En tiempos del 5G, el General sigue teniendo razón Por Jorge Argüello

La vigencia de las ideas de los grandes líderes históricos se pone constantemente a prueba, pero hay veces que las evidencias son tan contundentes que es mejor dejar de discutirlas, traerlas a la actualidad y ponerlas en práctica.

Es el caso de la popular noción que esbozó en 1953 el entonces presidente Juan Domingo Perón, cuando reflexionó sobre lo que le esperaba a la región en el próximo siglo si no privilegiaba sus intereses comunes frente a los grandes bloques de poder mundial: “unidos, o dominados”, sintetizó con su clásica elocuencia.

Guerra Fría. Impresionan todavía las circunstancias en las que lo expuso: un discurso en la Escuela Nacional de Guerra distribuido entre los asistentes bajo el rótulo de “reservado”, en un contexto en el que Estados Unidos definía como un “peligro” la creación de un bloque sudamericano como el que Perón proponía desarrollar a partir del embrión económico “ABC” (Argentina, Brasil y Chile).

El mundo desde el que Perón avistó el siguiente siglo asistía al nacimiento de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Después, se levantó y cayó el Muro de Berlín, llegó la globalización y el “fin de la Historia”. Más adelante, el mundo se volvió multipolar y emergió China. Hoy, la economía se organiza en cadenas globales de valor al ritmo de gigantes compañías digitales y la obsesión de las potencias se llama 5G. Nada de eso pudo ver Perón … pero siguió teniendo razón.

En nuestros días, ya no se disputa tanto la hegemonía ideológica como la tecnológica. Aún así, esta realidad mundial encuentra a América Latina con las tareas pendientes desde hace décadas y ante el mismo viejo dilema: unirse, o terminar dominada, ahora, bajo esas nuevas lógicas de poder global.

Resistir o construir. De regreso en Argentina, en 1973, volvieron a preguntarle a Perón sobre el asunto. Retomando los conceptos centrales de su discurso de 1953, el viejo líder puso como ejemplo para probar su vigencia la creación de la CEE (hoy Unión Europea), y su capacidad para lidiar con la hegemonía comercial y económica estadounidense.

El proceso europeo tiene dos momentos. El primero, trascendente, pero defensivo: alejar el fantasma de más guerras y borrar las causas de disputa, incluso las económicas, con la explotación común del carbón y del acero. El segundo es más prolongado, complejo y llega hasta nosotros: la construcción de un futuro de progreso sustentado en intereses compartidos, traducido a leyes e instituciones.

Después de la noche de dictaduras que vivió la región, con toda posibilidad de acuerdos aplastada por la dinámica de la Guerra Fría, avances como los del Mercosur parecieron revivir en los 80 el sentido práctico y con futuro del ideario de Perón.

Dos décadas después, el grito del “No al ALCA” de 2005, que generó una primavera de unión latinoamericana florecida en la Unasur, se caracterizaba todavía por una impronta defensiva, con más de resistencia que de construcción.

Hoy, sin los precios convenientes para las materias primas de los 2000, las guerras comerciales desatadas entre las potencias, en un contexto de recesión económica global, tientan a nuestros países con un sálvese quién pueda de pactos unilaterales, que nos vuelve más dominados que unidos.

Entonces, ¿cuáles son los activos de los que dispone hoy toda América Latina para recuperar sus posibilidades reales de unidad en el siglo XXI globalizado, sin traicionar ni su identidad ni su historia de luchas por la independencia?

Dicho de otro modo, ¿cómo resolvería hoy Perón el dilema central que él mismo postulaba hace más de seis décadas?

Prendas de unión. La desigualdad que trajo la evolución neoliberal del capitalismo en las últimas décadas –incluso en las sociedades más ricas– pone en jaque las democracias que tanto nos costó recuperar en la región, como se ha visto recientemente, y obliga a repensar los caminos comunes del desarrollo.

Así, por ejemplo, la región podría pactar una explotación inteligente y más sustentable de sus grandes recursos naturales (alimentos y energía), para hacer de ellos un preciado valor de cambio ante las demandas de economías más desarrolladas, y no solo un factor de subsistencia a corto plazo.

Ese acuerdo ayudaría luego a superar la primarización de nuestras economías, con la generación de valor agregado que ya logró reposicionar a otras regiones de la periferia, como Asia, y neutralizar a la vez un impacto sobre el ambiente que nos puede golpear de lleno y sin fronteras, en el contexto de la emergencia climática.

Ahora bien, eso necesita condiciones. Primero, una estrategia común que deje atrás la obsesión por unirse bajo uno u otro tipo de acuerdos comerciales –que pueden coexistir y converger sin tanto conflicto del Atlántico al Pacífico– y se concentre en obtener las inversiones en tecnología e infraestructura a gran escala que necesita hoy la región para dar un salto al desarrollo con inclusión social.

La segunda, una calidad de liderazgo con ideas como el que ofrecía Perón. Uno capaz de mantener la mirada fija en la independencia regional mientras consigue lo que necesita sin caer en los brazos de una u otra potencia hegemónica ni librar las guerras de otros. Capaz de hacer valer lo que somos: una zona de paz, un mercado con gran potencial, dueños de recursos humanos de gran proyección.

Para Perón, la unión era una suma de conexiones: había que empezar por una, el resto se daría con el tiempo y los acontecimientos.

Aunque falten –y algunas corran el riesgo de cortarse en estos días– la región estableció muchas y buenas. Solo hay que multiplicarlas sin descanso.

De eso se trata.

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Argentina, Brasil y Chile. El 2000 fue muy diferente del que imaginaron Juan Perón y el presidente chileno Carlos Ibáñez del Campo, junto a Getúlio Vargas.

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