Baires Para Todos

Hay que Socializar al Capitalismo

Una provocación operativa para pensar la Argentina que viene: no menos capitalismo, sino más capitalistas. No más Estado ni más mercado: más ciudadanos dueños de su propio destino.

Una idea que choca, y por eso funciona

El pensador maltés Edward de Bono inventó una herramienta que llamó provocación operativa. Su símbolo es la letra Po. Una provocación operativa no es una afirmación que deba ser verdadera ni falsa: es un trampolín. De Bono lo decía con precisión casi zen: el valor de la idea no está en la idea misma, sino en el movimiento que genera. No nos preguntamos «¿es cierto?», sino «¿a dónde nos lleva pensar así?». Es, en cierto modo, un koan occidental.

Pues bien: Po: hay que socializar el capitalismo. Suena contradictorio. Suena, acaso, a herejía. Es exactamente lo que debe hacer una buena provocación. Sigamos el hilo.

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¿Qué es, en rigor, el capitalismo?

La palabra capitalismo deriva del latín caput, capitis: «cabeza», y también «lo principal», «el fondo de los bienes». De ahí derivó el término medieval capitale, que designaba los bienes que una persona podía poner a trabajar. En su raíz más profunda, el capital no era riqueza atesorada ni acumulada en un cofre: era fuerza productiva en movimiento. Capital era energía productiva en movimiento, no patrimonio estático. Esta distinción no es etimológica: es política.

El capitalismo, como sistema, es la organización económica fundada en la propiedad privada de los medios de producción, la libre iniciativa y el mercado como asignador de recursos. En su versión más virtuosa , la que imaginaron sus fundadores doctrinarios, de Adam Smith a Schumpeter, supone millones de agentes libres compitiendo, creando, fallando y volviendo a intentar. En esa versión original, el capitalismo era profundamente democrático: cualquiera podía tener capital, cualquiera podía producir, cualquiera podía prosperar. Alberdi, que sabía de estas cosas, lo expresó con su habitual lucidez en las Bases: «Gobernar es poblar… pero poblar es educar, moralizar, cultivar la tierra.» Acaso habría agregado, en el siglo XXI: gobernar es emprender.

El problema no es el capitalismo. Es su secuestro.

El capitalismo de pocos no funciona para todos

Vivimos en la era de los tecno-megamillonarios. Un puñado de personas que, desde plataformas digitales globales, acumula riqueza a una velocidad sin precedentes en la historia humana. No hablo de empresarios que construyeron industrias en sus países y dieron trabajo a sus comunidades: hablo de arquitectos de infraestructuras que capturan valor generado por millones de usuarios en todo el planeta, sin retribuirlo proporcionalmente. Drucker advertía que «la mayor parte de lo que llamamos gestión consiste en hacer difícil el trabajo de la gente». En el tecnocapitalismo contemporáneo esa lógica alcanzó su forma más extrema: el trabajo es invisible, el trabajador no sabe que trabaja, y el producto es él mismo.

Cuando el capitalismo se concentra en muy pocas manos, deja de ser lo que prometió ser. Se convierte en otra cosa: en una forma nueva de feudalismo, acaso más sofisticada y más difícil de ver que la original, porque no tiene castillo ni armadura. El mercado libre, paradójicamente, queda capturado por quienes tienen el poder de distorsionarlo. En el barrio lo diríamos sin eufemismos: con plata cualquiera invita.

Hay algo más profundo aún, y merece decirse sin eufemismos: el tecnocapitalismo moderno no solo concentra riqueza. La socializa en su proceso de generación. Esa paradoja no es un accidente: es el corazón del modelo.

Las grandes plataformas digitales no crean valor solos. Lo extraen de un fenómeno que el sociólogo Alvin Toffler bautizó, ya en 1980, como prosumición: millones de usuarios que al mismo tiempo producen y consumen contenido, datos, emociones, relaciones, conocimiento. Cada vez que alguien publica, comenta, discute o simplemente navega, está trabajando para la plataforma sin saberlo y sin cobrar. Marx hablaba de la alienación del trabajador que no reconoce su trabajo en el producto final. Quizás no imaginó que la forma más perfecta de esa alienación sería voluntaria, gratuita y entretenida.

