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Algo por qué pelear

Luciani y la bandera de la proscripción le regalaron a Cristina una oportunidad impensada. En un presente de frustración y ajuste, el kirchnerismo sale a defender su existencia. Disciplinado, el peronismo asume por primera vez la agenda del lawfare.

Ya tenía todo listo para mudarse a una casona de San Telmo, a metros del lugar donde vive su hija Florencia. Pero los cacerolazos que iniciaron el lunes un grupo de vecinos de Recoleta, la reacción de la militancia kirchnerista que se concentró en su casa los días siguientes y el operativo represivo de la policía de la Ciudad la hicieron reconsiderar su decisión. “Ahora no me voy a ir, se van a tener que mudar ellos”, le dijo Cristina Fernández en las últimas horas a una de las personas con las que tomó contacto. De repente en una cuadra con olor a choripan, el departamento de Juncal y Uruguay en el que Néstor Kirchner hacía base como gobernador cuando venía a Buenos Aires se levanta como una metáfora del lugar de la vicepresidenta. 

Los halcones de la oposición -ahora con el aporte de Horacio Rodríguez Larreta- le hacen un enorme favor que repercute puertas adentro del peronismo. Una vez más, la legión de detractores que anuncia su fin de ciclo desde hace casi una década va a la cola de su liderazgo y hasta vuelve a entusiasmarse con un porvenir que se ordene en torno a su figura. Algunos que intentaron durante años una opción superadora ahora denuncian persecución en las redes, llaman por teléfono, van a Recoleta para salir en la foto y hacen ademanes para que ella los vea. Cristina no se va: bueno o malo, este peronismo no tiene destino sin ella.

Tan importante como lo que se ve es el contexto en que se da. La efervescencia de la feligresía cristinista sucede en medio de la frustración gigantesca con los casi tres años de gobierno del Frente de Todos: con Alberto Fernández extraviado por completo, la inflación en los niveles más altos de las últimas dos décadas y Sergio Massa como líder de un proceso que pretende estabilizar la economía a pura ortodoxia y abre un mar de incertidumbre para las chances electorales de la alianza gobernante.

Justo cuando había enmudecido, al final de un ciclo largo en el que pasó de denunciar el ajuste de Martín Guzmán a promover la llegada de un Massa que va a un ajuste más profundo, Cristina renace en toda su centralidad. Diego Luciani lo hizo. Más que él, un fusible de los que hay a patadas, las fuerzas que se empecinan en arrinconar a la vicepresidenta con la bandera gastada de la lucha contra corrupción. 

Es un circuito cerrado de figuras de Comodoro Py, la oposición y las grandes empresas de comunicación que durante los años de gobierno de Mauricio Macri lograron llevar a la cárcel a funcionarios y empresarios identificados con el kirchnerismo bajo el uso selectivo de la doctrina Irurzun. En un proceso sin precedentes que sin embargo se inscribía a nivel regional, las fuerzas que ahora se reorganizan en torno al fiscal de Los Abrojos buscaron compensar a través de los tribunales federales los votos que no tenía el peronismo del medio. Se fantaseaba con un bipartidismo que pudiera prescindir de la ahora vicepresidenta. Todo duró lo que duró la ilusión del macrismo.

Todavía tildado en su obsesión, cuando la realidad de las mayorías está marcada por la inflación descontrolada, la caída del salario real y los efectos de una brecha cambiaria que deja a la economía sin precios, el antikirchnerismo visceral logró lo que quería: seguir hablando del capitalismo de amigos durante el gobierno de los Kirchner, la saga taquillera que le ayudó a llegar al poder en 2015 para después arruinar en tiempo récord una oportunidad histórica. Esa victoria del macrismo comunicacional, la de constituir a la corrupción política -no empresarial- en eje de la discusión en la Argentina es la que le acaba de dar a CFK una oportunidad impensada.

Primero que nada, zafar de la incómoda postal que la muestra sonriente al lado de un superministro que eligió el día del alegato final de Luciani para anunciar un hachazo de $210.000 millones (0,3% del PBI) en el presupuesto de Educación, Salud, Obras Públicas, Desarrollo Productivo y Desarrollo Territorial, a través de la decisión administrativa 826/22.

