Este martes, en todo el país, se llevará a cabo la cuarta edición de la Marcha Federal Universitaria. Es para exigirle al Gobierno nacional que cumpla con la Ley de Financiamiento Universitario y con las partidas que debe a los centros asistenciales de esas instituciones
La hora señalada para la cita depende de cada una de las plazas, las calles y los predios de toda la Argentina en los que este martes tendrá lugar la cuarta Marcha Federal Universitaria. Es que el reclamo, que encabezarán docentes, no docentes, autoridades universitarias, estudiantes y graduados, pero que ya fue masivamente acompañado en manifestaciones anteriores por buena parte de la sociedad, resuena en todo el país.
En todo el paísse le exige al Estado nacional que cumpla con lo que dispone la Ley de Financiamiento Universitario, que recomponga los salarios de docentes y no docentes de las universidades nacionales, que deposite el dinero que necesitan los hospitales que dependen de esas Casas de Altos Estudios para poder atender a sus pacientes y enseñar a los médicos en formación.
En la Ciudad de Buenos Aires, la concentración está convocada a las 17 en Plaza de Mayo, aunque habrá actividades en distintas facultades y espacios públicos desde más temprano. Incluso este lunes hubo clases públicas en distintas facultades de la Universidad de Buenos Aires (UBA) para visibilizar el reclamo, que se viene profundizando desde que empezó la gestión de Javier Milei en la Presidencia.
Un dato alcanza para empezar a dimensionar los motivos detrás de la exigencia: en 2023, el presupuesto destinado a todo el sistema universitario nacional era del 0,72% del PBI; ahora equivale al 0,47% del PIB.
Otro dato sirve para pensar qué es lo que está en juego: el 59,5% de quienes ingresaron en 2026 a la UBA son la primera generación en acceder a ese nivel educativo en sus familias. El 57,6% de quienes se graduaron en 2024 son también la primera generación en obtener un título universitario en sus hogares. La universidad pública cambia las historias de esas familias.
“Son los peores números presupuestarios desde la recuperación democrática”, dice Matías Ruiz, secretario de Hacienda de la UBA, en diálogo con Infobae, y suma: “Desde que asumió Milei, el presupuesto universitario se redujo un 45,60% en términos reales”. El impacto más visible de ese deterioro presupuestario es en los salarios.
“Los cargos de dedicación simple -casi el 70% de los docentes- van de $177.117,18 a $351.995,41 por mes. Los cargos de dedicación exclusiva van de $885.590,04 a $1.582.283,34. Un docente de la categoría más alta, que son los titulares de cátedra con dedicación exclusiva, gana $1.582.283,34, apenas $150.000 por encima de la canasta básica, que es de $1.434.464 para una familia tipo de cuatro integrantes (N. de la R.: esa canasta básica no contempla un alquiler, en caso de que el docente no sea propietario del lugar en el que vive). El cargo máximo, un titular con dedicación exclusiva, es el único que le gana a la canasta básica de una familia”, describe el funcionario de Hacienda de la universidad que, con 304.000 estudiantes, es la más cuantiosa del país.
Los hospitales universitarios, que son epicentro de la formación de los residentes que acaban de terminar de estudiar Medicina y un centro asistencial para miles de personas, no han recibido un peso de los gastos operativos en lo que va de 2026. Es una transferencia que debe hacer el Estado nacional.
Hace apenas una semana, las autoridades de algunos de los hospitales más emblemáticos de la UBA, como el Hospital de Clínicas y el Instituto de Oncología “Ángel H. Roffo”, aseguraron en una conferencia de prensa pública que “la situación es crítica” y que, con esos números, sólo podrían funcionar 45 días más. En total, los centros asistenciales de la UBA atienden a 700.000 personas al año: son casi 2.000 pacientes por día.
La marcha -la suma de todas las marchas que se llevarán a cabo este martes en todo el territorio nacional- le exige al Estado que cumpla con la Ley de Financiamiento Universitario, que implica actualizar los salarios y aumentar los gastos de funcionamiento, y con el depósito de los fondos que corresponden a los hospitales de las universidades nacionales.
Un éxodo docente que no para
En la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA se produjeron 438 renuncias de docentes e investigadores entre enero de 2024 y abril de este año. Esa institución pierde, en promedio, un profesor cada dos días. En la Facultad de Ingenería, según información del área de Hacienda de la UBA, hubo 342 profesores que renunciaron desde 2023, y en la Facultad de Agronomía fueron más de 100 dimisiones entre 2024 y 2025. Allí las bajas más frecuentes fueron de docentes e investigadores de entre 30 y 40 años, algunos con doctorados y postdoctorados, que migraron universidades de otros países.
De la Facultad de Ciencias Veterinarias de la UBA se fueron 103 docentes entre enero de 2024 y abril de 2026. La planta de profesores allí se redujo casi en un 20% en algo más de dos años. Las dos escuelas pre-universitarias más prestigiosos de la UBA, el Carlos Pellegrini y el Nacional de Buenos Aires, perdieron en total a 227 trabajadores en ese mismo tiempo. Sólo contemplando esas facultades y escuelas, se fueron más de 1.200 trabajadores en los últimos dos años y medio.
