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Cristina busca una salida

“Yo tengo una salida”, le escucharon decir a Cristina, en referencia al 2023. El llamado de Blinken y la propuesta de Rossi.

El martes al mediodía, Alberto Fernández, Santiago Cafiero y Jorge Argüello decidieron en la residencia de Olivos que Argentina iba a votar en contra de Rusia en las Naciones Unidas y se iba a sumar al bloque de países que aprobó la suspensión del gobierno de Vladimir Putin en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU. En represalia por la invasión a Ucrania y las “violaciones y abusos graves y sistemáticos”, de acuerdo al diccionario que Estados Unidos sólo utiliza para operaciones ajenas, el Presidente dio un paso más en el alineamiento con Biden y se desdijo de lo que él mismo pregonaba, antes de la guerra.

Al caer la tarde, sonó el teléfono del canciller argentino. El que llamaba, con inocultable satisfacción, era Anthony Blinken, que se había enterado 48 horas antes que el resto del mundo, de la decisión presidencial. Por alguna razón, Cafiero decidió esta vez no difundir esa comunicación. El secretario de Estado de Joe Biden no podía disimular el placer que le causaba haber sumado a la Argentina a la línea dura de Estados Unidos contra Putin. Fernández, que hace apenas dos meses se ofreció en Moscú como “puerta de entrada” para Rusia en América Latina, se plegó al voto de 93 naciones entre las que figuraban Colombia, Perú, Uruguay, Chile, Paraguay, Ecuador, Costa Rica, Guatemala, Haití y Honduras. Así se diferenció de Bolivia, Cuba, Nicaragua y 21 países que votaron en contra pero también de la postura de otros 58 que se abstuvieron, entre ellos el México de Andrés Manuel Lopez Obrador -uno de sus grandes socios regionales, en casi todas las votaciones- y el Brasil de Jair Bolsonaro. También se distanció de la postura de los BRICS, el bloque de países al que el presidente argentino pidió ingresar en febrero pasado, en sus encuentros con Xi Jinping y Putin.

El alineamiento de Fernández con Biden tiene repercusiones en varios terrenos a la vez y viene de la mano de otro pedido de Estados Unidos, el de expulsar a Rusia del G 20 en la cumbre que se hará en Indonesia a fin de año. En el frente doméstico, no hace más que profundizar la distancia con Cristina Fernández de Kirchner y sus seguidores. Aunque la vicepresidenta viene de recibir durante 90 minutos al embajador de Estados Unidos Marc Stanley, ni a ella ni a sus colaboradores les hace gracia enterarse de las decisiones de ¿su? gobierno a través de los medios de comunicación.

Al caer la tarde, sonó el teléfono del canciller argentino. El que llamaba, con inocultable satisfacción, era Anthony Blinken. El secretario de Estado de Joe Biden no podía disimular el placer que le causaba haber sumado a la Argentina a la línea dura de Estados Unidos contra Putin. 

Al margen de los obstinados celestinos que buscan tender puentes entre Olivos y el cristinismo, los mensajes públicos del ala presidencial y el sector que rodea a Cristina sugieren, día a día, que se trata de un ensayo terminado. La tensión interna se reedita a cada instante con declaraciones públicas sobre el rumbo que se debe tomar y dardos envenenados. Desde hace dos meses, cuando Máximo Kirchner renunció a ser jefe de la bancada oficialista en Diputados, ni CFK ni su hijo hablan con Fernández y solo quedan como puentes tan operativos como endebles Axel Kicillof y Eduardo De Pedro.

Aunque prima en las distintas tribus la postura de prolongar el experimento de la unidad hasta 2023 y nadie quiere ser el responsable de la fractura expuesta que le sirve a Juntos en bandeja el regreso al poder, las elecciones quedan en otro mundo. Con la inflación descontrolada y alimentos que se convierten en bienes suntuarios para las mayorías pesificadas, hacer planes a largo plazo es casi como escribir en el agua.

Todo vuelve a ser minuto a minuto. Fernández se mueve junto a un grupo de confianza dominado por el randazzismo sin Randazzo. A ese espacio, ahora se integra también Agustín Rossi, eyectado hace 8 meses en medio del cortocircuito general en lo más alto del Frente de Todos. Rossi llegó para los postres el martes en el que el Presidente, Cafiero y Arguello decidieron votar contra Rusia, pero figura como número puesto para un eventual cambio de gabinete después de Semana Santa. Parte de un malentendido en espiral, el ex ministro de Defensa era el candidato de Cristina para reemplazar a Cafiero después de las PASO, pero Alberto obturó esa posibilidad. Un año después, su nombre regresa como variante de un andamiaje en el que no sobran nombres con experiencia que generen consenso y estén dispuestos a jugar en el marco de un gobierno loteado, dividido y con un ánimo inestable. En sintonía con parte de los movimientos sociales que integran el FDT, el rosarino le acaba de proponer al Presidente que lance un Ingreso Básico Universal.

