Baires Para Todos

El que no arriesga no pierde

La especulación como forma: ahora también tenemos que trabajar para entender el mercado de inversiones. ¿Por qué aceptar esos discursos?

I. Dos conversaciones de estos días me dejaron pensando. Una fue pública, con Mili Hadad para su podcast La fórmula, y otra fue privada, con José Luis Juresa, colega y amigo con el que mantenemos una especie de conversación incesante sobre psicoanálisis. Lo que me quedó resonando también tuvo que ver con lo que estoy leyendo y escribiendo para un libro sobre el dinero (aunque advertí que quizás sea al revés: se me ocurrió escribir un libro sobre el dinero a partir de estas cuestiones que ya me venían interesando y que ahora llegaron al paroxismo). Lo que me quedó resonando gira alrededor de las variantes de la especulación como forma

II. Entiendo que en este país se ha vuelto muy difícil ahorrar. Entiendo que en este país lo poco que algunos pueden ahorrar se descapitaliza y pierde valor. Entiendo que todo el esfuerzo que se hace para ahorrar se va por la alcantarilla del desquicio económico. ¿Pero qué es esa nueva ola en la que supuestamente tenemos que montarnos todos: ser financistas y saber de inversiones? ¿Ahora también tenemos que trabajar para entender el mercado de inversiones? Estoy hablando de los discursos que circulan, no de las elecciones particulares de cada uno. Hablo de esos discursos que dicen que, aunque tengamos muy poquito, podemos llegar a tener más, más, más, mucho más. Solo haría falta que nos ocupáramos de eso. Insisto en que no hablo de lo que cada quien quiere hacer con su dinero, sino de las maneras en las que se instaló el lenguaje de las finanzas; de los discursos que, livianamente, nos dicen algo así como que si no somos millonarios es porque no hemos dedicado la vida entera a invertir los treinta dólares que alguna vez nos sobraron. O que lo mejor que podemos hacer a partir de ahora es dedicar la vida entera a informarnos e invertir nuestro dinero, porque ahora ya no es solamente una cosa para unos pocos. 

Como todo, es bárbaro que se amplíen las fronteras y los accesos a aquello que era solamente para una élite. Pero el asunto es cómo eso termina convirtiéndose en una prescripción, en una obligación no negociable. Son discursos que no admiten que haya personas que no tienen ganas de estar pensando en el dinero. Y no porque les sobre, sino porque pensar en dinero produce, en muchos casos, una especie de estado mustio, triste, apocado, desvitalizante (lo saben aún más aquellos a los que les falta). 

Sí, hay muchas personas que no viven queriendo tener más dinero a partir del poco que ya tienen. Sí, hay muchísimas personas que no quieren entrar en ningún tipo de especulación financiera. Sí, hay muchísimas personas que no quieren ocuparse de estas cosas aunque pierdan de ganar, aunque se descapitalicen. 

Entonces, otra vez, no se trata de que ahora el que lo elija pueda hacer lo que quiera con su dinero, sino que estos discursos que pretenden que todos quieren usar su dinero para ganar más y más y más tienen consecuencias en otra economía: la economía libidinal. Bifo Berardi señala que el juego arbitrario de la especulación financiera conquistó el lugar de la economía global. ¿La consecuencia de ese desplazamiento?: “Que todas las relaciones entre las cosas se vuelven aleatorias y todas las relaciones entre las personas, precarias. En simultáneo, el ámbito financiero creció hasta convertirse en la fuerza general de inscripción de una forma automática abstracta de regular la vida social”. Además, no es que ahora el dinero no sea tabú. El dinero sigue siendo tabú también ahora que hablamos de él, también y sobre todo, como diría Foucault, porque no paramos de hablar de él.

III. O quizás sea al revés: si tan rápidamente se puede instalar que lo que se usa ahora es especular –aunque muchos pretendan que no se trata de especulación–, es porque la especulación ya estaba entre nosotros. No la económica, sino la afectiva. Como si dijéramos: la especulación es el molde actual de las relaciones. La especulación ya hace mucho tiempo que rige las maneras neuróticas en que las personas pretenden encarar algunas elecciones.

