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Francisco, el filósofo

La figura de Papa Francisco atraviesa una época marcada por tensiones políticas, crisis sociales y debates sobre el sentido del progreso. A partir de sus principios —realidad, tiempo, unidad y totalidad— propone una mirada que combina filosofía, teología y acción concreta frente a los dilemas del presente.

¿Qué es una época? ¿Es solo un pedazo de tiempo o hay algo más, es decir, un conjunto de determinaciones materiales y de ideas que se combinan y ofrecen un mundo distinto al de épocas anteriores y distinto también al de épocas que están por venir? Francisco fue designado Papa en una época muy difícil. Por un lado, el progresismo mundial había desencantado a buena parte del planeta y las ideas de derecha empezaban a impregnarse en la sociedad.

Las ideas del individualismo, el culto al dinero, el auge del capitalismo financiero, el aumento de las guerras y del odio contra el distinto, contra el inmigrante, con el que escapa de su país, en búsqueda de un futuro mejor. En esa época de un capitalismo cada vez más cruel, las ideas que los filósofos pudieron pensar solo se atrevieron a describir las nuevas armas de control, de disciplinamiento social y de deshumanización. La psicopolítica de la dominación y la sociedad del cansancio de Byung-Chul Han, la ideología como fantasía de Zizek en la que se explica que creemos que somos libres pero en realidad la forma misma en la que está estructurado nuestro deseo funciona como herramienta de disciplinamiento social y el realismo capitalista de Mark Fisher según el cual la sociedad puede imaginar el fin del mundo, pero no el del sistema del capitalismo, razón por la cual vive en una suerte de letargo crónico.

Grandes pensadores, pero, en palabras del propio Michel Foucault, “pesimistas hiperactivos”, es decir, gente brillante que logra describir los aspectos negativos de la sociedad en la que vivimos en una época muy difícil.

Francisco, no. El Papa, además de describir los problemas de la actualidad, la cultura del descarte, denunciar los males de un capitalismo cada vez más financiero y exponer las crueldades de esta “Tercera Guerra Mundial en cuotas”, como el mismo lo decía, planteaba una salida, no clausuraba la utopía de un mundo mejor, sino que daba fundamentos filosóficos y concretos para recorrer un camino que nos lleve a otro momento de la historia de la humanidad. En ese sentido, era un pensador que iba a contramano de la época.

Hoy se cumple un año del aniversario del Papa Francisco y queremos hacer una columna para rescatar su pensamiento, que creemos que debe ser estudiado por los dirigentes políticos porque allí hay muchas respuestas a las encerronas del presente.

Hablar de los principios metafísicos del Papa Francisco exige una precisión previa: Francisco nunca fue un metafísico en el sentido clásico de un sistema filosófico como el de Santo Tomás o Heidegger. No construyó una arquitectura abstracta del ser. Su pensamiento, más bien, se movió en una zona menos académica y más encarnada: una metafísica de la realidad concreta, donde Dios no aparece como una idea pura sino como una presencia que irrumpe en la historia.

En el pensamiento de Francisco, estos principios se sintetizan en cuatro frases que funcionan como una suerte de brújula filosófica. No son simples consignas pastorales ni frases de ocasión. Son una manera de mirar el mundo, de entender la historia y también de pensar a Dios sin encerrarlo en un laboratorio teológico. En un tiempo dominado por la velocidad, la fragmentación y la ideología, Francisco construyó una metafísica discreta, casi subterránea, en cuatro principios.

El primero es que “la realidad es más importante que la idea”. Francisco desconfió siempre de los sistemas cerrados, de las doctrinas convertidas en una especie de vitrina moral. En Evangelii Gaudium escribió: “La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad”. Allí aparece una de sus intuiciones centrales: la verdad no nace del pensamiento aislado sino del contacto con la vida concreta. Para Francisco, una fe que no toca la carne del sufrimiento humano corre el riesgo de convertirse en una abstracción elegante.

En clave política, esto tiene un correlato bellísimo: las personas son más importantes que las ideas. Es decir, la política debe estar al servicio de mejorar la vida de las personas, no al servicio de defender ideas. Las ideas pueden ser buenas o malas, se usan o se descartan, no pueden imponerse por encima de las personas. Lo que no se puede usar y descartar son las personas en defensa de las ideas. Muchos políticos deberían profundizar en el pensamiento de Francisco. Ahora, quiero leerles una cita, para que sea escuchado por muchos dirigentes políticos que hoy quieren construir una alternativa.

