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Ginés González García: “Si tengo que decirle lo que pienso a Scioli, terminamos mal”

Ginés González García habla de los Juegos Evita y asegura que hay “maldad” en decisiones del Gobierno nacional 

El ex ministro de Salud de la Nación y de la provincia de Buenos Aires explica cómo los Juegos Evita nacieron por la relación entre el deporte y la medicina preventiva para miles de niños y adolescentes.

“Le pueden cambiar todas las veces que quieran el nombre, pero la gente siempre los va nombrar y sentir como los Juegos Evita.” Ginés González García dialoga una hora con Buenos Aires/12 sobre la  importancia de los Juegos Nacionales Evita en materia sanitaria. Pero también advierte un trasfondo de “maldad” en las decisiones del gobierno de Javier Milei y lamenta que hoy tenga como cabeza de lanza del desfinanciamiento de esta política al ex vicepresidente de Néstor Kirchner, Daniel Scioli.

En su despacho dentro la Universidad ISALUD, el ex ministro de Salud de la Nación en dos ocasiones y de la provincia de Buenos Aires durante la gobernación de Antonio Cafiero, condena las múltiples decisiones del Gobierno nacional en materia sanitaria. Entre ellas, como viene contando este medio, la búsqueda de desfinanciar y recortar los Juegos Evita e, incluso inicialmente, aunque luego Scioli recalculó, cambiarles el nombre.

“En salud, el que no regula regala”, remarca con una frase que suele repetir en sus clases.

Recientemente publicó una novela titulada “Amantes y alquimistas”, una obra de literatura gauchesca ambientada en su San Nicolás natal. Cree en la descentralización de la salud y afirma que el problema no pasa por si la administración de un hospital es provincial o municipal, sino que el inconveniente está en los costos.

Racinguista de corazón y profesión, la biblioteca de su oficina exhibe el mítico cuadro con la imagen de Néstor Kirchner y él en la cancha “un día antes de asumir en 2003”. Hay camisetas y mucho celeste y blanco. Por Racing, pero también por la Argentina.

La charla, con ejemplos futboleros, describe su lectura acerca la importancia de la unidad entre el deporte y la salud. Una unidad de acción que González García espera que se construya también en el peronismo, que a su criterio debe dejar de discutir el pasado y empezar a discutir el futuro. “Eso es lo que siempre hizo el peronismo”, apunta.

—¿Qué significan los Juegos Nacionales Evita en materia de salud?

—Los años mágicos en que trabajaron juntos en muchos temas Evita y Ramón Carrillo, el ministro de Salud de Juan Perón, fueron insuperables desde el punto de vista de la política social. La incorporación del primer programa deportivo que tuvo el Estado argentino, que fueron los Juegos Evita, fue extraordinario porque de entrada tuvo un componente sanitario. Fue la idea de la salud como un hecho social, de integración, de cuidar la salud y no solo de curar la salud.

—¿Cuál fue el componente sanitario?

—Hacer deportes es cuidar la salud, buscando que la salud sea también un mecanismo reparador, de integración, de reparación social y de organización comunitaria. Fue el primer registro sanitario. Carrillo declaró obligatoria la revisión médica para hacer deporte. Dio unidad entre la salud y el deporte. Era lo que hoy se llama hacer un screening, trabajar sobre un corte de la población, ver su estado de salud y sus características. Todo eso empezó con los Juegos Evita, un fenómeno de masificación que en la última edición, en 2023, tuvo un millón de pibas y pibes en setenta y seis disciplinas. Además, se mantuvo en el tiempo. Tuvo perdurabilidad, salvo durante regímenes militares. Es una tragedia que en democracia se esté haciendo lo que solo fue patrimonio de los militares. Si se concreta lo que parece que van a hacer, estarían decidiendo algo que solo se resolvió en dictadura.  También en la pandemia, me dirán, pero en ese caso por cuidado.

—¿Lo sorprendió esta decisión?

