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John Elkington: “La inequidad es síntoma de una enfermedad política”

Su nombre está ligado al de otros líderes globales que alertaron sobre el cambio climático, como Al Gore o Barack Obama. Sin embargo, a los 71 años reconoce la importancia del activismo de jóvenes como Greta Thunberg para prevenir a los políticos mundiales. El creador del concepto clave del triple balance de resultados, el económico, el ambiental y el social, sostiene, en charla con Jorge Fontevecchia, que la pandemia es una oportunidad para mejorar el capitalismo y la democracia.

—Usted dijo que “si los ‘cisnes negros’ nos llevan exponencialmente a donde no queremos ir, ¿cómo sería lo contrario?”, y opuso la idea de “cisnes verdes”. ¿Encontró cisnes verdes en la pandemia?

—La pandemia puso de manifiesto una serie de tendencias cisne verde. La gente se dio cuenta de repente, en todo el mundo, de que nos enfrentamos no solo a una crisis sistémica de la atención pública, a cuestiones relacionadas a la pandemia. Es un cisne verde extraño. A menos que la gente sea consciente de que los sistemas de los que dependen, el entorno natural, sus sociedades y sus economías son vulnerables, no actuarán con la suficiente rapidez y a la escala que necesitamos.

—¿Es optimista sobre la salida de la pandemia en materia de solidaridad y ambiente?

—Soy un optimista nato. De lo contrario, no podría haber trabajado durante todo este tiempo en ambiente. A corto plazo no hay un panorama alentador, porque los enfoques nacionalistas de muchos gobiernos se ejecutaron con bastante fuerza. Eso es muy preocupante. Ni siquiera podemos trabajar juntos en una pandemia como esta. Pero cada vez veo más pruebas de que la sociedad está trabajando unida ante la emergencia climática. Hay lecciones que se aprenden. Estamos frente a las principales conferencias internacionales de este año, el G7, el G20 y la conferencia sobre el clima COP 26. Deberíamos hablarlo cuando terminen. Los signos de una mayor cooperación son razonablemente alentadores en materia de cambio climático.

—Sobre este tema, usted escribió:  “Soy pesimista a corto plazo, y habrá momentos en que se note, pero soy un optimista calificado a largo plazo. Puede que nuestra especie se haya metido en la madre de todas las curvas evolutivas, pero a veces en esos momentos es cuando se hace nuestro mejor trabajo”. En varios reportajes como este, distintos intelectuales hablaron de la “crisis del Antropoceno”. ¿Qué se debe hacer para corregir el rumbo? 

—Nuestra civilización es maravillosa. La ciencia, la tecnología, la cultura y las artes son extraordinarias. Son un regalo increíble. Ninguna civilización es eterna; todas las anteriores en algún momento colapsaron, muy a menudo por el cambio climático. También incidieron las pandemias y las guerras generaron desastres. La civilización no viene dada por Dios. Que estemos en una no significa que vaya a durar para siempre. También debemos reconocer que la ciencia nos llevó a donde estamos ahora. Cada vez más los políticos piensan que pueden decidir si les gustan o no determinados resultados científicos. Eso es extremadamente peligroso. Tenemos que apoyar lo que dicen los científicos. Nos hablaron del riesgo de pandemia años antes de que ocurriera. La mayoría de los gobiernos lo ignoraron. Crearon unidades o publicaron informes, pero los ignoraron. Corremos el peligro de hacer lo mismo con el cambio climático y la emergencia de la pérdida de biodiversidad.

—¿Fue realmente una buena noticia ver las aguas limpias de Venecia durante el tiempo de mayor confinamiento?

—Tuvimos la naturaleza entrando en nuestras ciudades o nuestros jardines, algo inédito en mucho tiempo, excepto quizás cuando éramos niños. Una de las razones es que tuvimos más tiempo. Estuvimos en el lugar adecuado para ver cómo sucedía. Podría ser Venecia u otros lugares donde hay vida silvestre. En mi país, Reino Unido, los ciervos, que están normalmente muy fuera de las ciudades, entraron en ellas. Vimos lo que normalmente no observábamos. La cuestión es si eso cambió las prioridades y los comportamientos de la gente. La respuesta variará en cada país. En mi país tendrá un efecto político a largo plazo, porque la gente valora esas cosas. En Europa ahora se producen múltiples acuerdos verdes. Y en Estados Unidos el Green New Deal. La política pondrá más peso para abordar el cambio climático. Importa que la gente pueda ver los canales de Venecia. Que se pueda ver hasta el fondo de los canales recuerda cómo es el mundo natural cuando no lo presionamos.

