Incompatibilidades que apareja la grieta Por Alberto Asseff

Hace alrededor de un año le pregunté a Jaime Durán Barba, al final de una comida con una veintena de dirigentes, si sus diagnósticos – tan útiles para ganar comicios – también servían para gobernar bien. Cometí el error táctico de formularle otro interrogante simultáneo sobre el rol de la mujer en el mundo, asunto que el consultor había abordado en su disertación previa. El asesor del presidente se extendió en la respuesta sobre la mujer, pero omitió totalmente contestar sobre la gestión de gobierno o, como dicen los españoles, sobre la gobernanza.

En esa elusión del principal consejero se detecta una de las claves para enunciar la primera incompatibilidad que genera la grieta realmente honda que divide a la Argentina: con ella mediante no se puede gobernar, no digo bien, sino virtualmente es imposible la mera gestión. Porque cualquier decisión, sea apelar al sistema público-privado para inversiones viales o sea para examinar las pensiones por invalidez – que patentizan índices disparatadamente superiores a los de países beligerantes con 100 millones de heridos y mutilados – o para formalizar convenios de productividad o de presentismo, dispara un estentóreo y presunto debate ideológico en el cual los detractores esgrimen una artillería de reproches y anatemas, comenzando por esa pieza de museo arcaico que es enrostrar de oligarcas a los antagonistas.

La grieta es incompatible con las reformas. Todo el país está desconforme, pero la mitad – siendo mezquino con el porcentaje, pues creo es mayor – enfrenta cualquier cambio, desde la bicisenda hasta evaluar los resultados educativos. El verbo racionalizar es inconjugable en el país. Ni hablar de su congénere gramatical economizar. Obvio, honrar es verbo prohibido. No se puede honrar la administración pública pues quien lo hiciere sería tachado de, como mínimo, llegado de otro planeta. Tampoco se puede honrar la ley y los contratos, porque eso es de antiguos. Es para el Museo Arqueológico. Hoy, esta contemporaneidad, goza infringiendo leyes, normas, contratos, palabras empeñadas, promesas electorales. Para colmo, como al decir del llano ‘todos roban’, quienes no lo hacen ni siquiera son reconocidos porque se los introduce en la misma bolsa de estiércol. Desconfianza funesta.

La grieta es incompatible con el progreso porque la mitad que aspira a los cambios pugna con su contraparte conservadora, esa que considera intangibles hasta las consignas que se enarbolan hace décadas. Nosotros estamos anclados en ideas anacrónicas que ya se agitaban en tiempos, por ejemplo, en que China y Corea eran países pobres, aldeanos, que sobrevivían en la economía de subsistencia, digamos 60 años atrás. Acá, un sindicalista puede declarar por la radioemisora de mayor audiencia que “productividad es equivalente a explotación” y el periodista deja pasar esa aseveración sin introducir la reflexión crítica y docente que debería serle inherente. El marxismo sucumbió por implosión y hasta Cuba está dando pasos para dejarlo en la historia. Entre nosotros la dialéctica que engendró sigue vivita y coleando y rige en muchas universidades y por supuesto en el nivel secundario. En algunos asuntos, como la ideología de género, ya se afincó en la salas de dos años. Y en la política, buena parte sigue aferrada a ella.

La grieta es bidireccional en su influencia para obstaculizar la gobernabilidad del país. Impide cambios estructurales y obstruye – afortunadamente – volver al populismo. Nos estanca en un empate. Fogonea la ya insufrible decadencia argentina, único país del planeta que contrajo su economía – y sus indicadores socio-culturales –  en el promedio del último medio siglo. Por eso la grieta acarrea un sombrío pronóstico: podríamos ser el país fallido más grande del mundo y el más inexplicable desde la teoría.

La grieta empece a que convengamos doce Políticas de Estado: Educación para el futuro, de alta calidad; Equilibrio fiscal con refuncionalización del Estado, abarcando a la Justicia, gran responsable de la impunidad-corrupción que devasta al país; Reforma Política para reforzar la participación, la transparencia, el mejoramiento de la capacidad de gestión; Nuevo sistema de menos y mejores impuestos, con nula elusión y mínima evasión; Cambios Previsionales, para incrementar los haberes con sustentabilidad sistémica; Reforma laboral para que emplear sea una alegría empresaria – porque implica expansión –  y de la familia trabajadora –ya que es el pan ganado con el trabajo – y no un suplicio que puede conducir al quebranto y a quedar en la calle; Convenios de productividad en toda la economía, incluyendo los servicios públicos  y privados; Programa orientativo – nada de planes soviéticos – para reutilizar los recursos humanos y materiales hoy ociosos, comenzando por las Pymes; Política poblacional abarcando una estrategia para distribuir armónicamente los habitantes en la vasta geografía nacional, comprendiendo una política inmigratoria benéfica; Rehabilitar la Defensa Nacional en tiempos de escasez, pero también de ineludibles necesidades en esa área; Consolidar las instituciones por encima de los vaivenes partidarios; y Restaurar – como la gran batalla cultural de la Nación – la cultura del trabajo.

Naturalmente, la grieta tiene un sitio donde debe desaparecer primero: la política internacional. Inadmisible que esa estrategia sea manipulada ideológica o partidistamente. Y que zigzaguee.

La libertad económica no puede discutirse más. La propiedad e iniciativa privada tampoco. El Estado no se ausentará por ser racional. Al contrario, será mucho más eficiente en la ejecución de sus funciones irrenunciables e indelegables. Abandonaremos alardear de ‘políticas públicas’. Se realizarán.

Los desequilibrios fiscales que nos golpean con cíclicas crisis no son una perversidad ni una maldición, sino el resultado de nuestra inmadurez con sociedad y de nuestros lamentables (des) gobiernos. No hay mano ‘imperialista’, sino chapuza vernácula. Eso sí, ante tanto autodesdén, obvio que los foráneos se aprovechan como cuando expolian el Mar Argentino.

La grieta torna imposible el diálogo hasta con los que piensan parecido o igual. Así la paz y el orden social se desploman. Devienen en vana ilusión.

La grieta no sirve. Hay que empeñarse en mandarla al Museo de Arqueología como su pieza más reciente.

*Exdiputado nacional y presidente del partido UNIR

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