En segundo lugar, erigirse en líder y jefa de campaña para el proceso que lleva a 2023. Después de años de tratar sin éxito de involucrar al peronismo en la agenda del lawfare, una Cristina acorralada y hasta nerviosa, que hace rato advierte la posibilidad de la derrota el año que viene, generó con su alegato la reacción de una militancia que no tiene nada para festejar.

La identidad kirchnerista, que el Frente de Todos pretendía licuar de mil formas, se despertó con todo su orgullo para salir a pelear. No por lo que se hizo para incumplir la promesa del volver mejores, sino en defensa de un espacio que cuenta todavía con un diferencial absoluto a su favor: una jefa indiscutida en un país sin liderazgos. El cristinismo sale a pelear para reivindicar su pasado y contrastarlo con este presente, que también es obra suya. Sale a defender su derecho a ser parte de un sistema político que insiste en negarle entidad contra toda evidencia. 

Nadie puede culpar a Luciani por un pedido de detención que parece haber resultado un bumerán. Antes de ser jugador del Liverpool de Los Abrojos, era un “chupamedias del kirchnerismo”, según la definición que el diputado Rodolfo Tailhade aportó en C5N. Llegó a fiscal en tiempos en que Julio Alak era ministro de Justicia de Cristina y el Julian Alvarez de cabotaje decidía. Que pese a su recorrido haya querido involucrar a Máximo Kirchner en la causa de Vialidad, dicen los habitués del Senado, es lo que enfureció a la vicepresidenta.

Luciani copypasteó toneladas de recortes acerca de la fallida apuesta kirchnerista por su propia burguesía nacional y pretendió presentar como un invento de los Kirchner a la patria contratista que tuvo a Franco Macri como altísimo exponente, pero surgió en la década del 60 con dos grandes grupos empresarios, Sade de los Perez Companc y Techint de los Rocca. En esa larguísima historia, las pruebas son lo de menos.

El macrismo empresarial no estuvo al margen del esquema de negocios 2003-2015. No solo Nicolás Caputo chateaba con José López: además aburría verlo juntar orín en la puerta de su despacho. También Angelo Calcaterra se asociaba con Lázaro Báez para competir por las represas de Santa Cruz.

 La identidad kirchnerista, que el FDT pretendía licuar de mil formas, se despertó para salir a pelear en defensa de su diferencial absoluto: una jefa indiscutida en un país sin liderazgos. El cristinismo sale a pelear para reivindicar su pasado y contrastarlo con este presente, que también es obra suya. 

El show de los bolsos y las bóvedas, repetido hasta el hartazgo desde hace por lo menos una década, esta vez tuvo un efecto novedoso. Le permitió a Cristina disciplinar al peronismo. Quienes conversaron con ella en los últimos días dicen que la vieron como nunca, con un ánimo renovado y hasta confiada en la lucha política que ahora recomienza. 

Todo cambió en cuestión de horas. En la tarde del lunes 22 de agosto, cuando un grupo de gente se concentró en Recoleta para dar pie a la cobertura de los canales de noticias, Cristina se encontró sola una vez más. Nadie en el gobierno había previsto que podía haber repudios del particular vecindario en el que vive la vicepresidenta. Ante la ausencia de un vallado policial y sin presencia alguna de militantes cristinistas, un grupo comandado por jubiladas indignadas le cortó la calle al peronismo. Encerrada en su departamento, la vicepresidenta no solo maldecía a Luciani, al lawfare y al macrismo. Los funcionarios que no funcionan no son todos antikirchneristas.

La reacción fue tardía pero contundente. Debilitada, más insatisfecha que nadie con el resultado de su apuesta por Fernández y con una base electoral que se resiente producto de la caída de los ingresos, CFK vuelve a demostrar que tiene mayor adhesión social que cualquiera de los exponentes de una dirigencia que no termina de entender lo que representa. Nadie en el peronismo puede prescindir de los votos que todavía conserva, nadie los tiene.

Eso explica el estado de movilización, la grilla de actos, la convocatoria a plenarios y la campaña de un peronismo que por primera vez asume como propia la agenda de Cristina y sale a denunciar proscripción. Los gobernadores de todo el país, que empiezan a sentir en el cuerpo el ajuste de Massa, la llaman para que los salve. Hector Daer, que desde 2013 invirtió fuerte en todas las alquimias posibles para dejar atrás a CFK, ahora ofrece la CGT para que ella sea única oradora.

