La final del Mundial dejó una profunda herida abierta en el tejido emocional de los argentinos. O al menos, quiero ser preciso en esto, en el de aquellos que vivimos el fútbol con una intensidad casi patológica, transformándonos frente a la pantalla y entregándonos, al llanto más genuino. Bueno, acaso por un motivo que no merezca lágrimas, lo admito.
Ayer nuestro llanto no tuvo como combustible la derrota en sí misma —una posibilidad siempre predecible en el deporte—, sino la fisonomía de esa derrota. Fuimos testigos de la claudicación de un equipo que pareció haber sufrido una amnesia colectiva, olvidando de manera flagrante los mismísimos atributos que lo habían depositado en esa instancia decisiva.
Sin embargo, cuando uno ausculta el pulso de la calle, cuando lee los grandes titulares de la prensa en general, en el subte o en la cola de La Anónima, nota un fenómeno singular: una marea de gratitud irrestricta, un aplauso general y condescendiente para con el seleccionado.
Permítanme discrepar de esa unanimidad.
En el momento cúlmine de su trayectoriia, esta Selección se desdibujó por completo. La conducción técnica de Scaloni fue incapaz de proveerle a Lionel Messi los socios indispensables para desequilibrar. El equipo quedó desamparado: sin ideas, sin rebeldía, sin sostén estructural. Asistimos a una opacidad alarmante, acaso el desempeño más deslucido y decepcionante de una selección nacional en la historia de las finales ecuménicas. Y yo me pregunto, con total franqueza: ¿es esto verdaderamente digno de agradecimiento? Me parece que no.
Argentina disponía de los argumentos relucientes, tenía al mejor futbolista del planeta, portaba la ilusión irrenunciable de millones de compatriotas. Pero en la hora de la verdad, el naufragio fue absoluto. No hubo andamiaje táctico ni contención psicológica para su capitán, quien quedó trágicamente confinado a su propio talento individual, huérfano de un correlato colectivo. Messi, ese símbolo contemporáneo, se descubrió rodeado de camisetas celestes y blancas que deambulaban sin rumbo, incapaces de acompañar su jerarquía.
Vimos un fútbol mortecino. Los futbolistas lucieron encorsetados en un esquema dogmático y rígido, carente de la plasticidad necesaria para adaptarse a la severísima exigencia de una final. Las bandas permanecieron inertes, el mediocampo no tuvo gestación y la última línea retrocedió de modo alarmante. Ante ese panorama, el rival se adueñó del trámite con una facilidad que, verdaderamente, hiere el orgullo y la inteligencia futbolística.
Argentina, hasta ayer, era el campeón del mundo. Y, en lugar de salir a la cancha ostentando esa condición, salió como Los Andes disputando la Copa Argentina frente a River o Boca.
Da igual, se entiende.
Lo de ayer fue una evasión histórica. Una verdaderea vergüenza.
No por una carencia de talento, sino por una alarmante ausencia de convicción y por la falta de un plan estratégico que potenciara a su máxima luminaria. Argentina no perdió meramente un partido; dilapidó una oportunidad irrepetible: la de permitir que Messi, en su última gran cita con la historia, desplegara su arte supremo respaldado por una estructura a la altura de las circunstancias.
Qué notable paradoja. El miércoles pasado, Argentina ejerció una presión asfixiante sobre Inglaterra hasta doblegarla con absoluta autoridad. Ayer, de manera incomprensible, Argentina mutó en su propio enemigo: fue una pálida versión de Inglaterra frente a sí misma. Miremos el contexto internacional: a Thomas Tuchel, el estratega alemán que comanda los destinos de la selección inglesa, la opinión pública de su país le reclama la renuncia de forma monolítica. Aquí, en cambio, por un planteo táctico ostensiblemente peor que el de Tuchel, a Scaloni se le suplica la continuidad en el cargo. Y esto ocurre, nada más y nada menos, que tras una final del mundo. Es inadmisible.
La derrota no halla su explicación matemática en el marcador, sino en una lacerante sensación de vacío conceptual. Argentina llegó físicamente a la final, pero conceptualmente nunca la jugó.
Por lo que acabo de anotar, renuncio a las genuflexiones generalizadas y a las gratitudes sin sustento.
Mi profunda tristeza es por Messi, y solo por Messi.
Lo demás… bueno, lo demás, es fútbol.
Apenas fútbol.
Por Alejandro Javier Panizzi

