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La caída de Monzó

Un encuentro a solas en la oficina de María Eugenia Vidal, el rol de Marcos Peña y Rodríguez Larreta en las boletas. Qué dijo el titular de Diputados y cómo se dinamitó el vínculo con el PRO.

El viernes a las 15 horas en el segundo piso del Museo Ferroviario, en pleno cierre de listas, María Eugenia Vidal convocó a Emilio Monzó. Tras media de hora de charla, donde la gobernadora le habló de “recuperar la confianza” entre ambos y hablaron de temas triviales, arrancó la verdadera conversación. La gobernadora rompió el hielo.

—Sé que tenés cinco lugares. Vas a tener uno para entrar en las listas

—María Eugenia tengo compromisos que cumplir, al menos dos…

—No, uno solo.

—Bueno, que encabece la cuarta (sección electoral, en el Interior)

—No, no, por la octava (La Plata)

—¿Pero encabeza al menos?

—Es el tercer lugar…

—Entonces no tenemos más nada que hablar.

En ese momento, Monzó se levantó y se fue de la oficina de Vidal. Ella lo acompañó hasta la puerta con la cabeza baja y cara adusta. El ofrecimiento implicaba un signo de pregunta para cualquier nombre que aportara el titular de Diputados. Fue el fin, para él.

La relación entre ambos ya era pésima. En especial desde que el diputado la ungió como precandidata a gobernadora, allá por diciembre de 2013, y luego trabajó otros acuerdos en 2015, como jugar con Sergio Massa o ir a una PASO. La Gobernadora no se lo perdonó nunca: lo acusó de mentirle, de retacearle fondos de campaña y las discusiones se volvieron personales.

Pero esta vez Vidal no actuó sola: fue en consonancia con el jefe de Gabinete, Marcos Peña (con quien Monzó arrastra una pelea desde 2016), y con el jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, quien tampoco abrió su boleta en la Ciudad. Es decir, con el propio presidente Mauricio Macri.

La lapidaria negativa a incluir a Monzó tuvo un significado político-simbólico también: el fin del ala política, que había tomado impulso con la llegada como candidato a vicepresidente de Miguel Pichetto, y que duró menos dos semanas.

Es más: el candidato a vice apenas cosechó una diputada provincial, Claudia Rucci, quien en rigor tributa también a Juan Schiaretti, el gobernador cordobés. Perdieron todos.

El ministro político de la Casa Rosada, Rogelio Frigerio, amigo de Monzó, tampoco recibió lo que esperaba. Fue marginado del armado de listas del área Metropolitana. A diferencia de Monzó, no ponía nada en juego, pero resultó uno de los perdedores del cierre.

Rápidamente en la Provincia salieron a destacar que en la boleta estaban los monzoístas Silvia Lospenatto Sebastián García de Luca, secretario político del Interior. En rigor, la primera tomó vuelo propio tras la discusión por la legalización del aborto y, en los hechos, aunque admite su cercanía a Monzó, hacía tiempo que no formaba parte del núcleo íntimo de su jefe.

El segundo tuvo otros pergaminos extra: fue uno de los pocos que defendía a Peña en el ala política y además su salida deja libre el cargo para Francisco Quintana, vicepresidente de la Legislatura porteña, secretario General del PRO, y quien trabaja con el jefe de Gabinete hace más de diez años. Es más: en pocas horas De Luca pasó del tercero al noveno lugar sin escalas. Hasta el joven concejal Sebastián Salvador, hijo del vicegobernador bonaerense, a quien no se le ocurrió otro nombre para aportar, quedó arriba de él en la nómina de diputados nacionales. Una postal del cierre de listas.

La masacre monzoísta implicó que queden afuera Gabriel Monzó, el hermano del diputado y senador provincial, y un hombre clave: Marcelo Daletto, quien tuvo a su cargo la estratégica comisión de Presupuesto bonaerense. Ambos animaron las remeras de “La Leona” en alusión a la gobernadora en 2017 y las repartían en La Plata. No habrá reedición de camisetas en 2019.

Para completar el panorama negro para el ala política en Córdoba obligaron a bajarse a Javier Pretto, un hombre de Nicolás Massot, el jefe del bloque del PRO en Diputados.

Estoy recalculando todo. Nos echaron. En toda mi vida política jamás me trataron así”, disparaba en la tarde, entre sus íntimos, Monzó. Había reunido a su equipo y a su amigo Frigerio en su departamento, un primer piso a media cuadra de Avenida Libertador. Nada indica que deje su rol en el Congreso aún. Pero el ala política terminó el cierre de listas muy lejos de los despachos oficiales.

Por Ezequiel Spillman – Perfil

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