—¿Cómo describiría usted el paso de la idea paradigmática de la responsabilidad social corporativa a la más global de la sostenibilidad?

—En primer lugar, leí un libro sobre los cambios de paradigma cuando tenía 14 años, hace casi sesenta años, y me afectó profundamente. La gente olvida que los cambios de paradigma tardan unos sesenta, setenta, e incluso ochenta años en producirse.  Estamos en uno que comenzó a principios de los 60. Nuestra especie está despertando al hecho de que no vivimos en un planeta ilimitado. Vivimos en uno con límites, y muy reales. Las empresas y los líderes empresariales adoptaron la agenda de la responsabilidad porque es relativamente fácil. Pueden publicar informes, involucrarse y hablar con las partes interesadas externas. Pueden hacer todas estas cosas buenas. El problema es que una vez que se prometió ser responsable, se descubre que la agenda sigue ampliándose. En la pandemia, por ejemplo, la gente ya no habla del acceso a la salud pública como cuestión de responsabilidad. También la inequidad en todo el mundo se incorporó a la agenda de la responsabilidad. Se suma la evasión fiscal, de impuestos y de paraísos fiscales. La agenda de la responsabilidad sigue cambiando. Lo que está empezando a suceder es que las empresas líderes reconocen que la responsabilidad no es suficiente, que no detiene algunas de las grandes crisis sistémicas en desarrollo a nuestro alrededor. Ser un poco más transparentes, más responsables como corporación no resuelve esos problemas. Cada vez se habla más de sustentabilidad, porque se trata de la salud de los sistemas económicos, sociales y medioambientales. Y aún más allá, la agenda de la sustentabilidad también está desafiada. En el libro Cisnes verdes digo que hay tres grandes desafíos en la sociedad. El primero es el capitalismo, que está sometido a una intensa presión y ahora a una intensa crítica. El segundo es la democracia, de nuevo, bajo una intensa presión. Y el tercero es la sustentabilidad, que se convierte en la corriente principal como concepto empresarial. Se dice que incluso si todas las empresas en el mundo toman medidas en torno a lo que ellos llaman sustentabilidad, no van a cambiar el sentido de lo que sucede. Quizás lo que tengamos que empezar a pensar es en la regeneración. Debemos regenerar los sistemas de los que dependen nuestros medios de vida.

—¿Cómo analiza el nivel de solidaridad y filantropía de las empresas durante el ciclo pandémico?

—Vimos algunos cambios muy significativos en cuanto a las donaciones públicas de personas particularmente ricas. Gente como Bill Gates o Jeff Bezos financiaron trabajos inmensamente importantes. La Fundación Gates trabaja, por ejemplo, en una vacuna para la malaria. Pero, al mismo tiempo, me inquieta. Aunque creo que los filántropos pueden desempeñar un papel muy útil en la financiación de experimentos en fase inicial que serían más difíciles para los gobiernos, no confío en la filantropía a largo plazo. Esas personas no fueron elegidas por las sociedades para gastar su dinero. En este momento, algunos son bastante sensatos y gastan dinero en el cambio climático. A largo plazo, deberíamos cobrar impuestos para asegurarnos de que los propios gobiernos tengan recursos para hacer el trabajo. Y si no lo hacen bien, votaríamos a otras opciones. Aplaudo la filantropía, pero creo que no debería ser una alternativa a la acción de los gobiernos democráticos.

—En una entrevista de esta misma serie, el sociólogo de Stanford Woody Powell señaló que había un cambio en las formas de la filantropía. Mientras los Rockefeller deseaban dejar un legado hacia el futuro, personajes del estilo de Mark Zuckerberg y Elon Musk optaban por una suerte de privatización de gestiones que debían quedar en manos de lo público. 