IV. Especulación, especulación, especulación. No estoy hablando de problemas económicos, estoy hablando de cómo el lenguaje de las finanzas desbordó y pretende alcanzarlo casi todo. De cómo la vida se puede ver aplastada por la especulación. La vida como una bolsa, la vida como un mercado de capitales. La vida calculando, obsesivamente, si esto o aquello me suma, me aporta, me da. La vida neurotizada y neurotizante del cálculo, de pretender saber qué me conviene: si esta relación o aquella, si esta elección o aquella otra. Hay personas que no se mueven en los afectos o en su deseo, si antes no hacen los cálculos actuariales correspondientes. Porque de eso se trata: de calcular costos, riesgos, pérdidas y ganancias.

V. Y entonces pensé que más que la fórmula según la cual “el que no arriesga, no gana”, habría que abordarlo de este otro modo: “El que no arriesga, no pierde”. El que está calculando, especulando, creyendo que podría saber antes del encuentro con otro, o antes del encuentro con algo que quiere, es aquel que no está dispuesto a perder nada. Y entonces tampoco puede nada. Queda suspendido, detenido, impedido, paralizado en sus indecisiones. No deja caer nada, porque quiere sostenerlo todo. No pierde, tampoco, eso que se necesita perder para poder moverse, el lastre, eso que se necesita perder para poder ponerse en juego o para hacerle espacio a lo vital del deseo. No gana, pero tampoco pierde. Como si dijéramos “está hecho”. No gana, pero tampoco pierde esa voz que le dice, constantemente, que no puede nada, o –su reverso igualmente paralizante– que lo puede todo.

VI. Juresa dice que el imperativo de sumar está bien visto, mientras que la operación de la sustracción no tiene buena prensa: “Siempre hay que sumar, ser una suma para el equipo, para el ánimo, para el capital, para la empresa, la tribuna, etc. Lo que fue evolucionando y perfeccionándose desde Freud hasta hoy fue la represión, que fue adoptando las formas “buenas” de lo libre. Sos libre de sumarte, pero no de sustraerte”. A veces pienso que cuando uno dice, por ejemplo, “no sé qué más hacer”, habría que pensar en hacer menos. Porque muchas veces el problema es el exceso, no el déficit. Horadar el de más, limar el exceso.

VII. El que no está dispuesto a perder nada puede quedarse aislado, despegado de otros. Se trata, como dice Jean Allouch, de “la solución lógica adoptada por algunos que, a fin de no morir, eligen no vivir, no hacer su agujero”. Especular: una pizca de la muerte por otros medios. Porque no hay vida sin pérdida, porque no hay vida sino en la posibilidad de perder algo. Eros, como dice Anne Carson, “es expropiación (…). no ocurre sin una pérdida vital”.

VIII. Especular también significa relativo a los espejos. Especular no es más que quedarse detenido frente a una imagen, esa que siempre resulta un poco la misma. Esa imagen que nos habla siempre de la misma manera de nosotros mismos –y en general nos habla mal de nosotros–. Esa imagen también es la que habría que echar a perder para dejar de especular en el terreno de las elecciones. Porque no hay posibilidad alguna, no hay espacio para lo inédito, ni lugar para atravesar la repetición, si no se echan a perder ciertas imágenes. Especular no deja de ser, también, una forma de agarrarse de lo mismo de siempre, un modo de no querer saber, un modo de la represión, un modo de rechazo de lo por venir. Finalmente, como dice Anne Boyer: “Ninguna ruta de supervivencia es nunca un camino claramente marcado”.

IX. Me encanta la torsión que produce Barfeye en esta canción llamada “Uno no sabe”. Contrariamente a la frase del sentido común que dice “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”, Barfeye canta: “Uno no sabe lo que tiene hasta que lo tiene”.

X. Dedicarse al cálculo permanente de riesgos, especular para nunca perder, es en algún sentido, otra forma del borramiento del sujeto y de la experiencia. Jacques Derrida dice: “Si sé lo que hay que decidir, no decido. Entre el saber y la decisión se requiere un salto, aunque sea necesario saber lo más y lo mejor posible antes de decidir”. Ese salto es el salto hacia lo por venir. Y querer soslayar ese salto pretendiendo pronosticar, calcular o prever es anular la posibilidad de lo que el autor llama una libertad imprevisible. Las elecciones no pueden asegurarse, no se puede contratar un seguro de caución ante cada decisión. El sentido, ese que nos quema la cabeza, ese que nos hace rumiar, dar vueltas; el sentido, ese que tiene que echarse a perder, es siempre, siempre, anterior al acontecimiento. No hay forma de que el vértigo del no saber no nos abrume un poco, pero en el juego del deseo, como dice Lacan, gana el que pierde.

Ilustración: Fernanda Pernet

Por Alexandra Kohan-Cenital