Internas inevitables, un antiperonismo que todavía pesa más que el antimileísmo y una imagen negativa a bajar. El último candidato a presidente del peronismo escucha, acumula y espera. Los tiempos de 2023 y lo que viene. El vínculo con sus principales socios y los diálogos abiertos. Mira desde afuera la pelea entre Cristina y Kicillof, no habla de candidaturas y descarta que sea el momento de los outsiders de la política.
En las oficinas de Avenida Libertador hay movimiento todos los días. Pasan distintos dirigentes y empresarios pero ninguno sale de ahí con definiciones electorales. todos se muestran más apurados que él.
Cuando alguien lo apura con la definición de candidaturas o de la de él mismo, Massa tiene un recurso: recuerda en voz alta cómo estaba el tablero político en mayo de 2022. Martín Guzmán era todavía ministro de Economía. Alberto Fernández decía públicamente que iba por la reelección. Horacio Rodríguez Larreta se paseaba por los medios de comunicación con perfil de presidente electo. Patricia Bullrich aparecía, pero Macri no terminaba de definir cómo iba a terminar jugando. Y el nombre de Massa circulaba, sí, pero no como candidato: como posible mediador en la feroz interna entre Alberto y Cristina. Lo que se discutía entonces era si asumiría como jefe de Gabinete. Recién en agosto de ese año llegó al Ministerio de Economía. Especular hoy con una elección es un error político.
Pero que el tigrense no hable de candidaturas no significa que no evalúe el escenario opositor. Su lectura hacia 2027 contiene una hipótesis que no todos están dispuestos a escuchar: ni Cristina Kirchner ni Axel Kicillof ni él son, hoy, garantía de triunfo.
¿Por qué? Porque cree el antiperonismo —o el antikirchnerismo— sigue siendo hoy más fuerte que el antimileísmo.
Por eso repite con insistencia que la elección se tiene que ganar en primera vuelta. No hay segunda oportunidad, hoy no hay balotaje favorable. Los números del 2023 los tiene grabados: quedó 37 a 30, a apenas tres puntos de los 40 necesarios para ganar en primera vuelta.
Al momento de definiciones electorales en el Frente Renovador adelantan que ya ni una mesa política de tres (que está partida) ni el dedo pueden poner un candidato. Sí o sí deberá salir de internas.
El excandidato presidencial no se queja de la competencia y recuerda que en 2015 bajo el sello Unidos por Una Nueva Alternativa peleo contra José Manuel de la Sota. Para su segunda elección presidencial, en 2023, también pasó por la pelea partidaria. Aunque su contrincante, Juan Grabois, no significaba un desafío en cuanto a cantidad de votos, si lo era discursivamente ya que atacaba a Massa sin piedad.
Pero el tigrense rechaza los discursos de exclusión. “Tienen que estar todos adentro”, repite. Esta semana en el Frente Renovador molestaron las palabras de Anabel Fernández Sagasti en el Senado, acusando de traidores a los peronistas que zigzaguean. “Hay que dialogar, no echarlos a patadas”, dice en la intimidad. Su argumento tiene la lógica de armador: los gobernadores del interior son imprescindibles para ganar en primera vuelta. Jefes provinciales como Osvaldo Jaldo (Tucumán), Raúl Jalil (Catamarca) y hasta Gustavo Sáenz (Salta) comparten más electorado con el peronismo que con La Libertad Avanza aunque en estos dos años hayan acompañado iniciativas impuestas por Javier Milei. Si el peronismo les pone un competidor en sus provincias, los puede hacer perder. Al final del camino, cuando se definan las candidaturas, esos peronistas del interior estarán de este lado del espacio. Tampoco les queda demasiada alternativa.
Massa no da muchas vueltas: “Hay que elegir entre ganar y tener razón. Yo elijo ganar”.
Hay algo que el ex ministro de Economía no hace y que, en Tigre, señalan como una decisión consciente: no recorre los medios recordando que en la campaña de 2023 anticipó el costo del transporte, el desfinanciamiento de las universidades, la pérdida de poder adquisitivo de los salarios y el aumento de la nafta. Todo eso lo dijo. Todo eso pasó. Pero no está en modo “yo lo dije”. “No vamos a andar llorando una derrota electoral. Daniel Scioli lo hizo durante el gobierno de Macri y mucho no le sirvió”, dicen.
Para estar en carrera, Massa reconoce en la intimidad que los principales líderes del peronismo aún tienen que bajar su imagen negativa. Hoy los números que circulan en su entorno muestran un escenario más o menos parejo entre él, Cristina Kirchner y Kicillof: imagen negativa rondando el 60%, positiva cerca del 40. El objetivo mínimo es llegar al 50/50.
Mientras tanto, mira desde afuera la pelea entre Cristina y el gobernador bonaerense. Cree que ya hizo suficiente en las últimas elecciones como para que en los cierres electorales se llegue a algún acuerdo. Pero si el espacio implosiona, tiene su propio sello. Con sus dos principales socios va y viene. El cierre de listas del año pasado lo mostró molesto con ambos sectores. Discute pero nunca deja de dialogar.
Descarta que sea el momento de los outsiders. Vio como surgió y, al mismo tiempo, se desvanecieron ensayos como los de Dante Gebel. Mientras tanto, en las oficinas de Avenida Libertador el movimiento sigue. Las visitas se dividen entre dirigentes políticos y empresarios de pymes de distintos rubros. Massa los escucha.
Mientras tanto, en las oficinas de Avenida Libertador el movimiento sigue. Pasan empresarios de pymes de distintos rubros, algunos con balances, otros con preocupaciones puntuales sobre empleo y crédito. Massa los escucha. Se queda con los números del desempleo, los problemas de producción y el nivel de endeudamiento.
Ve un último trimestre del año difícil para la administración de Javier Milei y pronostica un 2027 más turbulento que este. Esto no significa que el libertario no puede ser reelegido. Massa no es un candidato. Todavía no. Sabe que falta demasiado.

Por Rosario Ayerdi – Perfil

