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Anarquismo mileísta y solidaridad mecánico-orgánica de Durkheim

Versiones sobre Santiago Caputo y Javier Milei relatan que cuando se les advierte de la mala administración del Estado que realizan los libertarios, por ejemplo cierran Télam en el discurso pero no lo pueden ejecutar sin las normas legales procedentes, se ufanan diciendo: “Hacer que el Estado no funcione es lo correcto para un anarquista que precisamente no quiere que haya Estado”.

Quien por el contrario consideraba a la anomia el más grave síntoma de desintegración social fue Émile Durkheim, uno de los padres de la sociología. Nace en 1858, se gradúa en 1882 y en 1893 escribe uno de sus principales libros: La división del trabajo social, en el que desarrolla su teoría del orden social sobre la base de diferentes tipos de solidaridad, bases de la naturaleza del lazo social. Escribía su obra en medio de la precariedad republicana de la III República francesa después del fracaso de la experiencia colectivista de la Comuna de París en 1871. Contemporáneo de Karl Marx asistía a los profundos cambios que había producido la idustrialización y la creciente consolidación del capitalismo. Pero a diferencia del autor de El capital, Durkheim sostenía la autonomía de los hechos sociales sobre la economía: “Solo un hecho social puede ser causa de otro hecho social”.

El sustrato material de la organización social se basaba en la división del trabaja en función de dos tipos de solidaridad: la solidaridad mecánica y la orgánica. Escribió: “El efecto más notable de la división del trabajo no es que aumenta el rendimiento de las funciones divididas, sino que las hace solidarias”. Cuanto más se divide y especializa el trabajo se depende más de la sociedad.

Etimológicamente solidaridad proviene del latín solidus, que se puede traducir como sólido, macizo, firme, compacto, completo. La raíz sol alude a entero.

La sociedad es algo que a la vez está fuera y dentro del individuo: es un conjunto de creencias y sentimientos comunes: “Amar la sociedad es amar algo más allá de nosotros mismos y algo en nosotros mismos”, escribió Durkheim. La sociedad es mucho más que la suma de los individuos que la componen.

Durkheim hizo de la moral una ciencia positiva, pregonaba la irreductibilidad de hecho social criticando el individualismo. “Creemos fecunda la idea de que la vida social no debe explicarse por las ideas que los individuos tiene sobre ella, sino por las causas profundas que escapan a su conciencia, y esas causas deben buscarse en la manera según la cual se agrupan los individuos”. 

Buscaba hacer inteligibles las representaciones colectivas, que son la base por las cuales los actores se representan el mundo y les dan sentido a sus acciones, con el objetivo de informar a la sociedad y “así educarla a fin de hacerla autoconsciente de sí propia”.

Su concepto de “sustrato social” se oponía  radicalmente al de “estructura” de Marx. Por ejemplo, sostenía a que la economía dependía de la religión y no al revés  coincidiendo con el otro gran padre de  la sociología, su también contemporáneo Max Weber, quien defendía “la eficacia del carisma, el impacto sobre lo mundano y muy especialmente sobre la actividad económica que ejercen las creencias religiosas”. En otro de los libros canónicos de Durkheim titulado El suicidio, publicado en 1897, expuso estadísticas sobre cuánto más suicidios por mil habitantes había en las sociedades protestantes que en las católicas. Años después en 1905, Weber publicó su libro canónico La ética protestante y el espíritu del capitalismo.

Para Durkheim, la religión es el más primitivo de los fenómenos sociales y “la concepción materialista de la historia yerra cuando atribuye una eficacia causal determinante a lo económico” y en lo que podría ser una crítica tanto a Marx como a la Escuela Económica Austríaca: “En la medida en que solo retiene esa dimensión económica, es insuficiente; su diagnóstico sobre los males de la sociedad moderna es limitado porque solo pone al descubierto uno de los aspectos del problema”.