—Siempre existe el peligro de centrarnos en Estados Unidos porque es donde actuaron algunos de los filántropos más reconocidos. Usted mencionó a Rockefeller. Era casi un criminal en el momento en que hizo lo que hizo; construyó la compañía Standard Oil; también estuvieron los barones del ferrocarril antes de él, Andrew Carnegie después y mucho más tarde, gente como Henry Ford. Ahora personas como Bill Gates, Jeffrey Skoll, Pierre Omidyar tienen un patrón diferente en el trabajo. Los multimillonarios y billonarios que impulsaron la industria del petróleo, del acero, del automóvil, intentaron devolver a la sociedad en cierto modo. Las fundaciones se crearon para casi comprar la reputación de personas ultrarricas. En Estados Unidos vemos gente que quiere invertir su dinero mientras todavía están vivos y son capaces de jugar un papel bastante activo en la gestión de los fondos e inversiones. Depende mucho del lugar donde ocurra. No hay suficiente regulación de la filantropía en Estados Unidos. No hay suficientes impuestos. El nuevo presidente, Joe Biden, habló sobre esto, porque es un problema estructural importante. En otras partes del mundo hay gente como Jack Ma en China. Realmente hay que pensar si producen un beneficio a la sociedad. Me impresiona lo que hacen algunas de estas personas. Cuando veo lo que hacen, preferiría que la proía sociedad tuviera el control sobre los recursos que se gastan. Desgraciadamente para los multimillonarios eso significa impuestos.

—¿El aumento de la inequidad, que existan ricos cada vez más ricos, puede tener un efecto positivo de “derrame” sobre el desarrollo sostenible?

—Es un experimento. Todavía no sabemos la respuesta. Si miramos a la historia, cada vez que se aumenta la brecha entre ultraericos y el resto de la sociedad, y en particular cuando se exprime a la clase media, se producen revoluciones y convulsiones, no siempre de forma positiva. La cuestión es si vamos a permitir que esas convulsiones impulsen el cambio, o si vamos a retomar al menos parte de este control. En Europa la situación es diferente de los Estados Unidos. No se conocen los nombres de los multimillonarios y billonarios, pero están haciendo un buen trabajo. No creo que eso sustituya la necesidad de cobrar impuestos a la riqueza. La pandemia demostró cómo el dinero puede ser movilizado por los gobiernos para hacer cosas que los ciudadanos consideran importantes. Recuperarse de ese gasto va a llevar generaciones. A eso se suma la agenda del cambio climático. Nuestras sociedades y gobiernos necesitarán muchos más recursos. Deberán aprender a gastarlos de forma más eficaz. La inequidad, incluso en las sociedades más desarrolladas, es un síntoma de una enfermedad política.

—¿Quién es más peligroso para el ambiente: Donald Trump o Xi Jinping?

—Xi Jinping. Donald Trump era en cierto modo un payaso. La gente se reía de él, no a menudo delante de él, pero simplemente parecía ridículo, excepto para sus seguidores fanáticos. Pero el sistema político estadounidense fue lo suficientemente sano y bien diseñado para asegurarse de que no consiguiera un segundo mandato. Xi es mucho más peligroso. Trabajé en China. Me encanta, me parece fascinante. Cuando estuve allí por primera vez, hace más de 15 años, dos ministros del gobierno me dijeron que el partido estudió la historia y en particular el ascenso de Prusia. Les pregunté por qué y respondieron que Alemania desencadenó dos guerras mundiales. No querían que eso se repitiera. Pero no es lo que está haciendo Xi, porque quiere el poder vitalicio, el mando y el control de todo lo que ocurre en el país. Los está llevando muy rápido hacia alguna forma de guerra. Algunas serán guerras por proxy. Se harán de formas negables, como con aviones no tripulados y drones que atacan buques en, por ejemplo, el golfo Pérsico. Hay tensiones con Taiwán. Trump era muy peligroso; pero Xi y su China son de mayor magnitud.

—¿Es factible que se aplique un Green New Deal en los Estados Unidos? ¿Se podría aplicar en Europa y en Latinoamérica? 

—La administración Biden-Harris está tomando decisiones muy valientes. La escala del Green New Deal es a la vez ambiciosa y valiente. Se puede hacer de nuevo lo que Franklin Delano Roosevelt planteó en los 30. Cambió el país en una situación desesperada. El New Deal estadounidense no es el primero. Europa tiene su propio acuerdo verde lanzado antes que el norteamericano. Con él, la Unión Europea ganó algo así como 1,82 billones de euros. El norteamericano es de algo entre 1,9 y 3 trillones de dólares. Son inmensas sumas de dinero. La cuestión es si se gastarán lo suficientemente rápido como para asegurar la recuperación de la pandemia. Luego, que se garantice que no se trate simplemente de un vertido de dinero público en determinadas áreas de inversión con rendimientos muy limitados. Me da esperanza que el acuerdo ecológico de la UE esté orientado no solo a la sustentabilidad de la energía limpia y la descarbonización, sino a la inclusión social. Joe Biden está haciendo lo mismo. Reconoce que hay que abordar las prioridades sociales, socioeconómicas y medioambientales al mismo tiempo. Me anima que estas sociedades decidan gastar dinero de esta manera y con tales prioridades. Si funciona o no, está por verse. Depende del liderazgo a todos los niveles, no solo del gobierno de los Estados Unidos.

