¿Casarse con una misma o seguir soltera?

En principio suena bien la sologamia. Nadie podría oponerse a un movimiento que impulsa a quererse a sí mismo y sentirse bien con la vida sin necesidad de una pareja. Parece una tendencia millennial, esa generación que no se puede relacionar bien con los demás porque está hiper conectada. La sologamia es una opción que empieza a ser atractiva para muchas mujeres y hombres que están marcando una posición: no necesito una pareja, soy feliz así, con mi amor propio. Luego vendrá la boda, el baile, las fotos, gran derroche vital de los sológamos. 

Los seguidores de esta práctica conocida en los últimos años como sologamia aseguran que su cultura reivindica que se puede estar bien sin medias naranjas. Abrazan la genial idea de que somos seres ya completos, que no necesitamos del amor romántico. ¿Pero no es casarse con una misma una vuelta al romanticismo rosa? ¿Por qué tenemos que estar todos casados? ¿Tan mal está estar solteros? Pareciera que hay una necesidad de etiquetarnos y ponernos un anillo en el dedo que nos marca como ganado en un mar de gente desposada. De esta manera no hay forma de existir fuera del sistema impuesto. Me niego. Creo que, como “Che Guevaras”, nuestra revolución debería ser abrazar la soltería (cuando sucede) y no ser la “opción B” dentro del matrimonio.

Costumbres extranjeras

Eso de gastarse un montón de plata en una fiesta de casamiento para leerte a vos misma los votos frente a un espejo sostenido por una ¿madrina de boda?, de lanzar un ramo para unir a otra al “club de los sológamos”, es de gente que no tiene preocupaciones. Son experiencias foráneas que nada tienen que ver con nuestra realidad, donde hacemos malabares para pagar los servicios mínimos.

Todo el tiempo nos llegan ideas enlatadas sin ningún tipo de adaptación o pensamiento crítico. Frases hechas como, por ejemplo, “tenés que salir de la zona de confort”. ¡Somos argentinos! ¡No tenemos zona de confort! Y si la encontráramos nos agarraríamos fuerte a ella porque nos pasamos la vida entera tratando de sobrevivir y no nos vendría para nada mal descansar un poco de tanto esfuerzo.

Pero acá estamos, todos opinando sobre la sologamia, que más tiene más que ver con el consumo, que con amarse a uno mismo. Yo me quiero pero no necesito ponerme un pasacalles para recordarlo o invitar a todos mis amigos para avisarles.

Sin embargo, no descarto que los salones de fiesta argentinos se pongan a celebrar la sologamia. También en nuestro país la idea de llegar a los 40 soltera todavía sigue pesando para muchas mujeres. Tal vez aferrarse a entrar en la norma, llevar el vestido blanco, contratar a una wedding planner (en muchos lugares ya ofrecen estos servicios), escribir los votos, hacer las tarjetas, estar en cada detalles mínimo del casamiento, ¿las haría más felices? Quizá los actos simbólicos, en este caso, recitar frente a una multitud: “me amo para siempre”, tengan más peso de lo que creemos.

¡Viva la soltería!

A mí me gusta la soltería, suena a suelto, a libre. Mientras que la sologamia implica “solo”. Los solteros no estamos nunca solos. Los humanos somos seres sociales, necesitamos redes de contención y de apoyo. No nos va bien solos. Por eso los solteros estamos rodeados de amor que armamos entre familiares, amigos, mascotas. No importa cuál sea el origen del amor, pero lo tenemos a doquier sin tener que encerrarnos en nosotros mismos.

¿Debemos responder a todos esos familiares que nos preguntan cuándo vamos a sentar cabeza? No les demos el gusto, que se paguen su propia fiesta. Nosotros seguiremos siendo orgullosamente solteros.

 

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