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Micromanagement de la vida cotidiana

Qué actitudes ante la decepción no se corresponden con la indicada para causar, preservar o incrementar el deseo en el Otro.

Era un dia de esos que invitan a disfrutarlo, soleado, radiante. El parque estaba superpoblado de niños con sus respectivos cuidadores. Algunos de éstos entreveraban entre la atención que les dedicaban a los niños, una que otra actividad personal. Otros, no.

Una mujer joven llegó junto a un pequeño que rondaba los cuatro años. Con una aparente actitud relajada, decidida a pasar una tarde al aire libre, se sentó en el pasto, recogió su larga melena con un rodete despeinado y se dispuso a preparar una especie de picnic con cosas que llevaba dentro de una canasta campestre. El niño permanecía a su lado, expectante de ella pero sustraído de la multitud. De repente, otro chiquito poco vergonzoso se le acerca y lo invita a jugar a la pelota. Sin dudarlo, la mujer interviene y responde diciendo que no le gustaba el fútbol y les propone ir al arenero. El niño poco vergonzoso, nada interesado en la propuesta, se marcha en busca de otro contrincante.

Al instante, pareciendo querer compensar la situación, la mujer saca de su canasta un autito tipo 4×4 el que el niño comienza a hacer rodar por el suelo para poco después interrumpir el recorrido llevándoselo a la boca. Semejante acto, no pasa desapercibido para la mujer que se ocupaba de no dejar escapar una pizca de connivencia y queda sancionado. El niño, a diferencia de las veces anteriores, decide hacer algo y rompe en llanto con vehemencia.

Aquella mujer de apariencia relajada que estaba con su hijo pasando una tarde al aire libre, olvidaba dejarlo respirar.  

Ser estricto, excesivamente escricto, es un rasgo histórico de temperamento que se evidencia naturalmente en algunas personas y que se exacerba en la época actual en la que se intentan desterrar los márgenes de error. Una característica de personalidad que, en los últimos tiempos, de manera progresiva, ha ido incrementando su número de adeptos.

Despojados de algo que se aproxime al carisma, quienes cuentan con este rasgo, asumen una función de amo ordenador que somete al otro a un régimen dictatorial, supervisando todos los detalles de sus actos. Ahora no vayan ustedes a creer que esta es una posición que  se asume sólo ante una eventualidad de una relación específica, como por ejemplo una relación laboral, sino que se ejerce y replica en la diversidad de las relaciones de la vida cotidiana: con los hijos, las parejas, los amigos.

A simple vista, resultaría difícil creer que las personas más cercanas afectivamente a quien asume este tipo de mandato, queden sometidas a esta tiranía ordenancista pero, (aquí lamento decepcionar a algunos y no tanto a otros), para estos amos pseudo perfeccionistas que se esmeran en intentar que nadie se equivoque, afecto y exigencia se convierten en magnitudes directamente proporcionales  (al incrementarse o disminuir una de ellas, la otra lo hará en la misma proporción).

Cierto es que, cuando el otro no responde de la manera que se espera, se genera cierto sentimiento de decepción, de angustia. Esto sucede porque queda asociado a una caída de un lugar en el deseo del Otro, de estar incluido en el deseo del Otro: Si no hace tal o cual cosa, ¿no me quiere?.

Tranquilícense, esto no necesariamente es así. Pero lo que sí ocurre muchas veces es que la actitud que se toma ante la decepción no se corresponde con la indicada para causar, preservar o incrementar el deseo en el Otro, sino más bien todo lo contrario, erosionarlo.

El error es algo inherente a la condición humana y, tan ocupados en fiscalizar las fallas de los demás, perdemos de vista las propias, sobre las que sí solemos ser más conniventes.

Las posiciones exigentes, demandantes, controladoras, no dejan espacio para el deseo y, por el contrario, lo anulan. La poca tolerancia y sanción excesiva a una respuesta que se aleja de la que anhelábamos, genera una aversión en el Otro absolutamente incompatible con una posición deseante provocando que, si llegase a haber respuesta, esta sea desde el temor y no desde el deseo que podamos causar.

Tengamos en cuenta, el otro no está siempre a la altura de nuestras expectativas. Nosotros tampoco.

Por Paula Martino – Psicoanalista

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