El éxodo docente impacta directamente en la formación de los estudiantes, además de que las universidades pierden no sólo a docentes, sino a investigadores cuyos proyectos, a la vez, sufren recortes constantes en el financiamiento disponible. A eso se suma que los docentes que se quedan suman otros trabajos para poder cubrir sus gastos básicos. El pluriempleo es, como en otros sectores, cada vez más frecuente y deteriora la calidad de la enseñanza.
“Cuantitativamente, la Facultad de Ciencias Sociales no ha perdido docentes. Pero han adelantado su proceso de jubilación docentes de mucha jerarquía que podrían haber estado más tiempo con nosotros y que se retiraron por temor a que cambien las leyes previsionales”, le dice a Infobae la decana de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, Ana Arias.
“Muchos docentes y no docentes volvieron a otros niveles educativos en los que estaban antes, como el secundario o el primario, y otros tienen cada vez más empleos para poder mantener a sus familias. También es muy gravosa la situación de los no docentes, que suman otros trabajos y extienden sus jornadas laborales a doce o más horas, lo cual genera enormes problemas de salud mental dentro de nuestra propia planta”, suma Arias.
“Hay muchos trabajadores que quieren a la facultad y desarrollan aquí sus actividades, y es gente que está cobrando un sueldo que ya no es que no le alcanza para vivir, sino que no le alcanza para tomar el colectivo y tener la plata que requiere almorzar en medio de la jornada de trabajo”, describe Alejo Pérez Carrera, decano de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la UBA.
Allí, además de los 103 docentes que renunciaron para llevar su conocimiento a otras instituciones o para dedicarse a una actividad completamente distinta que pague mejor, se suman otros 18 profesores que, desde 2024 a esta parte, apelaron a una jubilación anticipada, también por temor a que cambie el marco regulatorio de los retiros.
Según Ricardo Manetti, decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, allí también impactaron el deterioro salarial y el temor a un posible cambio en las leyes previsionales. “Lo más complejo que atravesamos en los últimos dos años fue la jubilación temprana de docentes que fueron y serán referentes absolutos del campo de las ciencias sociales y las humanidades, que han optado por la jubilación a los 60 años las mujeres y los varones a los 65, donde antes continuaban hasta los 70 años. Los motivos son varios. Por un lado, los bajos salarios. Pero, por otro lado, también, el miedo a una modificación en la ley del sistema previsional. Estamos perdiendo figuras muy valiosas”, sostiene.
En Filosofía y Letras hay cada vez menos docentes que optan por una dedicación exclusiva, que no permite tener otros trabajos, justamente porque el salario de esa categoría, aunque sea el más alto del esquema docente universitario, no alcanza para llegar a fin de mes.
La infraestructura también pierde
El edificio de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la UBA, si se cuenta a quienes cursan el CBC en ese pabellón de Ciudad Universitaria, alberga a 45.000 estudiantes. En general, allí se consumen 30 kilómetros de papel higiénico por día. Hay horarios en los que entrar y salir de esa facultad se parece a entrar o salir de un recital de los grandes.
“Dado el presupuesto que tenemos ahora, en medio de las clases puede no alcanzar el ancho de banda de internet y hemos tenido que reducir el consumo eléctrico”, describe Carlos Venancio, decano de la FADU. La sede que dirige está rodeada de algo así como andamios desde hace tiempo: “Se colocaron como protecciones tras detectar que las fachadas presentaban desprendimiento de material”, dice Venancio. En 2023, se gestionó una partida a través del entonces Ministerio de Educación para reparar esas fachadas, pero la suspensión de la obra pública y la degradación de esa cartera, que ahora depende de Capital Humano, frenaron la obra. Los “andamios” siguen allí, intactos.
En la Facultad de Ciencias Veterinarias no hay margen de fondos para reparar o incorporar nueva tecnología en el hospital escuela, y en Sociales, por cómo se redujeron las partidas destinadas a Investigación y Extensión, el gasto de funcionamiento más importante es el de limpieza, y no los vinculados a la generación de conocimiento.
Además, el edificio que Sociales tiene en el barrio de Constitución tenía un crédito otorgado para ampliarse y completarse. “El Estado suspendió la ejecución del crédito, y hasta es posible que el Estado argentino tenga que pagar una multa por no haber usado ese crédito”, describe la decana.
En la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, según cuenta su decano, Guillermo Durán, “el impacto del recorte presupuestario obligó a adaptar los trabajos prácticos que realizan los estudiantes debido a la falta de insumos para los laboratorios”. Allí tampoco se puede reparar ni renovar el equipamiento.
Marcelo Melo es el director médico del Hospital de Clínicas que depende de la UBA y que atiende, en promedio, a unos mil pacientes por día. “Aquí realizamos unas 10.000 cirugías al año. Si no tenemos los fondos para funcionar de acá a 45 días, es un gran problema para mucha gente que depende de nuestra atención”, advierte, y suma: “Hay otra tragedia, y es que aquí formamos a profesionales muy capacitados, excelentes, y después es muy difícil retenerlos porque el salario no puede competir con otros. Los que se quedan, se quedan sobre todo por amor al hospital”.
Eso mismo repiten los decanos de distintas facultades: que muchos de los que se quedan, se quedan por amor, por vocación, por devolverle algo a esa universidad pública que los formó. Esa universidad pública que todavía cambia la historia de cientas de miles de familias argentinas.

Por Julieta Roffo-Infobae