—¿La sustentabilidad es de izquierda o de derecha? ¿Se opone de alguna manera al neoliberalismo? 

—El debate político en torno a la sustentabilidad resulta bastante engañoso. La sustentabilidad puede ser adoptada por posturas diferentes del espectro político. Fue muy interesante ver a la derecha y a los conservadores de Estados Unidos despertando al cambio climático. Presionan a las empresas, se torna parte de la vida cotidiana. Cuando empezaron el ecologismo y los derechos humanos, fueron promovidos por el ala izquierda y la gente liberal. Con el tiempo, y en el trabajo con las empresas, vi que lo que originalmente era considerado por los líderes empresariales como una agenda de izquierda se convirtió en corporativa, de mercado. Los capitalistas hablan del tema porque saben que es el futuro. Los políticos siguen pensando en la cuestión en términos de izquierda o derecha. Y no es ninguna de esas cosas. Lo dijeron los verdes alemanes: no quieren ser ni de izquierda ni de derecha: desean ir hacia adelante. La sustentabilidad consiste en tener en cuenta las necesidades de las generaciones futuras. Lo que hacemos ahora incidirá sobre ellas. La definición original de sustentabilidad era eso: proteger las necesidades y los derechos de las futuras generaciones de humanos. Y de toda la vida planetaria.

—¿Cómo definiría el capitalismo regenerativo?

—El capitalismo, que fue una fuerza de cambio extraordinaria, se centró en la creación de beneficios. Milton Friedman tenía toda la razón hace unos cincuenta años. El problema es que centrarse únicamente en el beneficio hace perder otras ideas vinculadas a la creación de riqueza. Friedman tenía razón en un sentido estricto, pero estaba totalmente equivocado en sentido más amplio. El neoliberalismo, la globalización y sus formulaciones nos llevaron a una situación en la que invertimos poco en los sistemas críticos Permitimos que las nuevas industrias, por ejemplo basadas en internet,  corrompan el proceso político. No creo que Mark Zuckerberg se haya propuesto corromper el proceso político y destruir o socavar las elecciones. Pero es lo que pasó. Eso es el capitalismo degenerativo. El capitalismo regenerativo actúa simultáneamente en múltiples dimensiones, financieras, económicas, sociales, comunitarias, políticas y medioambientales. Es muy interesante ver a un número de empresas que salieron a bolsa en los últimos 12 meses asumiendo el compromiso regenerativo. Si nos ceñimos a los Estados Unidos, está el caso de Walmart. Doug McMillon, su director general, se comprometió a que esa gigantesca empresa minorista se convierta en regenerativa con el tiempo, PepsiCo acaba de comprometerse a regenerar 7 millones de acres de tierra agrícola (N. de la R.; son casi 3 millones de hectáreas). Timberland, North Face y Vans firmaron una iniciativa para crear cadenas de suministro de caucho regenerativas. No es responsabilidad social corporativa en sentido estricto. Ni siquiera es lo que la mayoría de los líderes empresariales entienden como sustentabilidad.

—Suele decirse que las empresas son más progresistas que los gobiernos.

—Pasa por ciclos. Hay períodos en los que los gobiernos tienen que ser más visionarios y activos, y las empresas sienten que se las obliga a hacer cosas que no quieren. Si nos remontamos a las primeras décadas de la regulación medioambiental, en Escandinavia, luego en Europa y en Estados Unidos muchos empresarios se resistieron. Ahora las empresas despiertan al hecho de que este conjunto de emergencias y crisis a las que nos enfrentamos cada vez más tienen implicaciones muy reales para sus mercados. No solo las compañías de seguros y reaseguros son cada vez más conscientes de la forma en que las catástrofes naturales se vinculan al cambio climático. Las empresas llegaron a un punto en que reconocen que no pueden dejar la cuestión en manos de gobiernos que son muy lentos. En Brasil, en Turquía, en la India, en China, en mi propio país, y bajo Donald Trump en Estados Unidos hay líderes populistas a menudo delirantes. No entienden cómo funciona el mundo. Son los países que tuvieron experiencias peores en la pandemia. Ocurrirá lo mismo con el clima, a menos que todos, incluidas las empresas, presionemos al gobierno.

