni la quita de la deuda que Cristina reclamó desde Cuba hace exactamente dos años ni el programa a 20 años que pretendía el cristinismo ni la reducción de la sobretasas que trabajó Guzmán y que hasta Joe Biden avaló con su firma en la cumbre del G20, en noviembre pasado, en Roma. Al contrario, el Frente de Todos convalidó ese endeudamiento demencial sin haberlo investigado ni cuestionado. Macri debe haber agradecido.

A favor, el Gobierno cuenta que no habrá reformas estructurales y que el ajuste será gradual, con la esperanza de que el crecimiento todo lo pueda. De todas maneras, el déficit cero llegará en 2025, pese a que Guzmán había dicho a principios de enero, en la reunión con los gobernadores en el CCK, que eso implicaría un “ajuste real”.La salida

Mientras la vicepresidenta y su grupo de leales empiezan a pensar cómo llegar a 2023 y dar de nuevo, en el albertismo nonato algunos ya se entusiasman con un viejo anhelo del establishment: ver al kirchnerismo reducido a su mínima expresión y destinado a ser un recuerdo. Cristina lo sabe. Una vez más, tendrá que desmentir las apuestas de la tribuna de sus detractores y en un contexto de debilidad. Aunque cerca de la vice afirmen que quienes toman las decisiones son hoy un grupo de funcionarios que reúnen, con suerte, el 15% de los votos que conserva el Frente de Todos, esta vez es su espacio el que está en el Gobierno.

Falta una eternidad y el debate más urgente en el oficialismo gira en torno a los votos para aprobar el entendimiento con el Fondo en el Congreso. El anuncio de que el sindicalista cristinista Sergio Palazzo votará el pacto con el FMI sugiere que la vicepresidenta dio libertad de acción, a tono con la consigna de su última carta: todos y cada uno serán responsables de lo que venga. Máximo, que a esta altura parece conforme con haberse diferenciado, tiene por delante el desafío de ampliar su zona de influencia y empezar a recorrer primero la provincia de Buenos Aires y después el país; ir en busca de las adhesiones que tuvo su padre y su madre retiene, sin ir más allá del conurbano bonaerense y la provincia de Santa Cruz.

El impacto del acuerdo con el Fondo sobre la economía, en especial sobre el electorado del Gobierno, definirán los pasos a seguir. Si todo es virtuoso, como prometen Fernández, Guzmán y Matías Kulfas, el escenario será uno. Si todo resulta más inestable, como pronostica Máximo y el ajuste pega en una sociedad de altísimos niveles de pobreza y desigualdad, el panorama será otro. Por lo pronto, la vicepresidenta sostiene en privado una máxima que Fernández dice compartir: las candidaturas del peronismo se definirán en una interna abierta en la que el Presidente tendrá que enfrentar rivales internos. ¿Quién representará a Cristina? Eso es lo que todavía no se sabe.

Por Diego Genoud – Letra P

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