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Estados Unidos, China y los desafíos para América Latina

Quien piense en el futuro de Latinoamérica deberá procurar analizar la naturaleza más profunda de la disputa que actualmente se plantea por el liderazgo global entre los Estados Unidos de América y la República Popular China y, para ello es necesario dilucidar las diferencias entre las concepciones geopolíticas y tecnológicas entre ambos colosos.

El panorama internacional, en ese sentido, está hoy más claro que nunca: Estados Unidos profundiza en la gestión actual del Presidente Joe Biden quien acelera las bases de la política reindustrializadora heredada del ex Presidente Donald Trump para no depender del poder de  China en áreas clave de su desarrollo tecnológico, especialmente en la fabricación de los chips semiconductores que se utilizan no sólo en los dispositivos para uso civil, sino también militar.

La dependencia de Estados Unidos respecto de los semiconductores chinos ha crecido exponencialmente en los últimos años, y el protagonismo de la potencia oriental es un llamado de atención para el juego geoestratégico de los norteamericanos: dejar en manos de los chinos nada menos que el suministro de materiales y de productos básicos para el desarrollo de tecnología es un riesgo inadmisible. El proyecto de innovación tecnológica supone la confirmación de un giro en la política industrial que ya había comenzado hace cuatro años. No es casual que China haya reaccionado: “Nos oponemos firmemente a que Estados Unidos trate a China como enemigo imaginario”, fue la respuesta del comité de Asuntos Exteriores de la Asamblea Popular Nacional -órgano legislativo chino-, que expresó su “firme oposición” a una ley ya aprobada por el Senado americano, que llega en esta semana a la Cámara Baja con fuerte apoyo demócrata y republicano por igual. Por su parte Xi Jinping que reúne en su persona los cargos de Secretario General del Comité Central del Partido Comunista Chino, Presidente de la Comisión Militar Central y que desde marzo del 2013 ejerce como Presidente de la República Popular China, no se quedó de brazos cruzados, e instruyó a los suyos para acelerar el camino hacia la total autosuficiencia tecnológica, que en el caso chino tiene que ver con ir más allá de la tecnología esencial y acelerar la carrera de producción tecnológica hacia los chips de tercera generación, en los que Occidente, por el momento, lleva la delantera.

Por eso la decisión de no distraerse con peripecias y laberintos ideológicos no es sólo acertada para las naciones occidentales, sino también imprescindible para entender el pragmatismo del avance chino. Estados Unidos comienza a librarse del corsé neoliberal del siglo pasado, que bajo el lema clintoniano “es la economía, estúpido” daba fe, con excesivo optimismo, al dogma del Mercado como árbitro exclusivo del orden internacional y a la estrategia libremercadista de los años de Reagan como factor excluyente a la hora de imponer su poder económico a una economía global que, desde la caída del régimen soviético, manejaba a su antojo.

La prospectiva china, con sus planes quinquenales y su abandono de la retórica socialista en favor de un sistema mixto –Estado autoritario, mano de obra barata y un incipiente sector privado férreamente controlado por la élite nacionalista y ortodoxa ligada al partido único- pronto llevó el eje del proceso capitalista al océano Pacífico y puso en evidencia que, sin prácticas de autosuficiencia y de afirmación de la seguridad nacional por parte de los líderes occidentales, no habrá modo de frenar las incipientes ambiciones de expansión global por parte de Beijing. La realidad ha obligado al Presidente Biden a seguir moviendo las piezas del tablero geopolítico en la lógica iniciada por Trump. Según la óptica más ortodoxa de los republicanos ya es demasiado tarde para frenar la dinámica de la maquinaria tecnológica e industrial china, y la actual reacción demócrata es tal vez tardía, pero las cartas están sobre la mesa y sus congresistas apoyarán el “Proyecto de Innovación y Competencia 2021”.

El panorama es, entonces, más cristalino que nunca para nosotros. La consecuencia de esta batalla entre los colosos del escenario global, China y Estados Unidos, presupone también un cambio para las economías emergentes. China ya tiene espalda suficiente como para imponer sus políticas en su eje de influencia, lo cual derrumba la imagen bienpensante que había imperado en los últimos años, que auguraba un futuro multipolar. No podemos asegurar que vuelva a repetirse el escenario de la Guerra Fría, con dos bandos claramente diferenciados, pero está claro que ningún estado nación de pequeñas dimensiones podrá negociar satisfactoriamente sus intereses sin una estrategia de bloque regional.

La primera lección para la América Latina, sin embargo, es la de confluir hacia esa unión continental sin los tintes ideológicos del romanticismo setentista ni tampoco de los apotegmas libremercadistas sin la capacidad de la Planificación Estratégica propia de los Estados Nación  que de modo pragmático y realista aúne esfuerzos de cooperación económica y científica en función del desarrollo de los lineamientos tecnológicos estratégicos comunes para nuestra región, emulando la misma fórmula del pragmatismo que guió primero a Beijing y ahora a Washington en la carrera tecnológica global. Necesitamos una dosis de Real Politik impenitente porque aún estamos a tiempo de eludir el destino que nos ha sido asignado por las potencias centrales en el siglo pasado. Emular el buen juego y excelencia de las potencias protagonistas del nuevo siglo es defender, desarrollar y potenciar nuestros recursos naturales, humanos y tecnológicos, para proyectarnos con solvencia al juego del posicionamiento geoestratégico en pie de una futura y posible igualdad entre los principales actores globales si Latinoamérica finalmente planifica, coopera, desarrolla y finalmente juega en bloque.

El desafío no es sólo para nuestras instituciones gubernamentales, sino también para el sector privado que conjuntamente con las organizaciones no gubernamentales deben cooperar mancomunadamente para construir un futuro común en base a un desarrollo regional a la medida de nuestras identidades culturales, valores religiosos y tradiciones propias de nuestra herencia histórica, dado que para formar parte del juego global es necesario que no olvidemos nuestro lugar del mundo. El valor agregado local que, en definitiva, nos constituye. Dicho de otro modo: ser optimistas en el corto y el mediano plazo como siempre lo hemos sido respecto del futuro que auguramos para la región, pero conscientes de que la ciencia y la tecnología, en el siglo actual, no son sólo una cuestión de crecimiento para los estados, sino también de lisa, llana y cruda supervivencia del más apto. Lo demás es cuento chino.

Por Fernando León

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