—¿Existe también el “green washing”, que hace que las empresas se vean más verdes de lo que son?

—Sí. Es muy humano querer ser visto de manera diferente. Es algo que todos hacemos casi desde la escuela. Probablemente sea contraintuitivo, pero el green washing es un paso necesario hacia el cambio. Nos dice que hay conciencia del asunto. Forma parte del proceso, aunque quienes dicen cosas falsas tendrán que rendir cuentas. Serán atacados en los medios de comunicación y llevados a los tribunales. Hay muchas formas de denunciar la situación y ponerla en evidencia. No lo veo con buenos ojos, pero acepto que es parte. Uno de los sectores que creo que tiene que aprender muy rápidamente es el de las relaciones públicas, los medios de comunicación y la industria publicitaria. Recientemente, cuando se quiso hacer la Superliga europea de fútbol, fueron los abogados quienes persuadieron a la industria. El green washing siempre estará. Debemos denunciarlo. Pero es una señal de que la gente está despertando.

—Elon Musk también se sumó a la controversia sobre si las criptomonedas son verdes. ¿Son un cisne verde o uno negro?

—Bitcoin consume tanta energía eléctrica como todo Irlanda. Es un infierno de electricidad. A menos que la industria pueda abordar ese problema y reducir radicalmente la cantidad de energía, no creo que tenga un futuro sostenible. El dinero no piensa. La gente usa el dinero y cree que lo gasta o lo invierte como decide hacerlo. Muchas de las personas que toman esas decisiones de inversión y financieras son, con el mayor de los respetos, también tontas en el sentido de que no son conscientes de las implicaciones más amplias de lo que hacen. ¿No sería interesante que el dinero pudiera pensar en nuestro nombre? Con las criptomonedas, parte del desafío de diseño es asegurar que no sean rastreables, que las monedas tengan alguna forma básica de inteligencia. Si vemos dónde estuvo el dinero observaremos si pasó por manos corruptas. Si fue a parar a causas realmente buenas. Si ayudó a empresas sociales. Para mucha gente suena a ciencia ficción. Pero dentro de los próximos diez o quince años tendremos algunas formas de criptodivisas que tendrán una memoria y una suerte de conciencia. Cruzo los dedos para que ocurra, pero de momento el consumo de energía y el impacto climático de Bitcoin y otras criptodivisas es un escándalo.

—¿Cuándo se dan juntos los cisnes negros y verdes?

—Hace poco leí la historia del asteroide que impactó en el planeta Tierra hace 66 millones de años y acabó con los dinosaurios. Lo que no sabía era que las selvas tropicales en América, en Sudamérica, no estarían ahí sin tal impacto. Ese fue un evento de cisne negro que en realidad creó cosas que ahora consideramos ecológicamente muy valiosas; por lo tanto, un cisne verde. Algunos cisnes negros tienen plumas verdes. Que los canales venecianos sean transparentes al menos durante un tiempo es esa pluma verde en el cisne negro. Pero también algunos cisnes verdes tienen plumas negras. Las energías renovables y los extraordinarios progresos en la tecnología solar y eólica son realmente algo emocionante. Pero la primera generación, por ejemplo, de molinos de viento, de máquinas eólicas, está llegando al final de su vida útil. Descubrimos que no sabemos qué hacer con las hélices. No las pensamos dentro de la economía circular. También las células solares fabricadas en China contaminaron las tierras agrícolas y las comunidades. Deberíamos ser conscientes de tal ambigüedad. Las cosas que queremos quizás traigan consecuencias imprevistas. Algunas serán positivas, pero un número cada vez mayor será negativo. Las grandes empresas tecnológicas no son muy inteligentes a la hora de predecir las consecuencias negativas de lo que hacen.

—¿Cómo analiza el rol de la activista sueca Greta Thunberg con relación a los jóvenes y los líderes globales?

—En una conferencia en la que estuve recientemente describí a Greta Thunberg como un regalo para el mundo. Es como Gandhi o Nelson Mandela. Son personas que ayudan a cristalizar una agenda. Estuve en algunas de las protestas en Londres de Fridays for Future, la coalición que Greta ayudó a reunir. Me impresiona su nivel de comprensión y conocimiento. Greta es extraordinaria. Hace poco vi su programa de televisión sobre el año que se tomó para viajar por el mundo, Un año para cambiar el mundo. Es extraordinaria. Nos provoca y desafía. Tengo 71 años, llevo casi cincuenta años trabajando en sustentabilidad y ella plantea preguntas como si hizo lo suficiente.