“También hay pastores y líderes políticos que se preguntan por qué el pueblo no los comprende o no los sigue, siendo tan lógicos y tan claros sus razonamientos. Probablemente es que han caído en la adoración de la idea y han reducido la política o la fe a la retórica.”-Evangelii Gaudium, Papa Francisco, 2013.

El segundo principio sostiene que “el tiempo es superior al espacio”. En una cultura obsesionada por ocupar lugares, controlar instituciones y ganar poder inmediato, Francisco propuso una lógica distinta. “Este principio permite trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos”, escribió. La frase parece política, pero es más profunda. Habla de una visión del ser humano como proceso. Nada importante madura de golpe. La vida espiritual, la sociedad e incluso la verdad necesitan tiempo. El espacio es dominio; el tiempo es transformación.

El tercer principio afirma que “la unidad prevalece sobre el conflicto”. Francisco nunca negó el conflicto; al contrario, lo veía como parte inevitable de la existencia humana. Pero advertía que quedarse atrapado en la pelea puede destruir toda posibilidad de sentido. “El conflicto no puede ser ignorado o disimulado. Ha de ser asumido. Pero si quedamos atrapados en él, perdemos perspectivas”, señaló. Su idea no era borrar las diferencias sino integrarlas en un plano más alto. En esa mirada hay una convicción profundamente cristiana: la reconciliación no elimina la herida, pero puede darle significado.

Noten que las corrientes políticas y filosóficas en auge en nuestro país priorizan el conflicto. El kirchnerismo retoma en parte la lógica laclausiana. Ernesto Laclau sostenía que la construcción de poder se daba gracias a la invención de un enemigo al que se le asignaban todos los males de la sociedad y de un “nosotros”. Esto se replica en el mileísmo. Ambos son dos caras de la misma moneda. Donde el kirchnerismo ve al pueblo, el mileísmo pone a “los argentinos de bien” y donde el kirchnerismo coloca ‘al establishment’, el mileísmo ubica a la “casta”.

Francisco, plantea que el conflicto es necesario, pero debe ser superado por una instancia del encuentro, de síntesis. Qué importante sería que como sociedad podamos aprender este principio. Si nosotros, como sociedad, pudiéramos incorporar este principio y el de que la realidad es superior a la idea, realmente creo que podríamos encontrarle salida a muchos de nuestros problemas.

Finalmente aparece el cuarto principio: “el todo es superior a la parte”. Francisco pensaba que la modernidad había producido individuos cada vez más aislados, fragmentos que olvidaron el conjunto. Por eso escribió: “Siempre hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos”. La parte tiene valor, pero sólo encuentra su sentido pleno dentro de un horizonte más amplio. No se trata de anular lo singular, sino de comprender que nadie se salva solo. En el pensamiento teológico, Francisco cambió de eje. La Iglesia a partir de él, desplazó el énfasis hacia la misericordia y la inclusión. Es decir, Dios deja de verse como un árbitro de la justicia y la moral y empieza a percibirse como una presencia de amor y misericordia. Vamos a comparar ahora, su legado teológico con el del anterior Papa, Benedicto XVI, para terminar de entenderlo bien.

Benedicto XVI fue, ante todo, un teólogo de la verdad. Para él, el cristianismo debía proteger su contenido doctrinal frente a una modernidad que relativizaba todo. Su Dios era el Dios del Logos: una inteligencia que da sentido al universo. Desde esa mirada, el pecado aparecía como una ruptura real del vínculo entre el hombre y Dios, no solo como una falla moral sino como una herida ontológica. El infierno, en su pensamiento, conservaba un peso concreto: no una fantasía medieval, sino como la posibilidad trágica de una libertad humana que puede cerrarse al amor divino.

Para Benedicto, la condena no era un castigo arbitrario, sino la consecuencia última de rechazar a Dios.