El caso de la inteligencia artificial lleva esta lógica a su forma más desnuda. Los grandes modelos de IA se entrenaron con un universo inconmensurable de texto humano: libros, artículos, conversaciones, cartas, ensayos, poemas, discusiones. Todo producido por personas reales, a lo largo de siglos, con su pensamiento y su tiempo. Nadie pidió permiso. Nadie cobró un centavo. La humanidad entera donó , sin saberlo, sin que nadie se lo explicara, la materia prima de la industria más valiosa del siglo XXI. Borges, con su habitual capacidad de ver lo que viene antes de que llegue, escribió en Ficciones que «el original es infiel a la traducción». Acaso el corolario para nuestra época sería: el modelo es infiel a quienes lo alimentaron.

El tecnocapitalismo de la IA es, en ese sentido, el sistema de apropiación del trabajo colectivo más sofisticado que haya existido: socializa el insumo, la inteligencia de toda la humanidad, y privatiza la ganancia en cuatro o cinco manos. Cuanto más social es la materia prima, más concentrado es el beneficio. Es la paradoja perfecta, y no resulta desatinado suponer que es también perfectamente consciente.

Entender esto no es un ejercicio académico. Es la razón más profunda por la que nuestra provocación cobra urgencia histórica. Si el valor que genera la humanidad entera va a seguir siendo capturado por unos pocos, la desigualdad no hará más que acelerarse. La respuesta no es frenar la tecnología, sería tan inútil como ponerle puertas al campo. La respuesta es construir sociedades con más personas capaces de ser protagonistas, y no solo insumos, de la economía del conocimiento.

Para la Argentina, esto no es una abstracción filosófica: es la descripción exacta del lugar que ocupamos en el mundo. Somos proveedores de materias primas, mercado de consumo, territorio donde otros capturan valor. La pregunta estratégica, la que ningún partido político argentino se ha atrevido a formular con claridad, no es si queremos capitalismo o no. Es si queremos seguir siendo periféricos del capitalismo ajeno o si, acaso, tenemos el coraje de construir el nuestro.

Socializar el capitalismo: qué significa en serio

Socializar el capitalismo no significa estatizarlo. No significa repartir la riqueza existente como si fuera una torta de cumpleaños de tamaño fijo. Significa algo más ambicioso, más difícil y más interesante: multiplicar la cantidad de personas que son capaces de crear riqueza.

Imaginemos una utopía posible, porque toda política transformadora necesita una utopía posible: que hubiera tantos capitalistas como personas en edad de trabajar. Que cada ciudadano económicamente activo fuera, en alguna medida, dueño de algo: de su trabajo organizado en empresa propia, de una participación real en los frutos de lo que produce. De capital en sentido latino, es decir, fuerza productiva en movimiento. Kennedy lo formuló de otra manera y para otro contexto, pero la intuición es la misma: «No preguntes qué puede hacer tu país por ti. Pregunta qué puedes hacer tú por tu país.» Nosotros agregaríamos: y hazlo en tu propia empresa.

No se trata de que todos tengan la misma riqueza: eso sería igualitarismo, no desarrollo. Se trata de que todos tengan la capacidad real de generarla. La diferencia parece sutil y es abismal: es la distancia entre una sociedad de propietarios y una sociedad de empleados dependientes o, en el peor de los casos, de excluidos que esperan que el Estado les resuelva lo que solo ellos pueden resolver.

El emprendedor: actor social fundamental del siglo XXI

Antes de hablar del ejército, hay que definir al soldado. Y aquí, permítanme ser preciso, porque la imprecisión conceptual en este punto ha costado décadas de políticas equivocadas.