El llamado a una manifestación multitudinaria de apoyo exclusivo a la vice, que el kirchnerismo imaginó casi desde que asumió Fernández, encontró finalmente un motivo. Sobre Juncal, en un gesto más propio de su marido, la vicepresidenta se lanzó como nunca a mezclarse con la militancia.

Del discurso del martes pasado, surgen otros elementos políticos. La alusión a la ofrenda que Kirchner le hizo a Héctor Magnetto antes de terminar su mandato tuvo un sentido principal: volver a señalar el blindaje del Grupo Clarín como parte del poder permanente que arrebata a cada gobierno beneficios para su crecimiento. Pero también retomar una discusión inconclusa que Cristina tuvo con Néstor en vida: para qué darle tanto a un holding empresario que solo es oficialista en las buenas. Kirchner quiso garantizarle una cobertura amable como la que él había tenido durante su gobierno, pero 2008 produjo un quiebre que de alguna manera todavía pervive.

El actual presidente y algunos importantes funcionarios del Frente de Todos que reciben un trato edulcorado de Clarín suelen minimizar ese enfrentamiento que, para la vice, nunca tuvo tregua. El miércoles pasado, animada como hacía tiempo no se la veía, Cristina temía por lo que Alberto pudiera decir en su innecesaria visita a TN. Aun forzado a la entrega anticipada del poder en manos de Massa, el profesor de Derecho Penal de la UBA busca preservar la relación con su gran electora. Pero lo hace con un modo que a ella la subleva: el de intentar quedar bien con todos.

Luciani y las fuerzas que se organizan en torno a él le dieron a Cristina una oportunidad impensada: primero que nada, zafar de la incómoda postal que la muestra sonriente al lado de un superministro que eligió el día del alegato final para anunciar un hachazo de $210.000 millones en el presupuesto.

Ahora vendrá la reivindicación peronista de CFK, en lo que se perfila como el inicio de una prematura campaña electoral en la que el oficialismo tiene muy poco para ofrecer. El gobierno no tenía cómo llegar a la antesala de las PASO y el lucianismo anticorrupción le acaba de tender un puente. Sin embargo, en el medio resiste la realidad de una economía que no da tregua y combina altísima inflación con la amenaza de una recesión que puede nacer del ajuste y el control sobre las importaciones.

Redimido de su pasado de tuitero antikirchnerista, el fiscalista Rubinstein acentuará la reducción del déficit que inició Guzmán, profundizó Batakis y Massa quiere convertir en religión para cumplir el acuerdo con el Fondo, que La Cámpora consideraba incumplible. Junto con el aumento de tarifas -según la consultora PxQ, un ahorro de 570.000 millones hasta que finalice el mandato de Fernández- y los nuevos recortes que prepara Rubinstein, el mayor ajuste lo hará la inflación que licuará jubilaciones y salarios.

El otro gran problema que perturbaba a Cristina, la economía bimonetaria, es un elefante en el bazar. Al Banco Central le siguen faltando dólares y, aunque en los últimos días pudo volver a comprar, agosto cierra con una caída de U$S 500 millones en las reservas. Además, el INDEC mostró que julio registró el segundo mes de déficit comercial. La consultora de Alvarez Agis dice que la brecha sigue conspirando contra cualquier recuperación: con precios +13% más altos que hace un año, las exportaciones en cantidades cayeron -5,6% anual y las importaciones siguieron creciendo. ¿La salida? El superministro prepara su viaje a Washington y quiere volver con un nuevo préstamo, el Fondo de Resiliencia que Guzmán, Stiglitz y el adaptable Sergio Chodos militaron durante dos años.

Con Cristina, con Massa o con quien sea, nada va a ser fácil para el FDT, pero tampoco para el próximo gobierno, que heredará problemas estructurales y una sociedad cansada de los padecimientos. Tal vez por eso, las caras de la oposición más dura -que vienen de fracasar alevosamente ayer nomás en el poder- no quieran debatir cuál es la salida para la Argentina y sigan peleando por centrar la discusión en la corrupción de los años kirchneristas.

Por Diego Genoud – LPO