—Sí. 

—¿Lo sorprendió que la decisión la encabezara Daniel Scioli?

—Me sorprendió doblemente. Primero, porque meterse con esto es meterse con las cosas sagradas. Y segundo, de Daniel, de quien casi no quiero hablar porque siempre tuve una buena relación con él, no puedo entender por qué ostenta esta especie de maldad que están haciendo.

—¿Lo llamaría a Scioli?

—No

—¿Por qué?

—Porque le tendría que decir lo que pienso y vamos a terminar mal.

—¿Qué consecuencias trae esta decisión del Gobierno nacional?

—Hay consecuencias para la salud, la armonía social, la integración. Hay consecuencias para las ilusiones que tienen los pibes y pibas. Es una tragedia que ignora los antecedentes de la Argentina que fue pionera en la materia. Después todo el mundo empezó a trabajar el deporte como integración social. Es una ocasión para ver el estado de salud de una corte de chicos y chicas. En la última edición se tuvo bajo tutela y observación médica a ese millón de chicos con radiografías o vacunas. Eso se pierde de manera absurda con la excusa de que lo paguen las provincias. Además, tiene un sentido medio de venganza con esto de que le quieren cambiar el nombre tradicional que nadie cambió. Ni los milicos se animaron. Igual, le pueden cambiar todas las veces que quieran el nombre, pero la gente siempre los va nombrar y sentir como los Juegos Evita. Lo que cambien será muy efímero, como mucho de lo que hace este gobierno.

—¿Por qué cree que toman estas decisiones como plan de gobierno?

—Es una continuidad de todo lo que hacen. Dejan sin comida a los comedores o dejan sin medicamentos oncológicos a los enfermos graves. No hay por qué pensar que es distinto a lo que vienen haciendo. Lo raro es que esta vez operan sobre un fenómeno masivo, con consecuencias políticas, y que lo encabeza Scioli. Se rompe un sembradero de asociaciones civiles e instituciones de barrio. Tengo un montón de anécdotas de gente que recibió su primera pelota en los Juegos Evita. No puedo creerlo, pero veo que hay cierto placer de maldad en las acciones que orientan las decisiones de este gobierno.

—¿Es una decisión que atenta contra el federalismo?

—Argentina es un país bastante desintegrado y para mí uno de los pocos lugares donde queda integración es en el deporte. Ahí somos todos iguales. En un partido de futbol de la empresa y están el gerente y el cadete, pero si el cadete juega mejor, todos seguimos al cadete. No hay ninguno que sea jefe en la cancha. Lo mismo cuando vas a ver un partido en la cancha, ahí somos todos iguales. Ahí no hay clase social, barrio privado o club privado. Es una cosa absolutamente integrada. En 1954, el 13 por ciento de la población de chicas y chicos del país participó de los Juegos. Esto no fue algo para la foto, fue un fenómeno brutal de integración federal donde apareció todo el país representado y compitiendo. Donde muchos chicos que luego compitieron en alto rendimiento salieron de los Evita.

—¿Hay diferencias sobre cómo deben pensar la prevención la Nación y las provincias?

—Ésa es una tarea que se llega a realizar conjuntamente. Siempre que hice política lo hice con las provincias, no sin las provincias. Un ejemplo fue la campaña contra el cigarrillo que desarrollamos con las provincias y logramos una reducción brutal de cuanto se fuma en Argentina. Cuando se toma una foto sanitaria como con los Juegos, se logra detectar previamente muchas cosas que con otra estructura no aparecen. Segundo, permite corregir. Y tercero, da el estado de salud de una población. Eso orienta mucho la decisión política. La vez que establecí la obligatoriedad del examen del VIH, con una fuerte campaña contra el VIH, fue cuando vi en los exámenes de una última clase militar la cantidad de pibes infectados que había. Fue en 1991. Me volvió loco la cantidad. Para esto sirve.