El emprendedor no es un cuentapropista. El cuentapropista elige manejar sus propios tiempos: el plomero por cuenta propia, el consultor independiente, el profesional que trabaja para sí mismo. Opción legítima, respetable, necesaria. Pero el que nace para pito nunca llega a corneta, y confundir al cuentapropista con el emprendedor es confundir al músico de bar con el director de orquesta.

El emprendedor es una unidad económica generadora de valor, capital y trabajo para otros. No trabaja solo: construye algo que lo trasciende. Donde otros ven un problema, él ve una oportunidad. Donde otros ven un vacío, él ve un mercado. Schumpeter lo llamó «destrucción creativa» y fue, quizás, la descripción más honesta del motor del capitalismo: no la acumulación, sino la innovación; no el ahorro, sino el riesgo.

El emprendedor, bien entendido, no es solo un actor económico: es un actor social. Tal vez el actor social más determinante que el siglo XXI puede producir. En el siglo XX, los actores sociales que movieron la historia fueron el obrero organizado en sindicato, el industrial nacional y el burócrata estatal. Cada uno tuvo su momento. En el siglo XXI, el actor que puede cumplir esa función transformadora es el emprendedor: descentralizado, creativo, orientado a resultados, capaz de habitar la incertidumbre y de fabricar riqueza donde otros solo ven escombros.

Reconocer esto tiene consecuencias políticas concretas. Si el emprendedor es el actor social central del siglo XXI, entonces formarlo, protegerlo y multiplicarlo no es una política económica menor, no es un programa de fomento para el Ministerio de la Mediana Empresa. Es una política de Estado de primer orden. Tan estratégico como fue, en su momento, construir sindicatos o universidades públicas. Acaso más.

El ejército de emprendedores: una revolución educativa

Desde el Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI, la respuesta concreta a esta provocación es una revolución educativa. No una reforma curricular cosmética, no un ajuste de contenidos mínimos, no un cambio de libros de texto: una transformación de fondo en el para qué educamos.

Hoy, la escuela argentina forma empleados. Forma personas que esperan que otro les ofrezca un puesto de trabajo. No es un juicio moral: es la descripción de un sistema educativo diseñado para la segunda revolución industrial, cuando la economía necesitaba obreros disciplinados y funcionarios obedientes. Esa época terminó. Pero el sistema sigue funcionando como si todavía estuviéramos en ella. Como diría cualquier vecino de barrio con más sentido común que muchos ministros: seguimos fabricando herradores en la era del automóvil.

La educación del siglo XXI tiene que formar ese ejército. Un ejército heterogéneo, diverso, que no marcha en una sola dirección ni usa un solo tipo de arma.

El primer batallón son los emprendedores tradicionales: los que crean empresas en el mundo físico, de la agroindustria a la manufactura, de la construcción al comercio local, generando empleo territorial y arraigando el desarrollo en las comunidades concretas. La Argentina que produce cosas tangibles, que se tocan con las manos.

El segundo batallón son los tecnoemprendedores del mundo físico: una categoría que merece nombre propio y que con frecuencia se confunde con las dos que la rodean. Son los que aplican ciencia y tecnología de frontera a la producción material: la empresa de biotecnología que desarrolla semillas resistentes a la sequía, la startup de industria satelital que lanza nanosatélites de observación, la compañía aeroespacial que diseña propulsores, el laboratorio de materiales avanzados que innova en el sector energético. Necesitan fábricas, laboratorios, prototipos físicos. Necesitan capital paciente y ecosistemas de investigación. La Argentina, con sus universidades públicas y su tradición científica, tiene aquí una ventaja comparativa que ha sabido desperdiciar con notable constancia. Eso puede cambiar.