—¿Cómo responde a quienes dicen que solo las grandes empresas y las empresas globales pueden pagar la sustentabilidad?

—En su día habría sentido cierta simpatía por esa idea. Había que gastar mucho dinero para limpiar el daño que produjeron algunos. Pero la tecnología avanza en nuestra dirección. Mencioné algunas, pero otras, como la inteligencia artificial, podrían usarse para seguir el cambio climático e identificar soluciones efectivas. También la biología sintética, en apoyo de los nuevos alimentos. Productos alimenticios de proteínas alternativas, que sustituirán al ganado vacuno, al cerdo y al pescado. Soy vegetariano desde hace cuarenta años. Dudo que coma esos nuevos productos, pero mucha gente joven sí lo hará. En mi país existen “carnicerías veganas”. La comida basada en plantas se está imponiendo con mucha fuerza. Las empresas más grandes están en desventaja porque están tan ancladas en la vieja forma de hacer las cosas que muchas de ellas desaparecerán. A mediados de la década de 2030, un gran número de empresas ya no existirán, porque surgirán empresas mucho más pequeñas, emprendedoras y disruptivas, como Elon Musk en el sector del automóvil. Empresas como Volkswagen que se lanzan al espacio de los vehículos eléctricos. Si se les hubiera dejado a ellos hacerlo, seguirían vendiendo coches diésel en 2070. Era su plan. Los datos de admisión de diésel fueron falsificados. Algo casi criminal. Las cosas pueden cambiar rápidamente. Vivimos en uno de esos momentos de los que hablan algunas personas de Silicon Valley, de un cambio gradual que se torna súbito.

—Escribió que “un cisne verde es un cambio profundo en el mercado, generalmente catalizado por una combinación de retos de cisne negro o gris y cambios de paradigmas, valores, mentalidades, políticas, tecnologías, modelos de negocio y otros factores clave. Un cisne verde proporciona un progreso exponencial en forma de creación de riqueza económica, social y medioambiental. Puede haber un período de ajuste, pero el objetivo es un avance integrado en las tres dimensiones”. ¿Cómo explica las tres dimensiones?

—Gracias por la pregunta. Algunos de sus lectores sabrán que en 1994 se me ocurrió el concepto del triple balance de resultados. En 2018 realicé la retirada de producto de un concepto de gestión a través del Harvard Business Review. Lo hice porque vi que cada vez más grandes empresas utilizaban el triple balance de resultados para intercambiar un área de creación de valor contra otra. Pueden decir que obtuvieron beneficios, y eso es bueno desde el punto de vista financiero y económico. Dieron empleo y productos a la gente, y eso es bueno en el aspecto social. Pero, ¡qué pena!, dejaron fuera al medio ambiente. La idea original del triple balance de resultados era que había que hacer las tres cosas simultáneamente. Ahora hay miles de empresas en todo el mundo denominadas empresas B, constituidas en torno al triple balance de resultados. La mayoría son pequeñas. Pero algunas son más grandes, como Natura en Brasil o Danone, en América del Norte. Unilever compró ocho empresas B y consideró en su conjunto convertirse en empresa B. Es un gran progreso. También está el caso de Tesla y Elon Musk. Era impensable hace unos años. En Detroit no se preveía que sucediera. Acabo de escribir sobre este tema. El hecho de que Tesla se valore ahora más que las otras seis mayores empresas de automóviles del mundo, incluyendo Toyota y General Motors y Ford, es extraordinario y sorprendente. Es solo el comienzo. Tesla puede o no sobrevivir, pero creará una disrupción masiva. En ese juego aparecerán los nuevos Rockefeller y Carnegie, la gente inmensamente rica del futuro. Hay gran cantidad de valor. Se consolidará a medida que pasemos de las realidades del cisne negro a las realidades del cisne verde. Habrá algunas inmensas fortunas hechas en el camino. Hay que cobrarles impuestos a esas fortunas. Tenemos que retroalimentarlas en temas como educación, sanidad y soluciones de movilidad.

—¿Qué rol ocupan los “patitos feos” de los que usted habla en su libro entre los cisnes negros y los cisnes verdes?