Francisco, en cambio, desplazó el eje hacia la misericordia. Sin negar la doctrina tradicional, puso el acento en un Dios que busca al pecador antes de juzgarlo. Mientras Benedicto subrayaba la verdad del pecado, Francisco insistió en la paciencia de la gracia. En su predicación, el infierno dejó de ocupar el centro dramático del discurso cristiano. No porque lo negara formalmente, sino porque prefirió hablar de un Dios que nunca se cansa de perdonar. Donde Benedicto veía el riesgo del relativismo, Francisco veía el riesgo de una Iglesia que hablara de castigo antes que de compasión.

También en la idea de salvación se ve esa diferencia. Benedicto pensaba la salvación como un encuentro con la verdad de Cristo que rescata al hombre del vacío moderno. Francisco la pensó como una experiencia concreta de cercanía: la salvación no como una idea futura sino como una presencia que empieza en la historia, especialmente en el pobre, en el excluido y en el descartado. Incluso el juicio adquirió matices distintos. Para Benedicto, el juicio final preservaba la justicia de Dios frente al mal del mundo. Para Francisco, el juicio aparecía más atravesado por la misericordia que por la sentencia. El primero recordaba que Dios es justo; el segundo insistía en que Dios es padre.

En el fondo, ambos hablaban del mismo cristianismo, pero desde dos sensibilidades distintas. Benedicto contemplaba a Dios desde la verdad que ordena. Francisco lo miraba desde la misericordia que abraza. Uno pensó una fe que debía ser comprendida; el otro, una fe que debía ser vivida antes que explicada.

En la encíclica “Laudato Si”, Francisco sostiene que el planeta no es una propiedad para explotar sin límite, sino una “casa común”, un espacio compartido cuya fragilidad revela también la fragilidad del hombre moderno. El deterioro del clima, la contaminación, la pérdida de biodiversidad y la desigualdad social aparecen unidos por una misma lógica: la del consumo sin responsabilidad. Según su mirada, no existe una crisis ecológica aislada; existe una crisis integral, donde lo económico, lo social y lo espiritual están entrelazados.

Uno de los ejes más fuertes del texto es la crítica al paradigma tecnocrático. Francisco no rechaza la ciencia ni la tecnología, pero advierte que cuando el progreso se vuelve una ideología, el ser humano termina creyéndose dueño absoluto de la realidad. En ese punto, la naturaleza deja de ser creación para transformarse en mercancía.

También introduce una idea poco habitual en documentos papales anteriores: la ecología de los pobres. Los primeros en sufrir la devastación ambiental no son los poderosos sino quienes viven en la periferia: comunidades vulnerables, pueblos originarios y países empobrecidos. Por eso, para Francisco, defender el ambiente no es un lujo progresista sino una forma de justicia.

La encíclica propone una conversión ecológica. No se trata sólo de reciclar o consumir menos, sino de cambiar la relación con el mundo. El ser humano debe dejar de pensarse como amo de la creación para reconocerse como parte de ella. Cuidar la tierra, en esa lógica, es también cuidar al otro y cuidarse a sí mismo.

Borges, en “Desde las alegorías a las novelas” señala que “todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos”. Es decir, que las personas piensan que las ideas ordenan el mundo y otros que la propia realidad se sirve de las ideas. Francisco, en ese sentido, era un aristotélico, para él, lo importante eran las personas y Dios no aparece como una idea, sino como una experiencia de amor.

Por todo esto, el pensamiento de Francisco se opone al de la extrema derecha, pero tampoco es cercano al del progresismo de la cancelación. Para Francisco, no hay que cancelar, la salvación siempre es más importante que la condena. En su iglesia hay lugar para todos todos todos”, como le gustaba repetir. No hay superioridad moral de nadie. “Sólo es lícito mirar a alguien de arriba para abajo, para ayudarlo a levantarse”.

Por todo esto, creo que su pensamiento se presenta como superador a muchas de las tendencias actuales y fue muy importante que se haya animado a pensar de manera contracíclica, contra la corriente de un optimismo centrado únicamente en el lucro individualista o un pesimismo cínico. Francisco nos legó una corriente filosófica que pone el centro en las personas, la solidaridad y la salvación del planeta y la humanidad.

Fransciso, el filósofo | NET TV

Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi

Por Jorge Fontevecchia-Perfil