Mientras tanto, en el Instituto Patria, proyectan una escena en la que Fernández aparece, más que ensimismado, entre perdido y desenfocado. Distraído en cuestiones secundarias y sin acertar ni siquiera cuando define prioridades. Tres semanas largas después del anuncio de guerra contra la inflación, el gobierno tiene apenas una lista ampliada de precios cuidados. En el medio, alertados por las medidas que no llegaron, las empresas aprovecharon para desatar un nuevo festival de aumentos.

Con precios de guerra y alza de los commodities, el tema figura en primer lugar en todas las mesas y se potenciará como nunca el miércoles que viene, cuando el INDEC difunda una cifra récord que tiene pocos antecedentes recientes. Mientras en las oficinas de gobierno, hablan de la inflación como si se tratara de un paciente en estado crítico, a los intendentes del conurbano bonaerense les preocupa el impacto del precio privativo de los alimentos en los barrios.

Primero, la inflación global que sobrevino tras la pandemia y después la guerra en Ucrania hicieron volar por los aires las previsiones de Martin Guzmán en el Presupuesto que la oposición rechazó y preveía una inflación de 33% para este año.

En los dos primeros meses de 2022, la inflación se ubicó en el 4% mensual. Según el centro de estudios IDESA, se trata de una cifra que anualizada llegaría al 60% anual y en el caso de los alimentos, que vienen creciendo al 6% mensual, ascendería al 100% anual.

Frente a ese cuadro, el cristinismo cuestiona a Martin Guzmán y Roberto Feletti se declara impotente desde un área que le otorga atribuciones limitadas. La preocupación es general y hasta entre los empresarios amigos que le quedan al gobierno, hablan de un gabinete “inmovilizado y aterrorizado” que se queda sin herramientas para frenar el espiral inflacionario.

La mejora en la actividad, la reducción de una pobreza que afecta al 37,3% de la población y los números de empleo -que crecen a niveles prepandemia pero ajustan muy fuerte por ingreso- quedan opacados por el cuadro general de una sociedad que corre para llegar a fin de mes. Antes que nadie, los votantes del kirchnerismo histórico y los que compraron con ilusión la marca del Frente de Todos. A ese universo, que las organizaciones sociales representan en forma parcial, el oficialismo no sabe hoy cómo responder. El ministro Juan Zabaleta pretende borrarlos de las escena pública como si estuviera a cargo de Seguridad, Sergio Berni les promete la cárcel y Máximo Kirchner intenta contenerlos con señales y enviados propios.

La contracara de ese universo se puede ver en la otra punta de la pirámide social, donde hay sectores que agigantaron en tiempo récord sus márgenes de rentabilidad: algunos ya durante la pandemia y muchos otros con la recuperación de una economía, que muestra 18 meses de una recaudación que crece por encima de la inflación. No solo el ranking de la revista Forbes acaba de enumerar las ganancias ascendentes que tuvieron en el último año Eduardo Constantini -más U$S 300 millones-, Paolo Rocca -más U$S 200 millones-, Gregorio Pérez Companc -más U$S 200 millones-, Eduardo Eurnekian -más U$S 200 millones- y Alberto Roemmers, -más U$S 200 millones. 

Además, la pelea entre los distintos sectores por ver quién aporta en este contexto se filtró en los últimos días por las declaraciones de uno de los grandes empresarios que no habla casi nunca, Roberto Urquía, el dueño de Aceitera General Deheza. “Hay otros sectores que en Argentina pueden tributar tanto o más que el campo y que históricamente son intocables. Los bancos, los que a veces te hacen faltar el gasoil y otro que explora a cielo abierto, exporta mucho y recibe dólares libres del exterior… No tuvieron los cojones para tocar a esos sectores”, dijo. Urquía, que en 2019 apoyó a Alberto Fernández y lo llevó incluso como orador a la Fundación Mediterránea, rechaza el aumento reciente de las retenciones a las grandes aceiteras nucleadas en CIARA-CEC. Es una medida idéntica a la que había tomado Mauricio Macri en 2018 y opuesta a la que el Frente de Todos tomó en octubre de 2020, cuando decidió bajar la alícuota que ahora se eleva.