Cita al precursor del socialismo, Henri de Saint-Simon, reconocer la insuficiencia de lo material para lograr la paz social: “Lo imprescindible para que haya orden social es que la generalidad de los hombres se contenten con su suerte (…) y para ello es absolutamente preciso que haya una autoridad a la que se le reconozca superioridad y que decida”. Estaba en contra del uso de medios violentos para producir cambios sociales y rechazaba por ingenua e imposible de realizar la idea de que se pudiera hacer desaparecer enteramente un orden social y reemplazarlo por otro enteramente nuevo porque “las instituciones futuras no son sino las pasadas transformadas”.

Para Durkheim, lo más importante era “entender las relaciones entre el individuo y la sociedad. Los individuos, al agruparse y al entrar en interacción, forman una realidad nueva, distinta a cada uno de ellos y distinta de la suma de todos ellos: la sociedad”. El lenguaje, la religión o las normas jurídicas “no son creaciones de este o aquel individuo en concreto, son algo producido por la existencia de asociación entre individuos”. Hechos sociales que “ejercen coacción sobre la forma de actuar y de pensar del individuo”.

Y la sociedad “no solo es una realidad sui generis producida por los seres humanos al asociarse, es también garante de la civilización; todos esos hechos sociales de creación colectiva son quienes poseen la llave del progreso humano: fuera de la sociedad, sin vida social, aislado de los demás, el hombre no habría superado el nivel de animalidad”. La vida social implica coacción, concesiones del individuo a la sociedad (pagar impuestos, por ejemplo, que para Milei son “un robo”), “pero esa coacción es la llave de la civilización y viceversa, la ruptura de integración social es el paso decisivo para la pulverización de la posibilidad de progreso humano, es la recaída en la barbarie”.  Escribió: “Analicen la constitución empírica del hombre y no encontrarán nada relacionado con ese carácter sagrado que hoy le conferimos y de donde arrancan todo lo que llamamos derechos; es la sociedad quien le ha añadido ese  carácter, es ella quien ha consagrado al individuo y es ella la que ha hecho de él la cosa respetable por excelencia”.

La autoridad, para Durkheim, siempre es moral, todo lo contrario a la coacción física: “La autoridad moral se opone a la autoridad material, a la de la supremacía física”. Compara la coacción de los hechos sociales sobre el individuo “a algo parecido al peso inmenso que la atmósfera ejerce sobre nosotros y que sin embargo no sentimos  y, aunque fuéramos conscientes de ello, terminamos por aceptarlo porque percibimos su superioridad moral, su capacidad para generar objetivos más elevados que la satisfacción de los deseos que brotan de nuestra particularidad. La sociedad es sobre todo autoridad moral”.

“Cuando las conciencias  individuales, en lugar de permanecer separadas unas de otras, establecen relaciones, actúan efectivamente unas sobre otras, forman una síntesis que crea una vida psíquica nueva (…) los sentimientos que nacen y se desarrollan en el seno de los grupos tienen una energía que los sentimientos puramente individuales no alcanzan nunca”.

La solidaridad mecánica son sociedades cerradas sobre sí propias, los individuos se relacionan uno a uno sin la interposición de grupos secundarios (asociaciones, sindicatos, partidos, etc.); las sociedades con solidaridad orgánica son lo opuesto: los individuos se organizan en torno a grupos secundarios que a la vez se relacionan con el órgano central y ese artefacto normativo aumenta la cohesión. 

Pero más allá del tipo de solidaridad, lo importante en nuestra coyuntura es la crítica de Durkheim al individualismo: “Al conjunto de teorías sociales según la cual la organización integrada y el funcionamiento armónico de la sociedad podrían conseguirse a partir del libre e ilimitado ejercicio de cada cual de sus intereses estrictamente particulares, poniendo especial énfasis en la dimensión material de esos intereses (…) si no hubiera nada más que intereses individuales que acuerdan algo en un momento determinado, la sociedad no existiría”.

Por Jorge Fontevecchia-Perfil