—Explican un concepto muy simple. Nace del cuento de Hans Christian Andersen que muchos conocen. Lancé el concepto en Copenhague, donde él vivió. Hay muchas cosas que parecen muy extrañas, raras e insensatas. No encajan con nuestra visión actual de la realidad. Cuando en 2003 se lanzó Tesla se hablaba de que cien años antes hubo autos eléctricos y no habían funcionado. Tesla fue un patito. Vemos cada vez más, en diferentes sectores y diferentes geografías, a este tipo de empresas de aspecto muy extraño en cuanto a tecnología y modelo de negocios. Son casi como mutaciones. La evolución se sostiene en ellas, las necesita. Esa es la idea. Pero un patito feo puede llevarte a una realidad de cisne negro. Puede generar una forma muy diferente de arma de guerra bacteriológica increíblemente eficiente o llevar a que los microbios sean utilizados para regenerar las tierras de cultivo. Son innovaciones con un potencial que puede ser exponencial. Depende de nosotros que vayan hacia el verde o el negro.

—Dijo que “a menudo malinterpretamos la naturaleza, asumiendo que solo utiliza la competencia para la evolución, cuando la verdad es que el mundo natural se ocupa en gran medida de la colaboración-simbiosis”. ¿Qué se puede aprender del mundo natural en lo humano?

—Los capitalistas saben que la naturaleza está roja de dientes y garras. Es sangrienta. Todo mata a lo demás. Lo que no reconocen es que gran parte de la naturaleza y del mundo natural están impulsados y apoyados por la simbiosis o por especies que trabajan juntas. Este mensaje debe transmitirse en la educación sobre gestión. Vivimos una realidad económica en la que la capacidad para trabajar juntos será crucial. Hay otro ámbito en el que la naturaleza puede ser maestra. Estuve seis años en el consejo del Instituto de Biomímesis, creado en Estados Unidos por Janine Benyus. La biomímesis es el estudio de las formas de vida naturales y sus materiales. En los aviones, por ejemplo, se pueden utilizar materiales similares a la piel de tiburón en el fuselaje para reducir el consumo de energía. La biomímesis será tan importante para la segunda mitad del siglo XXI como lo han sido la física, la química y la biología en los últimos 150 años.

—¿Existe algo así como “polarización” o “grieta” en el mundo natural?

—Hay brecha entre el mundo natural y nuestra realidad, cada vez más centrada en las ciudades. Estamos divorciados del mundo natural, algo muy peligroso. Uno de los grupos en los que participo activamente se llama Coalición de Servicios Inteligentes. La idea es devolver la naturaleza a las ciudades, no simplemente porque se vea bien y se pueda tener fauna y lo demás, sino porque promueve una mejor calidad del aire, reduce las temperaturas en un momento en que no dejan de subir, sobre todo en las zonas más pobres que son las más densamente pobladas. La polarización está ahí. La gente más joven está mostrando quizás más interés que la anterior. No sé si durará. La educación en ciencias naturales es muy importante. En algunos países se enseñan menos. Y eso es un riesgo. Todos los ciudadanos deberían entender el mundo natural lo suficiente como para saber qué comprar y qué votar. Si nos volvemos más analfabetos en materia de medio ambiente, lo pagaremos más pronto que tarde. Lo que vemos en Australia, California o Brasil pasa en todas partes y la gente de a pie está pagando el precio.

—¿Qué diferencias hay entre las ONG y las empresas B?

—Hay un enorme espectro de enfoques en el mundo de las ONG. Por ejemplo, la organización Planeta Tierra tiene unos 250 abogados. Son una ONG, una organización benéfica, pero utilizan la ley en todo el mundo. Ahora se trasladan a China y ayudan a ese país a redactar su legislación medioambiental y a formar fiscales. Están cerrando cientos de centrales eléctricas de carbón en Europa y se trasladan a Asia para cerrar miles de centrales eléctricas de carbón. Hay gran variedad de personas dedicadas a la empresa social, el cuidado de la comunidad y aspectos diferentes. Las empresas B son negocios. Su objetivo es obtener beneficios. Tienen ánimo de lucro, pero al mismo tiempo pretenden servir a la agenda más amplia esbozada en el triple balance de resultados. ONGs y empresas B son complementarias. Tengo amigos que trabajan en ambas y son increíblemente importantes.

—Argentina se encuentra en una severa crisis económica. Uno de sus problemas más graves es el de la falta de divisas que ingresan por exportación. Hay cuatro ejes de un posible desarrollo, según coinciden los economistas: el yacimiento de Vaca Muerta, que obliga a una explotación del recurso del gas no convencional, la soja transgénica, establecer criaderos de cerdo para exportar su carne a los países orientales y la minería a cielo abierto y la explotación del litio. Todos son cuestionados desde el punto de vista ambiental. ¿Qué les recomendaría al presidente de la Nación y al ministro de Economía?