El tercer batallón son los tecnoemprendedores del universo digital, los protagonistas clásicos de la llamada economía del conocimiento: los que construyen software, plataformas, servicios digitales y productos que se distribuyen sin fricción por todo el planeta. Conviene definir con precisión qué abarca esa expresión, porque se usa con tanta frecuencia como vaguedad. La economía del conocimiento comprende las actividades cuyo principal insumo es el capital intelectual, y cuyo producto puede reproducirse y distribuirse a costo marginal cercano a cero: desarrollo de software, servicios basados en datos, diseño, consultoría especializada, contenidos digitales, educación en línea, fintech, legaltech, healthtech y toda la familia de tecnologías que transforman sectores existentes desde adentro. No necesitan depósito ni galpón: necesitan conexión, talento y mercado. La Argentina exporta hoy más de siete mil millones de dólares anuales en servicios basados en conocimiento. Es, acaso, el sector con mayor potencial de crecimiento de toda la economía. Y está apenas arañando la superficie.

El cuarto batallón, y la vanguardia de todo el ejército, son los IA emprendedores: los que entienden que la inteligencia artificial no es una herramienta más, sino la palanca de Arquímedes de nuestra época. El IA emprendedor no usa IA para hacer lo mismo más rápido: la usa para hacer cosas que antes eran imposibles con los recursos de una persona o un equipo pequeño. Democratiza capacidades que hasta ayer eran monopolio de las grandes corporaciones. Y en esa democratización cumple, quizás sin saberlo, la promesa más profunda que el capitalismo hizo y nunca terminó de honrar. Vale para todos los batallones: el biotecnólogo que diseña experimentos con IA, el tecno emprendedor digital que automatiza con modelos de lenguaje, el emprendedor tradicional que optimiza su cadena de producción con visión computacional. La IA no es un batallón separado del resto: es el arma nueva que todos pueden aprender a usar.

Este ejército necesita, además de la educación, tres condiciones habilitantes: acceso real al crédito para quien tiene un proyecto pero no tiene herencia; reducción drástica de la burocracia kafkiana que hoy hace que abrir una empresa en Argentina consuma meses de trámites y energías que deberían dedicarse a producir; y redes de mentoría y apoyo técnico para que el emprendedor joven no enfrente solo las fieras del mercado. La limosna, cuando es grande, hasta el santo desconfía: lo que necesitan los emprendedores no es subsidio sino andamiaje.

Esto no es ideología de izquierda ni de derecha. La discusión ideológica argentina está tan viciada que cualquier propuesta que no sea «más Estado» o «menos Estado» parece sospechosa de moderación. Pues bien: somos sospechosos. Lo que proponemos es una política de construcción de capacidades productivas individuales como motor del desarrollo colectivo. Un capitalismo que cumpla la promesa que siempre hizo y casi nunca honró: que el que trabaja, crea y se arriesga pueda prosperar. Cualquiera. No solo el que ya tiene.

De la provocación a la política

La provocación operativa cumplió su función. Nos llevó desde una contradicción aparente hasta una propuesta concreta: más emprendedores, mejor educación, menos barreras. Más ciudadanos capaces de crear riqueza y de ser dueños de lo que crean.

La discusión argentina sigue atrapada, como en un mal sueño recurrente, entre dos fantasmas: el Estado que todo lo resuelve y el mercado que todo lo ordena. Ambos fracasaron, alternadamente, durante décadas. Lo sabemos. Lo hemos vivido en carne propia. La salida no es un término medio tibio ni una síntesis de manual: es una apuesta por la multiplicación de la capacidad productiva individual como motor de un desarrollo que sea, esta vez, real y duradero.

Socializar el capitalismo significa esto: que ser dueño de tu propio destino económico no sea un privilegio de cuna ni de contactos, sino una posibilidad real y concreta para todo argentino con talento, con voluntad y con la oportunidad que el Estado tiene la obligación de garantizar. No la limosna: la palanca.

Eso no es socialismo. Eso no es liberalismo. Eso es, simplemente, inteligencia aplicada a la política. Y tiene nombre: Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI.

Por Federico González – Mentor del Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI · Candidato a Presidente de Argentina 2027