—¿Cómo se puede mejorar la integración entre ambos sistemas para fortalecer la prevención?

—Se pueden hacer muchas cosas, pero como base de todo tiene que haber proyectos parecidos. El proyecto de la provincia de Buenos Aires es claro, con un compromiso del Estado con la salud y con una participación activa tanto en prevención como en regulación y servicio. En Nación es al revés. Por primera vez dicen que esa tarea la tiene que hacer el mercado. Ya lo intentó el Gobierno con los medicamentos. Dejó libres los precios y hubo una estampida horrorosa. Después lo repitió con las prepagas y hubo otra estampida horrorosa. Para algunos, el Estado es partícipe y responsable de la salud, y para la Nación no. Para la Nación es el mercado.

—¿No puede serlo?

—El mercado no lo puede ser nunca porque no es un sistema de valores, sino que es un sistema de precios. De manera que si uno deja al mercado para que atienda a los más débiles, a los más pobres o a los más enfermos, sl mercado no lo hará porque ahí no hay negocio.

—¿No existe un sistema donde prime el mercado, como el estadounidense, donde estas ideas funcionen?

—No. El sistema estadounidense, por ejemplo, es terrible. Por un lado, es el país que más gasta en salud. Destina casi 18 puntos de su PBI. Sobre eso, los resultados son pésimos. Sus indicadores de salud son malos. En la pandemia dejaron suelto al mercado y se vieron los resultados, mientras que nosotros tuvimos mucha mejor performance porque jugamos fuerte al Estado. El Estado comparaba insumos y respiradores y los repartía equitativamente. El mercado no resuelve. Si uno quiere que la salud la maneje el mercado, el mercado de salud es el mercado negro. Lo digo siempre cuando doy clases: el que no regula en salud, regala. Hoy se está regalando la plata de los argentinos y la salud de los argentinos al mercado.

—Muchos intendentes explican que el 40 por ciento de su presupuesto termina en el sistema de salud, ¿Debe existir un sistema de salud nacional o sólo debe ser provincial?

—La salud es federal, pero la provincia de Buenos Aires es única. Ahí los municipios tienen muchas más responsabilidades que en otras provincias donde siempre la responsabilidad es provincial. Vos tenés un Estado nacional que orienta el sistema, que desarrolla políticas de medicamentos, por ejemplo. Es el que maneja la armonía y la regulación del sistema. Después la descentralización a veces es provincial y otras veces es municipal. Yo soy propenso a sistemas descentralizados, donde se llegue lejos y haya autonomía, y eso lo lográs con los municipios. Pero a veces están ahogados y terminás desatendiendo. La realidad, es que los municipios se quejan por los costos. La receta no pasa por que la salud sea municipal o provincial, sino que sean armoniosas las políticas y no como ocurre ahora, cuando la Nación se desentiende.

—Los reclamos se potenciaron con la desregulación de los precios de los medicamentos…

—Eso destrozó el bolsillo de los argentinos. Para los hogares medios y bajos, después de la alimentación, el segundo objeto de gastos son los medicamentos. Cuando te metés con los precios de los medicamentos te metés con el bolsillo de la gente.

—¿La Argentina tiene un consumo de medicamentos por encima de la media mundial?

—Los latinos tenemos una relación pasional con los medicamentos. El mayor consumidor de medicamentos per cápita en el mundo es Francia. España e Italia los siguen de cerca y nosotros venimos después. Es algo cultural. A veces entro a una oficina siendo médico y digo a propósito ‘me duele acá’. Inmediatamente alguno ya me prescribe y me dice: “Tome esta pastilla, tome la amarillita que es buenísima”. Es una falta de respeto total por los medicamentos. Eso tiene que ver con la calidad médica de la atención, es decir, si dedicás más tiempo médico hay menos medicamentos.

—¿A qué se refiere?