—Solo estuve en Argentina una vez. Estuve más en otros países sudamericanos. No conozco en profundidad la situación. Pero tiene un historial de crisis financieras. Parte de eso se debe a la política y la institucionalidad. Un manejo inadecuado, por mucho que ganen con las exportaciones, impide que haga sostenible un conjunto de resultados sostenibles. Es cierto que esas cuatro oportunidades son bastante poco atractivas. El litio tendrá una enorme demanda en todo el mundo a medida que el sector de los vehículos eléctricos despegue. No habrá más remedio que invertir en ese sector y aprender a hacerlo de la mejor manera posible. Es difícil ver a un país como Argentina rechazando ingresos como el de la exportación de carne, pero creo que debería prestar cada vez más atención a un reto diferente, el de la biotecnología para sustituir los alimentos animales. Si gobernara la Argentina, estaría prestando mucha atención a dónde va la tecnología. Pero, por desgracia, quienes estuvieron durante cientos de años exportando carne animal, incluido mi país, no son los más preparados para el cambio. Podría dar más consejos. Pero tengo la sensación de que no sería escuchado.

—El presidente de Argentina propuso que el canje de deuda por clima debería ser una mecanización capaz para el tratamiento de la deuda. ¿Es este intercambio viable?

—Veremos un número creciente de gobiernos que intentan chantajear al resto del mundo. Creen que deben ser retribuidos por salvar el mundo. Es necesario que haya transferencias de riqueza de los países más ricos a los menos ricos. Pero además hay que transferir conocimientos. Las soluciones basadas en la naturaleza serán fundamentales para intentar controlar la emergencia climática. Argentina posee recursos terrestres abundantes, como sus recursos costeros y marinos, equivalentes a las selvas tropicales en términos de captura y almacenamiento de carbono. Argentina podría construir un sector de soluciones basadas en la naturaleza o un conjunto de industrias sobre eso. Pero no se trata de un chantaje al resto del planeta. Vemos en Asia y África que algunos gobiernos adoptan ese tipo de línea. No ayuda. Argentina tiene una oportunidad, pero debe abordarla con una visión a muy largo plazo y el compromiso de invertir adecuadamente en soluciones basadas en la naturaleza.

—¿Hay responsabilidad social corporativa sobre la distribución de las vacunas contra el covid-19 a nivel global?

—La respuesta sencilla es sí. Al igual que el cambio climático, la pandemia es un reto que solo puede resolverse de manera global. Si no se soluciona en todas partes, sigue estando. Es desafortunado que las vacunas fueran desarrolladas por empresas privadas. No es casualidad, porque suelen ser más innovadoras, aunque a menudo se basan en la ciencia y la tecnología del sector público. Son los gobiernos, y no esas empresas, quienes deben decidir si las vacunas se comparten. La Unión Europea, por ejemplo, acaba de llegar a un acuerdo con una gran empresa farmacéutica norteamericana para producir miles de millones de dosis de vacunas. Para participar en lo que cada vez más se llama diplomacia de las vacunas. Se compra el apoyo de diferentes países dándoles vacunas. Hay una responsabilidad. La cuestión es cómo ponerla en práctica.

—¿Hay cisnes verdes en la industria farmacéutica?

—La respuesta es sí. Los cultivos de soja pueden ser modificados genéticamente, y tienen que serlo. Pasé 15 años trabajando con empresas de biotecnología. No me fío de todo lo que hacen. Pero la ingeniería genética es la tecnología que deberemos utilizar para mejorar los cultivos para hacer frente a las tensiones del cambio climático. En el área farmacéutica, lo que estamos utilizando como biotecnología está en las técnicas de ingeniería genética. Por eso pudimos llegar a las vacunas tan rápidamente. La industria farmacéutica es enormemente importante. A medida que aumenta el número de habitantes en este pequeño planeta, tendremos que encontrar formas de garantizar que los productos médicos que se producen se distribuyan de forma adecuada y accesible para la gente.  Es una cuestión de política gubernamental. Incluye no solo obligar a dar vacunas, sino también resolver dónde y cómo un país en particular puede desarrollar la capacidad de hacer cosas que tendrán que hacerse en un futuro que será complicado.

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