Según el último informe de la consultora Analytica, en el contexto actual, “la suba de 2 puntos sobre las retenciones de la harina y aceite de soja y de un punto sobre el biodiésel para subsidiar la cadena del trigo tiene lógica. Sin embargo, dice, el conflicto político de la coalición y la ausencia de un plan de estabilización conspiran contra la efectividad de las medidas del gobierno. Lo que Cristina Fernández pedía evitar en diciembre de 2020, que el crecimiento económico se lo queden tres o cuatro vivos, hoy es una realidad que admiten a su manera desde las propias familias del establishment.

Cómo intervenir en este contexto para rescatar a los ingresos del quinto subsuelo es lo que se debate sin acuerdo dentro del arco oficialista. Mientras el presidente concede un bono de 6 mil pesos para los jubilados y duplica la Tarjeta Alimentar a partir de mayo, la vicepresidenta acaba de primerear con su respuesta para la aldea que gobierna junto a Sergio Massa: una suma no remunerativa de 20 mil pesos para los 5000 empleados del Congreso que figuran en planta permanente. Al margen, quedan otros 5000 que figuran en planta transitoria y entre los que, según dicen los críticos de Norberto Di Prospero, también hay empleados que no superan la línea de pobreza, que el INDEC fija en 83.807 pesos (para una familia tipo pero sin contar el costo del alquiler).

En lo político, CFK encadenó dos apariciones con Massa en apenas cinco días y de muy buen humor, algo que no registra antecedentes. La imagen indigestó a los inquilinos de Olivos. Cultora del pragmatismo hasta que duela, la vice ya dio muestras de que intentará permanecer en el poder aliada a sus enemigos de ayer, si es necesario. Como si una zanahoria pudiera sostener la unidad, la eventual PASO de la que se habla podría incluir a Fernández, Massa, Eduardo De Pedro, Jorge Capitanich y Daniel Scioli. El ex motonauta es un optimista incorregible que volvió al país para vender la sensibilidad del Bolsonaro que le cede a la Argentina una cuota del gas que Bolivia le entrega de manera preferencial. Junto a los oficios de Scioli, hay que computar las lluvias en Brasil que atenuaron la crisis hídrica de un país que tiene una matriz energética mucho más diversificada que la de sus vecinos.

Dentro de la alianza de hierro que sostienen, Cristina tiene varias diferencias con Máximo. Según dicen en el cristinismo, el líder de La Cámpora se pregunta cómo contener a la masa de militantes que hizo una demostración de fuerzas impactante durante la marcha del 24 de marzo y piensa más en 2027 que en 2023. Kirchner hijo advierte que compite con Javier Milei en la franja de los jóvenes que rondan los 20 años y piensa que no puede entregar esa fuerza a una decepción como la que lidera Fernández.

Sin tanto tiempo para pensar a mediano plazo, CFK apunta al año próximo, en un ejercicio similar al que ya hizo en soledad mientras el gobierno de Macri daba sus últimos estertores. Los resultados de aquella apuesta por Fernández están a la vista. Después de las cartas y los cruces públicos, en las últimas semanas, los mismos que estaban convencidos de que iba a ser candidata en 2019 se sorprendieron con cuatro palabras que dicen haberle escuchado a la vicepresidenta: “Yo tengo una salida”. Electoral, claro. Si es que la tiene, es a mediano plazo y depende de que el gobierno supere la prueba ácida de la crisis múltiple y logre frenar el espiral inflacionario.

En la oposición, también apuntan al 2023 pero hacen circular versiones de un final inminente. Mientras Macri se ilusiona con reeditar su sociedad de gobierno con Donald Trump, Patricia Bullrich pasea por Estados Unidos con la ayuda de Gustavo Cinosi, ese gran amigo de Juan Manzur que es asesor de Luis Almagro y quedó lejos del círculo de Olivos cuando el primer Fernández se diferenció del apoyo de Estados Unidos al golpe en Bolivia. En Buenos Aires y antes de partir al receso de Semana Santa, Emilio Monzó organizó el asado transversal en el quincho de un Juan Manuel Urtubey que se aburrió rápido en España y abonó con vinos salteños la ilusión una avenida del medio que junte a radicales, peronistas y macristas. Dos ausentes hubieran querido estar en esa mesa en la que conocen a casi todos: uno es Horacio Rodriguez Larreta, el otro es el propio Massa.

Por Diego Genoud – LPO

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