—La receta es el final del acto. Si recetás el tipo se va. Hoy somos consumidores de medicamentos y tiene que ver con características culturales. Eso se puede subsanar con respeto al medicamento. Que no se venda tan fácil con receta en las farmacias, que se tenga más respeto porque los medicamentos siempre tienen efectos. Siempre hacen algo. A mí me preocupa la cantidad de medicamentos que toman las personas adultas. Cambian de médico pero no de medicamentos. Siguen tomando lo del anterior más lo que les suma el nuevo.

—¿Hay un efecto psicológico?

—Cuando te duele la cabeza te tomás una aspirina y sentís que a los cinco minutos se fue el dolor, ¿no? Es mentira. Tarda 45 minutos en actuar la aspirina. Ya lo decían los griegos: lo primero que tiene que tener un medicamento para que funcione es creer en el.

—Existe faltante de personal. ¿Se evalúa en la comunidad médica reducir el tiempo de estudio de la carrera y facilitar el ingreso al sistema?

—Hay una crisis de recursos humanos. En todo el mundo la hay, pero acá más. Por un lado, el recurso humano está golpeado y bajoneado. Salió de la pandemia como un héroe y rápidamente se convirtió en villano. Están desencantados. Hay que cuidarlos porque es un recurso totalmente necesario, es gente que atiende gente. Sí se está pensando, no estrictamente por esto, en acortar un poco la carrera de Medicina. Son seis años y si hay residencia son tres más. Terminan siendo casi diez años y es mucho tiempo de formación antes de que alguien salga a atender. Se está pensando en esquemas de educación continua, más cortos para iniciar pero que sea con una formación permanente. La evolución del conocimiento hace necesaria una formación permanente. En la medicina en un año cambia mucho lo que estudiaste. Por eso se dejaron de hacer libros de textos. Hacerlo te lleva un año por lo menos si es que lo hacés rápido, y para cuando lo editás ya es conocimiento viejo.

—¿Debe recuperarse la figura del médico de familia?

—Uno de los problemas de la salud es que está todo muy fragmentado. En vez de atender personas uno atiende un hígado o un corazón. Pero es difícil. Con tanto acceso a un especialista como se tiene en Argentina, es difícil volver al médico de familia. Nosotros lo predicamos, pero es difícil volver a treinta años atrás.

—¿Concuerda con los titulares de las prepagas en que sólo un pequeño universo puede acceder al servicio?

—Las prepagas siempre fueron para un sector de altos ingresos, nunca fue masivo. Hubo una política de Domingo Cavallo que posibilitó a los afiliados de obras sociales que se llevaran el dinero de sus aportes a las prepagas. Se quedó con la créme, como le decimos nosotros. Pero con el último golpe inflacionario se volvieron locos. De todas maneras, es una realidad del AMBA. Mucha gente entró con este atributo y ahora no alcanza porque tiene que poner más plata para compensar la diferencia. Es un seguro privado. Tiene que estar regulado, pero siempre va a ser más caro.

—¿Le preocupa el discurso que busca excluir a los extranjeros de la atención sanitaria gratuita?

—No es fácil. La tradición de la Argentina es atender a todos. En materia de política internacional no es fácil discriminar en el sentido de no darle al extranjero lo que le das a un ciudadano argentino. Es cierto que en los países vecinos no se cumple con lo mismo, pero porque ellos no tienen accesibilidad. En Bolivia paga el argentino, pero también paga el boliviano. Sí es injusto que sea tan masivo y que recaiga en las provincias más pobres como las limítrofes. Hay que buscar una alternativa. Cuando estuve en Chile como embajador lo que intenté es que no pagaran los ciudadanos chilenos y que pagase el Estado. Hice convenios con algunas provincias, pero no se masificó. Creo que hay una situación muy difícil de tolerar. Cuando uno se encuentra que no hay cupo para lo nacional y hay muchos ciudadanos de países vecinos, algo hay que hacer. Yo creo que tiene que responsabilizarse el país.

—¿Qué lectura hace cuando en Capital Federal hay reticencia con atender a ciudadanos de las provincias?

