De las secuelas de la pandemia a la emergencia, veinticinco años después, de nuevos pobres con valor agregado.
La conciencia colectiva es una construcción social que tiene su punta fundamental arriba. Si el arriba funciona con apatía, distorsión y violencia, el abajo se deprime en términos de vulnerabilidad.
El arriba debe ser contención y consenso. No un ventilador de agravios.
Cuando la violencia viene desde arriba -desde lo institucional- se propaga hacia el abajo, generándose dinámicas de choque que se visualizan en todas las esferas de la vida.
Una sociedad castigada. Un tejido social cuyos deterioros fueron acompañados por distintas transformaciones del delito y la droga se convirtió en ese instrumento-eslabón que está detrás de un alto porcentaje de la actividad delictiva sea por consumo o negocio.
Argentina 2026 asiste, más deteriorada y vulnerable, a la emergencia de una nueva categoría. Veinticinco años después emergen los nuevos pobres. Con características distintas a las del 2000-2001. Con mayor desgaste y abatimiento.
Esta nueva categoría tiene la particularidad de la situación de calle, en muchos casos, con empleo. Pero un empleo cuyo salario no alcanza para pagar el alquiler de un departamento o de una habitación en un hotel o pensión.
Los nuevos pobres se fueron multiplicando en el desolador escenario de la calle y en esa multiplicación aparecen los problemas de salud mental. La ansiedad. El desasosiego. El mañana que no puede divisarse porque el hoy es absolutamente incierto. Un desafío. Una batalla de la pandemia a la actualidad.
El discurso económico se describe como fascinante para el país. No obstante, el país somos todos los argentinos más allá de cualquier color político. Un discurso que no se percibe en las escenas de la vida cotidiana. En los comercios. En las boletas de los servicios. En las magras mesas de determinados hogares.
El tejido social desintegrado se enfrenta, una vez más, al castigo. Porque lo que venía a pagar la casta lo pagan los de siempre aunque esta vez, aquellas personas más vulnerables lo sienten de otra forma.
Durante muchos años se decía que los pobres siempre eran pobres y que no se veían afectados, entre comillas, por las medidas gubernamentales. Esa realidad cambió. El cambio fue paulatino pero sostenido eclosiona voraz en la administración Milei.
Un vacío desolador rompe los esquemas y las reglas establecidas para darle más lugar a la droga y por ende a la violencia. Porque donde no hay prevención y concientización el narco sabe penetrar con su producto de muerte para seducir al consumo y motivar con las efímeras mieles del delito.
El que consume para evadirse iniciando el peligroso camino de la destrucción individual con alcance social, y el que se alista a la cadena del delito para abastecerse con la venta de muerte a ese consumidor deprimido que busca un falso sosiego en la calle.
El que duerme bajo una galería y se higieniza en una estación de servicio para ir a trabajar. Quien es acosado por las deudas en una especie de parábola de amo y esclavo.
La calle que simula “techo” ante la indiferencia y el desprecio.
Y no es necesario morir para descalificar al que pasa hambre como supimos escuchar en algún momento.
Observamos la violencia institucional por parte de algunos protones negativos de las Fuerzas de Seguridad. Recursos también golpeados y expuestos que canalizan, conforme al poder de gobierno obtenido, la frustración en un vendedor de paltas. En un vendedor de medias.
El látigo de la humillación al que busca ganarse el mango de forma ambulante.
El golpe verbal que castiga.
Argentina es un país abrazado a la dicotomía amigo-enemigo. La alteridad en lugar de construir consensos para la elaboración de políticas de estado se transforma en un diccionario de vulgares etiquetas más relacionadas a una familia psicótica que a un gobierno democrático.
La política se deterioró como el tejido social.
El mayor empoderamiento de los últimos años fue el delictivo. Constatado en políticas reactivas para la obtención de una fotografía efímera que se diluirá en la vorágine de las redes sociales hasta tanto aparezca una nueva foto.
Endeudados pero con supuestas alianzas estratégicas. Con niños expuestos a la falta de alimentos en un país rico. Necesidades básicas no cubiertas pero se enarbola en alza una misteriosa batalla cultural.
La conciencia social se desvanece. El otro dejó de ser un referente.
La sociedad agotada se enfrasca en un individualismo bochornoso porque es poco el resto que tiene. En algunos casos sin resto.
La batalla cultural misteriosa se lleva a puesta a la generación sabia y a la inocente. Se rifan los dos extremos sociales. En el medio, otro componente de la estructura social trabajadora con sus derechos en jaque, con sus alteraciones profundizadas. El miedo como constante. Incluso ese miedo a perder hasta lo que ya no se tiene.
La batalla cultural en un imaginario sin cuartel verbalmente violento en donde cualquiera que alce una voz distinta se convertirá en un objeto persecutorio que se hará delirio. Porque la intolerancia no comenzó con el periodismo. La intolerancia mostró, sus primeras señales, con la Vicepresidente de la Nación, Victorial Villarruel y la sociedad en crisis.

Por Laura Etcharren-https://soclauraetcharren.blogspot.com/




