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Cavallo elabora un riesgoso plan para que aplique Macri

En términos “maquiavélicos” podría decirse que aplicar la serie de reformas ideadas por el exministro de Economía para un segundo mandato del actual Gobierno equivale a “hacer el mal de a poco” en vez de hacerlo de un único y solo golpe como postulaba el florentino.

En su célebre obra “El Príncipe”Maquiavelo decía que “El Mal se hace todo junto mientras que el bien se administra de a poco”. Ese axioma tiene mucha lógica: si las medidas dolorosas se fueran tomando de a una -como equivocadamente hizo este Gobierno- los habitantes pueden percibir que se está en una escalada sin fin hacia lo peor. Por lo contrario, si el Príncipe probara ser demasiado bondadoso e intentara elevar el nivel de vida demasiado de golpe, se corre el riesgo de tener que retroceder rápido, en cuyo caso los ciudadanos quedarían desconcertados ante una sucesión sin fin de medidas tipo “prueba y error”. Mucho de esto parece estar ocurriendo calladamente en la política argentina en estos días. Pues bien, veamos: hace aproximadamente un trimestre el respetable economista Miguel Angel Broda anunció que Domingo Cavallo, con su ayuda, la de Ricardo López Murphy y la de Guillermo Calvo estaba preparando un plan económico para quien ganara las elecciones de este año que constaba de cuatro patas fundamentales: reforma laboral, reforma previsional, reforma educativa y reforma en el sistema de salud. Guillermo Calvo posteriormente negó estar colaborando con este nuevo “Plan Cavallo”. Las noticias se difundieron pero todo esto no se debatió en los medios de comunicación. Pasados dos meses, hace muy poco, el propio Miguel Angel Broda, sin demasiada cobertura periodística anunció, con gran beneplácito, que el Gobierno ya tenía en carpeta una reforma laboral y una previsional para el caso de que fuera reelegido. Y dijo además que si bien no le constaba, tenía entendido que bien podía tener en carpeta también una reforma educativa y otra en el sistema de salud. Entonces: si tiene cuatro patas, ladra, mueve la cola, parece perro y huele a perro, la conclusión es sencilla amigo lector: es un perro, como que dos más dos es cuatro. Es evidente que el Gobierno guarda con gran sigilo la adopción de medidas no precisamente populares para después de las elecciones en el caso de ganar.
El hecho de que el principal ideador de las mismas sea Domingo Cavalloprobablemente esté causando en este mismo instante gran consternación a una gran cantidad de lectores. Pero eso no es lo peor de la idea de implementar esta serie de reformas entre gallos y medianoches sin debate social alguno. El problema central de estas reformas encaradas desde el ala más ortodoxa de nuestro conservadurismo, caracterizado en muchos casos por ir a extremos que son desconocidos en una vasta cantidad de países, es que no parece haber plafond social para aplicar este tipo de reformas en el actual contexto económico argentino. Si consideramos que de Maquiavelo puede decirse cualquier cosa menos que no haya sido sabio en sus ideas, podemos encuadrar este tipo de reformas dentro de un marco deflacionario. Vale decir, hacer consistentes el nivel de salarios, jubilaciones, indemnizaciones por despidos, aportes a obras sociales y subsidios a la universidad pública con el resto de las variables económicas actuales. A nadie puede escapar que un ajuste deflacionario es mucho más doloroso, largo y de incierto final que uno que no tiene esas características. Es como intentar violar la ley de gravedad: se puede intentar saltar bien alto, pero siempre se vuelve al suelo… En términos “maquiavélicos” podría decirse entonces que aplicar la serie de reformas ideadas por Domingo Cavallo para un segundo gobierno de Mauricio Macri equivale a “hacer el mal de a poco”en vez de hacerlo de un único y solo golpe como postulaba el florentino. Es fácil entrever por qué: los salarios estarían sufriendo constantes presiones a la baja durante mucho tiempo: años enteros. Las jubilaciones también, las indemnizaciones por despido en su nivel agregado también verían reflejadas poco a poco esa presión a la baja, al igual, muy probablemente que los subsidios a la universidad pública y los aportes al sistema de salud. El nivel de vida de la población bajaría apreciablemente con este nuevo “Plan Cavallo”.
