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Intervenciones salvajes que rescatan

Tenía el mandato de nacer como Andrea, pero resultó ser Andrés. La crisis de identidad que se resuelve con una palabra verdadera.

Iba a ser Andrea, me dijo en un tono grave y risueño, pero tuvieron que ponerle Andrés. Andrés tiene cuarenta años y consulta porque quiere tratar un tema que lo angustia: “las mujeres”, su dificultad de sostener una pareja en el tiempo. De manera racional, me advierte que no quiere volver al pasado, hablar de su niñez para tratar este tema.

Es frecuente escuchar en algunas personas que solicitan ayuda de un profesional de la salud mental, manifiestar no querer remitirse al pasado para trabajar sobre el síntoma que los convoca a un tratamiento, aún cuando ese profesional sea un psicoanalista.

Pero resulta asombroso ver como después de pocos minutos de estar sentado frente al analista, sin que éste le pregunte nada de nada, traigan algún recuerdo o referencia a su niñez.

Tal es el caso de Andrés que, tirando la piedra y escondiendo la mano, me cuenta que iba a ser Andrea desde el comienzo de la entrevista, confirmando y resignificando a la vez, su motivo de consulta: el venía a hablar de mujeres, de eso no cabía la menor duda.

Andrés es el hijo menor de una pareja que buscaba fervientemente una hija mujer. Desde el inicio del embarazo de la madre, sólo por deseo, le atribuyen el sexo femenino y le asignan un nombre, Andrea, esperando su llegada como las flores, hacia fines del mes de la primavera. Para ese entonces, no existían las ecografías donde los padres podían ir haciéndose a la idea que Andrea podía ser Andrés, y que la flor, que tanto esperaba la madre, podía llegar a ser un “flor de cactus”, como tantas veces ella hacía mención cuando le relataba la dura historia del nombre (hombre).

Andrés cuenta que al nacer, lo único que sus padres pudieron hacer ante semejante decepción, fue intercambiar la letra “a” por la “s”. Nada más.

Su madre lo definia como un niño tan lindo que parecía una mujer. A pesar de su disconformidad, le cortaba el pelo como a una niña resaltando aún más su perfección. Recuerda haber caminado en puntitas de pie, mientras su madre embelesada decía que caminaba como una bailarina clásica.

No obstante, esmerado por demostrar interés por el sexo femenino, cuenta que desde los cuatro años, en los paseos de compra junto a su madre, solía tirarse al piso para ver por debajo de las polleras de los maniquíes. En contraposición, también recuerda haber tenido una voz demasiado suave que, en conjunción con su imagen, prestaba a la confusión.

Con este último relato, puesto en palabras por primera vez en la entrevista, aparece algo muy guardado y determinante en la asunción de su masculinidad: Una tía muy querida, que vivía en el campo y que lo veía esporádicamente, sin filtros ni edulcorantes interviene mientras hablaba con él y le dice: “¿Andrés, por qué hablas como una nenita?, ¡vos sos bien machito!”, rompiendo el hechizo del deseo de la madre.

Un niño, ya desde su concepción, desde su vida intrauterina, está inmerso en el universo del lenguaje. Al nacer, llega a una constelación familiar que lo antecede y, en el mejor de los casos, lo espera. Esta constelación es un entramado de relaciones: amores, desamores, ideales, secretos, etcétera. Lo fundamental es a qué lugar de este enjambre ha venido el recién nacido.

Tal es el caso de Andrés, que respondiendo al deseo de los padres, asume una posición femenina para cumplir con el ideal. Pero por esas cosas de la vida, dentro de esa caja de Pandora que son las constelaciones familiares, se encuentra con esta Tía del campo que, como solemos decir los analistas cuando una interpretación se realiza fuera del contexto de una sesión, con una pregunta casi analitica y muy salvaje acerca de su forma de hablar, lo conmueve de ese lugar del deseo de los padres y lo interroga acerca de su subjetividad.

Tengamos en cuenta que ser padre tiene que ver con tener deseos propios y diferenciarlos de los de los hijos pero sin dejarlos solos en el camino. Ahora, para quien si sienta que se ha quedado solo, hay rescates. Pero habrá que animarse a hablar.

Por Paula Martino – Noticias

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