—Si la ciudad hace la cuenta, tiene que hacer la cuenta global. El Estado nacional tiene todas sus sedes en Capital Federal. Eso lo pagan todos los argentinos y todos los recursos los pone en la CABA. Están el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. En el caso del AMBA, la Provincia hace de ciudad dormitorio de la mayoría de los trabajadores. Les da servicio a todos. Si la Capital Federal hace la cuenta, estoy seguro de que pierde. Además, teniendo en cuenta historia argentina con lo que fueron guerras civiles y los derechos del puerto, no creo que deba ser así.

—¿Cómo evalúa el futuro de las políticas públicas de que aplica el Gobierno nacional?

—Es suicida hacer lo que hizo con el mercado. Es difícil hablar de política de Estado cuando el jefe de Estado no cree en el Estado. Lo que se ve es lo que sabíamos: no tenían gente y no tenían proyecto. Hoy ves un espectáculo muy feo donde se echan funcionarios. Sobre los resultados, aún no se sabe cómo será el impacto en los indicadores de salud porque el registro llega a fin de año, pero sabemos que será malo. Hoy la gente tiene miedo con el tema de salud, está preocupada, y eso es pésimo. En cinco meses lo que lograron es hacer el país más caro con los sueldos más bajos. El horizonte, habida cuenta de los vínculos entre la salud y la economía, es muy malo.

—¿El peronismo está en condiciones de volver a generar una alternativa de gobierno?

—Estoy convencido de que va a suceder. No se cuándo. Cuando perdimos en 1983, en 1985 apareció Antonio Cafiero con la Renovación. Pero pasaron dos años. Ahora a nosotros nos duele, pero no veo ningún liderazgo y creo que es suicida discutir hoy liderazgos. Hay que hacer organización y tener proyectos con futuro como hizo siempre el peronismo. Hoy, lamentablemente, la discusión en peronismo es sobre el pasado- Eso está faltando, tanto en la dirigencia como los militantes que estamos asombrados de lo que hacen y no hacemos una alternativa. Eso hay que construirlo. Pero aclaro, estoy en contra de la pelea por el liderazgo.

—¿Cómo se decidió por escribir una novela?

Empecé a escribir durante las noches cuando no me dormía. No pensando en una novela, sino en que eran situaciones. Hasta que un día, en un viaje hice un plan de novela. Ver dónde se podía ensamblar todo esto que había escrito. Como si fueran fotos en una película. Pero no me resultó. Yo te resumo en dos minutos lo que fueron años, pero bueno, cuando me fui del ministerio tuve más tiempo y empecé a escribir sobre esto porque admiré siempre mucho a los alquimistas. Son personas que siempre intentaban hacer de una sustancia inferior sustancias superiores. De plomo a oro, de yuyo a medicamentos. Era una actitud muy transgresora para la época porque cambiaban el canon del conocimiento. Incluso tuvieron problemas con la Iglesia más allá de que algunos eran eclesiásticos. Me gustó eso de la transgresión y la innovación y las ganas de cambiar la historia. En ese sentido, son parecidos a los amantes, que quieren trasgredir, quieren cambiar, y a través de ellos hacer algo mejor. Es la transmutación. Esa es la idea de la novela.

—¿Por qué se ubica a principios del siglo XIX y en San Nicolás?

–Está ubicada en 1830, el período más oscuro de las guerras civiles argentinas. Por eso me dediqué mucho a la descripción cotidiana. Cómo era la vida, qué comían y qué hacían. Me dicen que es muy de poesía. A mí siempre me gusto la poesía y vengo de una familia con poetas. Mi abuelo era gramático y mi vieja profesora de literatura. Y ubiqué la narración en San Nicolás porque es mi pueblo. No viví mucho tiempo ahí pero sigo yendo a visitar a mi hermana. San Nicolás tiene un pedazo de mi historia. 

Por Andres Miquel-Página/12