Se iniciaría una espiral descendente y recesiva en la economía que, lejos de volver a florecer, sería caracterizada por una especie de “recesión permanente” causada por el “ajuste permanente”. Vaya variante conservadora de la “revolución permanente” trotskista: y es que los extremos se tocan… conservadores extremos y trotskistas con la misma metodología… Y decimos conservadores y no liberales porque pareciera que el Gobierno de Mauricio Macri no busca que la economía crezca aplicando una ideología sino que pretende conservar la regresiva estratificación social actual caracterizada por dislates como subsidiar con fondos públicos la compra de automóviles de alta gama importados -sin aporte de trabajo argentino- mientras miles y miles de familias revisan contenedores de basura para comer. ¿Es eso liberalismo? No. Esa es la variante despreciable del conservadurismo.Al respecto, entonces, vale la pena meditar acerca de las críticas que le fueron propinadas a Alberto Fernández por decir -como quien dice que el rey está desnudo al verlo en ese triste estado- que el dólar está bajo. La verdad es que la economía argentina aún en medio de esta severísima recesión sigue teniendo déficit externo en la versión más abarcadora del mismo que es la cuenta corriente del balance de pagos. No es un déficit pequeño. Si hubiera una espontánea reactivación desde estos niveles de dólar real ese déficit se elevaría probablemente a no menos del 5/6 % del PBI. Vale decir que en estas condiciones, con este nivel de dólar, toda reactivación tiene patas cortas porque los inversores privados extranjeros no suelen financiar países con esos niveles de déficit en sus cuentas del balance de pagos. Y no lo suelen hacer sea quien fuere el presidente.Quien lo dude puede recordar como en 2018 se le cortaron a Mauricio Macri todas las fuentes privadas externas de financiamiento, y como solo muy parcial y tibiamente, y con el viento a favor de una buena cosecha se logró recomponer solo una parte de ese déficit que se constituye normalmente en un semáforo rojo a la entrada de capitales cuando supera el 3/4% del PBI.Vale decir entonces: ¿dijo o no dijo Alberto Fernández la verdad? Y al hablar también de un dólar sustancialmente superior al actual, ¿no estaba proponiendo acaso seguir el consejo de Maquiavelo de hacer el mal de un solo golpe? Uno podrá discutir cuál es la mejor metodología de recuperar tipo de cambio real.Hay muchos mecanismos que en diferentes variantes pueden ser exitosos. No necesariamente una fuerte devaluación es el mejor camino. Puede ser aconsejable otra alternativa. Depende. Pero no puede decirse que de sus palabras no se colija que Argentina debe recuperar rápidamente el sendero del crecimiento. Y que para crecer de una manera sana hay que exportar muchísimo más de lo que se exporta ahora. A propósito de ello, ¿no llama la atención al lector que este año Argentina, tras todo el caos contractivo de 2018 y 2019 esté exportando menos manufacturas industriales que en 2018? Y lo que es aún más llamativo: ¿cómo puede ser que no crezcan las manufacturas de origen agropecuario? Algo huele a podrido y no es en Dinamarca. Es en Argentina. La oportunidad de aplicar un plan conservador parece haber pasado. Se lo intentó y salió mal. ¿Vamos a intentar aplicar un plan diseñado por Domingo Cavallo con la careta de Mauricio Macri que conduce a la recesión permanente y al ajuste permanente? ¿Todo para sostener fuertes distorsiones en el tipo de cambio que claramente son marcadas por las cuentas externas del país? ¿Un terrible ajuste adicional en aras de qué? El Gobierno, víctima de un terrible mareo que le oscurece las ideas sigue desoyendo otra máxima de Maquiavelo para el Príncipe: “Quien es elegido Príncipe con el favor popular debe mantener al pueblo como amigo”. Si Maquiavelo está en lo correcto parece ser el momento de pensar que probablemente, más allá de lo que hayan dicho o digan las encuestas, estamos frente a un punto límite. A un verdadero “game over”.

Por Walter Graziano – Ambito

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